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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 27/07/20

Don Orosindo


A raíz del hallazgo, en una fotografía de la imagen de una persona que caminaba por un bosquecillo que corre paralelo al río Cebollatí, es que inicié la búsqueda de una persona. "¿Cómo?, ¿de qué trata este relato?" –Estas podrían ser las expresiones del lector que se aventure a leer este texto. A él o ella debo explicarle que días atrás, al mirar unas fotografías tomadas en el interior de un bosquecillo que corre paralelo al río Cebollatí, en Uruguay, descubrí la presencia de alguien que, al momento de tomar la foto -de eso estoy seguro- no estaba.

En la mañana que paseaba por el bosquecillo la luz del sol se colaba entre el tupido entretejido de ramas, en forma de inclinados haces. En determinadas partes creaba un haz muy interesante, agradable. Permitía ver tanta gama de verdes que era como una explosión de color. El aire estaba algo húmedo, fresco, cargado de olores a tierra húmeda.

Realicé varias tomas de ese mundo verde. Y digo "mundo"porque al interior del bosquecillo la atmósfera era otra, el silencio, los aromas… Todo era muy diferente al afuera, a la costa sin árboles, al camino de acceso.

Haciendo compras en un pueblo cercano, conocimos a un lugareño que nos sugirió otros lugares para visitar, también a orillas del Cebollatí. Como intercambiamos números telefónicos y direcciones de correo, tras el hallazgo de aquella imagen de una persona en la fotografía, lo contacté.

El carnicero, de nombre Elías, respondió muy rápido a mi correo -apenas una hora después de enviarle mi primera nota. Lo que me contó superó mis expectativas.

En su epístola Elías decía: "Estimado Pedro, supongo que el hombre que vio, perdón, cuya imagen registró su cámara, no es otro que el Don Orosindo.

Hace años que está desaparecido y suponíamos que vivía en los campos. Alguien más comentó, hace algún tiempo atrás, que creyó ver a una persona caminando a orillas del Cebollatí, con sombrero de ala ancha y una bolsa colgada a la espalda.

Don Orosindo, hace unos siete u ocho años atrás, tuvo una gran decepción amorosa. Es o era, el estanciero dueño de grandes superficies de campo, por cuyo interior corre libre el Cebollatí. Pero después de aquella desilusión desapareció. No se despidió, ni nada que se le parezca. Se lo tragó la tierra –decían los lugareños.

Hoy que usted cuenta esto que vio, debo decir que coincide con el relato de esas otras personas que vieron a un hombre bajito, de sombrero. Son las señas particulares de él. Es decir, el viejo, aunque no pasaba de los cincuenta y pocos, era muy bajito, muy curtido por el sol y el aire del campo, de las sierras. Andaba siempre a caballo y por ahí esa chuequera tan característica de él. Esto último lo ponía como una persona más baja que lo normal.

Me temo, estimado Pedro, que usted fotografió nada más y nada menos que a don Orosindo. Y es la prueba de que sigue vivo, vagando por los campos, sus campos.

Espero estos pocos datos le sirvan para aclarar sus dudas.

Respetuosamente lo saluda Elías.

P. D.: Cuando pasen por estos lares, seguro que, si me avisan, les tendré algún carpincho pa´ ustedes"

No tengo, de momento, más que creer en los datos, en las referencias brindadas por Elías. Lo cierto es que las fotos con esa persona allí, en ese bosquecillo, son las únicas pruebas que dispongo.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 29/07/20

MANOS ARRIBA


El sol calcinaba todo a su alrededor las personas apuraban su paso para llegar lo más pronto posible al paradero, ahí podían tomar los buses que los conducían a sus destinos, esto era parte de la rutina diaria de todo aquel transeúnte o usuario del transporte público.

Ya adentro el aire caliente se introducía por las ventanillas del autobús que a una marcha forzada salía del centro de la ciudad y se adentraba en la troncal que conducía a varios puntos cardinales de la mencionada urbe.

El conductor de semejante armadura de hierro y latón con la presión arterial a tope, con las venas de su cuello marcadas por la irritación que le producía lidiar con los pasajeros, en ese tira y afloje de acomodar un montón de personas en un galón como sardinas emitía casi de memoria las mismas frases;

¡Córranse!

¡La salida es atrás!

¡No se queden en el pasillo, porqué los dejo después del paradero!

Esas palabras tenían un dejo de amenaza y el tono se endurecía a medida que el aparato trataba de fallar y la caja de cambios tronaba como molino viejo. En ese momento los pasajeros a modo de burla le gritaban;

¡Échale guineo!

Eso lo enfurecía más a tal punto que explota mandando un cambio que le permitiera acelerar, entonces los pasajeros le gritaban;

¡… Estás loco… nos quieres matar… aquí llevas personas no animales!

Esa escena se repetía a diario y el conductor lo sabía, pero se hacía el fuerte entrando en discusiones inertes que parece le hacían falta cuando la calma reinaba por breves momentos, mientras este aguardaba en silencio mirando por el espejo retrovisor si era necesario otro estallido de groserías.

A medida que el bus seguía su ruta unos pasajeros se bajaban dando gracias a dios y otros se subían arrugando la cara al ver el vehículo atestado de gente que buscaba la forma de aferrarse a un puesto o a un agarradero para evitar caerse a causa de la gran velocidad del automotor.

Cuando todo parecía normal un pasajero que tomó el bus en su última parada desenfunda un arma y apunta al conductor diciendo;

¡Manos arriba!

¡Esto es un atraco!

¡Nadie se mueva del puesto!

¡El que se mueva lo pelo!

Mientras el hombre da la orden otro tipo cómplice de la fechoría pasa revista al personal y arrebata todo lo que ve de valor, es tanta su prisa que algunas cosas caen al piso. El conductor al ver esto se le vienen muchas imágenes a la mente y trata de detenerse, pero el que le apunta con el arma le dice;

¡Si frenas te mueres!

Por un momento todo es confusión y la incertidumbre reina por espacio de unos minutos, cuando los malhechores creen que ya es suficiente saltan del bus en marcha, desafortunadamente uno de ellos es embestido por otro vehículo que venía detrás sin percatarse de lo sucedido, mientras el otro corre afanosamente para salvar el botín.

Lo más increíble de aquel suceso es que mientras la mayoría de los pasajeros se reponían de la zozobra que habían experimentado solo una persona no se dio cuenta de lo sucedido, debido a que venía en el último asiento recostado a su ventana dormido como un bebé. Al reaccionar de su letargo mira a todos lados se limpia la baba con el cuello de su camisa y exclama;

¡Qué gente tan escandalosa… no me dejan echar el sueñito!


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 02/08/20

EL FLOJO DE CONOCE "AUNQUE ESTÉ SUDAO"


La mañana avanzaba a pasos agigantados y todos en el barrio hacían sus quehaceres, los ruidos de molinos de caña y el de las matronas raspando mazorcas inundaban los patios, mientras tanto otras envolvían casi un centenar de bollos de maíz tierno que serán vendidos a la orilla de la carretera después de las tres de la tarde, en una clara muestra de que los pobres no tienen descanso.

Las calles polvorientas poco a poco eran invadidas por mercaderes que ofrecían amuletos para los bebés en forma de puño en su mayoría de color rojo y negro, el popular afila cuchillos con su dulzaina avisaba que también estaba presente.

En este maremágnum de lleva y trae todo parroquiano buscaba su forma de ganarse la vida menos un apático ejemplar de los que llaman esquineros, este bostezaba por cuarta vez enrollado en su hamaca de varios colores la cual guindaba en un cadrizo de su patio interior.

Al poner su primer pie en el piso lo menos que le interesa es la hora, lo mismo le da que sean las nueve o diez de la mañana ya que en su itinerario no aparece nada que implique esfuerzo alguno. Sin mediar palabra alguna se cuelga una toalla en su hombro y busca afanosamente en la cocina su desayuno cuando en ese sitio ya están los preparativos para el almuerzo.

Toma las cosas con calma, deleita en forma pausada su café que lo acompaña con dos panes de mogolla y una torreja de queso. Sin despeinarse se levanta de la mesa dejando los platos como si tuviese servicio doméstico propio.

Silbando una canción de Celina y reutilio que parecía ser “El punto cubano” camina al callejón de su casa donde tiene a dos pájaros enjaulados que son su mayor tesoro.

Los revisa, les asea la jaula y le llena los dos recipientes uno con agua limpia y otro con alpiste para que coman. Esa rutina si la conocía a la perfección, sus pensamientos no llegaban más allá del cuidado de los animalillos y de buscar un puesto en la esquina donde se sentaría en un bordillo a ver pasar las horas con todos los rumores que estas traían.

Nunca se perdió una pelea o una vulgar discusión entre vecinos, al contrario sabía los pormenores de dichos sucesos al dedillo antes que cualquier persona en el barrio.

Tomó a sus dos aves canoras y pasa por encima de su madre que doblaba el lomo lavando un montón de ropa sucia al pie de una batea de cemento duro, esta le dice que le ayude a traer agua del aljibe que se hallaba lejos de su sitio de labores y el hombre le dice a su progenitora sin ningún desparpajo que no puede cargar peso porque amaneció con dolor de espalda.

La señora mira a lo alto y extrae de su boca un cigarrillo ya casi a mitad y exclama;

¡Caramba niño… ese dolor será de tanto dormir!

¡Mi madre decía… el flojo se conoce aunque esté sudao!


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo osorio ©

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