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Escrito por Safo el 11/02/14

Ensoñación desatada


Reiterados estampamientos. Dominando la situación. Provocando con la mirada puesta en tus ojos. Suspirando entrecortada en tu oído.

¿Más? Se ve que quieres más. Y viendo con sorpresa tu cara de sumisión total, me dispongo a seguir provocándote en tweets.

Eh, si te mueves, muerdo. Dos pares de ojos brillan extasiados en la penumbra de la habitación. Se oye un latir acompasado.

Crecen las ganas. Se alimenta la curiosidad.

Te beso como si no existiese un mañana, apasionada, perdiendo el control, mientras te aprieto fuerte contra mí y encajo nuestros cuerpos.

Aparto mis labios de los tuyos para susurrarte en el oído "pídeme lo que quieras". En ese momento me percato de que estás temblando entera.

Te he causado tal impresión que no sabes qué decir, pero tu expresión en el rostro te delata. Te separo de la pared y te lanzo a la cama.

Me tumbo encima de ti. Extiendo tus brazos hacia el cabecero de la cama y sujeto tus manos con las mías. Mi lengua, traviesa, lame tu cuello.

Al sentir mi lengua húmeda y tibia en tu cuello emerge de tu boca un suspiro ahogado. Me enciendo más y presiono mi pierna en tu entrepierna.

Me río a voz tenue y, de forma sensual, me deshago de mi camiseta. No puedes evitar morderte los labios. Tus manos se clavan en mi espalda.

Miro directamente a tus ojos y repito "pídeme lo que quieras. Abre esa boquita, concederé todos tus deseos."

Te lo acaricio por encima del vaquero e inmediatamente me sujetas la mano y aprietas más fuerte. Desabrocho el cinturón, beso tu ombligo.

Mi lengua recorre tu vientre muy despacio pelándose con los movimientos que te produce. Tus suspiros son regalos para mis oídos.

Te inclino hacia mí con lujuria. Quedo sentada encima de ti. Mis piernas se entrelazan en tu cintura. Te muerdo el labio inferior y lo beso.

Disfruto de tu cuello con mis dientes y mi lengua, mientras poso mis manos en tu cadera y voy subiendo lentamente tu camiseta.

Tu camiseta cae precipitadamente en el suelo. Miro tus tatuajes, palpita mi entrepierna. Me pongo fiera y en un rebote te quito el sujetador.

Ganas confianza e intercambias los papeles. Me sorprendo volteada, bocabajo en el colchón. Abres un cajón, escucho un tintineo, y tiemblo.

Mis manos resultan esposadas en lo que dura el gemido que emito mientras presionas tu rodilla en mi entrepierna.

Abrazándome por detrás, te deshaces de mi sujetador a mordiscos. Te acercas a mi cuello, se me eriza la piel. Juegas con él y no puedo moverme.

Consigo zafarme de las esposas, aunque me quedarán marcas del esfuerzo. Me ensaño con tu pantalón hasta lanzarlo a la pared.

Acaricio tu sexo por encima de tus bragas empapadas. Noto tu humedad, he llegado al límite. Se acabó la paciencia. Quedan en tus tobillos.

Introduzco un dedo dentro de ti hasta el fondo. Te estremeces y gimes. Tus pupilas se dilatan. Repito, vuelves a gemir. Lo saco.

Acaricio tus pechos hasta que endurecen. Los muerdo y lamo. Recibo un gesto suplicante, vas a reventar. Te doy un beso que te deja sin aire.

Vuelvo a introducir un dedo. No me ando con sutileza y te meto tanta caña que te vas en pocos minutos. Y yo, de oírte disfrutar, también.

Nos miramos y sonreímos. Quedo abraza a tu espalda mientras recuperamos el ritmo natural de nuestras respiraciones. ¡Qué relajante!


Libro de Visitas

Verónica I Domínguez Bogado ©

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Escrito por Oriol el 16/02/14

Rol 1


El General Coffee Shop era una multinacional cafetería con gran implantación. Si uno pensaba en los típicos cafés azucarados con nata y canela servidos en tazas cerradas de cartón degustados, junto con bollería diversa, entre silloncitos al borde de las esquinas de las grandes manzanas, pensaba en esa red de cafeterías. Su estilo tenía gancho. Ni el mejor café ni pastas de autor (aunque de un sabor muy vicioso). Sin embargo siempre se encontraban atestados. Y la posibilidad de enchufar un ordenador en cualquiera de sus cafeterías tampoco disgustaba.

Tae Dan Phuong esperaba recostado en uno de los sillones de una de las cafeterías GCS de Badokk. Observaba su portátil con atención desmedida. En una mano, el fino objeto y su pantalla luminescente. En la otra, un café que ya en estos momentos se encontraba en las últimas. Agarraba sin apenas fuerza la taza de cartón a la que había quitado la tapa. Hacía al menos un cuarto de hora que ya no quedaba rastro de nata y Tae se había levantado dos veces por canela. Sin olvidarse de observar compulsivamente su móvil. Un acusado sentimiento de nerviosismo lo mantenía preso.

Por fin apareció un mensaje en la pantalla del portátil.

“llego en 5 mins”

La pantallita se iluminó así como lo hizo el corazón de Tae, acosado por la posibilidad que nadie apareciera.

El remitente era sencillo: “Riyu”. Cuantas cosas le recordaba ese nombre. Apenas sabía como reaccionar. Se había encontrado con antiguos compañeros anteriormente, amigos y ese tipo de gente. Pero era un tipo de reencuentro que solían resultar algo impersonales.

Se inclinó sobre sí mismo, y no pudo evitar que sus ojos cayeran sobre el reloj que su muñeca atesoraba. Empezaba a oscurecer, y llevaba más de media hora esperando (en lo cual no reparó justo en ese momento). Era evidente que no se lo reprocharía. Intentó recordar la conversación que le había llevado hasta allí. Solamente habían trascurrido dos días desde entonces. Debía Reconocer que estaba considerablemente emocionado. Nervioso, como un niño.

Aquél día en que sonó el teléfono (no el móvil, evidentemente), el teléfono de SU casa, él estaba tumbado en el sofá. Había logrado conciliar el sueño. Y resulta confuso, resultó confuso al menos y desbaratador, arrebatador e incluso onírico, increíble el oír la voz de aquélla persona que resultó tan importante en su vida, y que desapareció. Había vivido al margen de ese ser cerca de cinco años, y reapareció misterioso entre sus velados sueños. Como una ensoñación, exactamente igual. Pero mucho más real, como la llamada de teléfono que lo despertó: corta, llamativa y estridente. Pero gratificante.

Hubo de levantarse a coger el teléfono. Posteriormente sopesó esta tardanza con miedo. Pero pudo llegar a oír esto:

— ¿Eres Tae?

La voz era dulce y estaba ahogada en nerviosismo.

— Sí, claro. ¿Por? — respondió él —

La voz pareció entrecortarse. El nerviosismo era patente.

— Quería hablar contigo. ¿No me has reconocido verdad?

Esas cosas que pasan. Segundos antes, seguramente debido a lo que representa una llamada de estas características… cinco años de alejamiento. Riyu. Lo pensó y se le caía la cara de vergüenza el pensarlo. Empezó a notarse una presión en el estómago. ¿Como podía aparecer ahora? ¿Qué le había ocurrido?… Pero eso era normal pensarlo. Sin embargo sintió una cierta vergüenza de no haber sido él el que llamara. Todo en pocos segundos. No necesitaba más.

— Eres… No serás… — sintió vergüenza de nuevo, por si se equivocaba de persona — No, no te he reconocido.

— Soy Riyu. — una pausa — Nos conocemos, te lo puedo asegurar.

Estas palabras sonaban enojadas.

— Lo sé. — Otra pausa — Bufff… no puedo creérmelo. Joder…

Habían quedado en el General Coffee. No había ninguna razón especial. Riyu había preferido no quedar en el Dama Blanca. No había dado ninguna razón para ello. Tae se sentía prácticamente tenso.

Cuando por fin Riyu apreció por la acera, y entró en el local, Tae no lo vio. Estaba ocupado contando los minutos en su portátil. Intentaba acompasar esos cinco minutos. Y ya habían pasado. Pero él seguía pendiente del reloj del móvil…

— Hola…

Una presión en la chaqueta de Tae le hizo girarse junto al sonido de esas palabras. Tras él estaba aquélla personita que tanto tiempo había convivido con él y que sin embargo abandonó su vida repentinamente. Hoy. Solo tuvo poco tiempo para observarlo.

Se fijó en sus ojazos verdes. Traducían una expresión que combinaba reparo con un gran amor. No pudo detenerse apenas en aquél rostro enmarcado por unos cabellos rubios, casi blanquecinos, que se ondulaban graciosamente, ni cortos ni largos. Dejó que se sentara a su lado. Pero no supo como reaccionar… ¿Dar la mano? ¿Un beso? ¿Hola? Desde luego llegas tarde no. Así que se decantó por saludarlo lo mejor que pudo.

— ¿No te pedirás nada? — preguntó una vez Riyu ya se encontraba sentado en el sofacito a su lado —

— Prefiero que no.

Su voz… era TAN bonita, tan delicada… Como todo su cuerpo…

—… es que más que nada no tengo ni sed ni hambre y me he pulido el dinero en una tarjeta de metro.

Riyu sonrió.

— A mi me queda algo de café… — ofreció Tae — Si quieres…

Riyu lo miró a la cara.

— No quiero, de verdad. — Sonrió — Eres demasiado amable. No necesito rapiñarte el café.

Le acarició muy levemente la pierna, con disimulo. A esas horas no había nadie prácticamente. Se trataba de un movimiento muy natural, amistoso, pero a Tae lo recorrió un escalofrío.

— ¿Sabes? Eres una ricura de persona. — Dijo Riyu — Siempre lo fuiste. Siento mucho haberte hecho esto.

— ¿Haberme hecho qué?

— Haberte abandonado, no sé. Ya me entiendes.

— Tú no me abandonaste, supongo. — Tae se desplazó sobre su asiento para guardar el móvil en el bolsillo de su pantalón — Yo no sé lo que te pasó, pero algo debió de pasar. No sé.

Hubo una pausa. Ambos empezaban a sentir cierta tensión. Evidentemente que pasó algo, de lo cual Tae no sabía nada. Pero por otro lado venir sin saber nada de nada a encontrarse ambos así sin más planteaba el problema: ¿como? Como todo. ¿Como lograrían retomar la relación? En fin.

— Sinceramente no fue mi culpa. Pero supongo que tendré que contarte esto si quiero… estar contigo de nuevo. Con mentiras no se llega a ningún lado dicen.

Riyu se recostó sobre su silloncito. Se acercó a Tae.

— Mira, — empezó, y se veía que le dolía aquello que iba a contar — ¿Recuerdas el Dama Blanca?

Tae asintió.

— Pues sabes que Boozan cerró hace cinco años.

— Efectivamente…

— Tú me ayudaste mucho, pero yo no tengo currículum, dejé los estudios a los 17, y en fin… O sea que a los pocos meses de que tú y yo perdiésemos el contacto (más o menos, ya me entiendes) pues hablé con Boozan de nuevo, para ver qué podía hacer. Pero el cabrón me dijo que solo ofrecerme la misma solución que a mis otros dos compañeros: una agencia de colocación que regentaba su primo en la provincia de Baonsang.

— Pero… — interrumpió Tae — ¿Tú cuando te refieres que pasó esto?

— Pues… yo hablé con Boozan sobre Abril de hace cuatro años.

Tae se recostó en su asiento.

— Pues yo entonces pensaba que estabas en Tokkendô con tus abuelos como me dijiste. Incluso dejaste de cogerme las llamadas. Pensé que te mudaste de verdad, no sé que… — Tae se estaba poniendo nervioso — que estabas en otro país vamos.

— No. Jo lo siento… — las cejas de Riyu se combaron dando a su dulce cara aspecto afectado — No llegué a irme nunca de aquí. Es que de hecho no he hablado con mi familia en tres años. No sé más que que mi hermana ha parido, y que casi la mata su marido, pero porque me llamó mi abuela para decírmelo. Y aún así.

— Lo siento… — Tae se pasó las manos por el cabello —

— Ya. En fin. De verdad que pensé en irme, pero me fue materialmente imposible.

— ¿Y qué hiciste? — preguntó Tae —

— Quedarme Tuve que comparar un billete para Baonsang. No tenía otra opción. La agencia de colocación — continuó Riyu — resultó que era todo un fraude encubierto relacionado con prostitución. — escupió la última palabra — Que… es en lo que llevo metido los últimos tres años, o más. Más.

Lo dijo con total naturalidad. No obstante, la palabra cayó a peso en Tae. “Prostitución”. No era como decir, “ir de putas, ji, ji, ja, ja”. No era un servicio que hiciera gracia, somos amigos de putas qué guapo. No se trataba de la culminación de alguna fantasía, ninguna necesidad, una especia de morbo, una impotencia. Era una realidad relacionada con un viejo amigo. Mucho más que eso. Y aún así lo decía como si nada. ¡Y tres años! No cabía en sí mismo. Pero tampoco supo como reaccionar. ¿Como se reacciona a eso?

— No me lo puedo creer… O sea. Eres… — No se atrevía a decir la palabra, y tampoco sabía qué palabra era —

— Sí.

Una pausa. Fuera, las gotas de agua repiqueteaban contra el cristal que componía la práctica totalidad de la superficie del General Coffee. Sí, llovía. Las nubes se habían cernido sobre el cielo de Badokk. Y las gotitas, millones de ellas, se estrellaban y morían nostálgicamente contre el cristal. Perpetuamente.

— Está lloviendo. — Dijo Riyu —

Tae tardó un poco en contestar.

— Y tú estás llorando… ¿Verdad?

Unas ligeras gotas, delatadas por el inusual enrojecimiento de los enormes ojos del chico. Intentaba sollozar en silencio.

— ¿Porqué? — preguntó Tae —

— Porque te quiero.

Fue un movimiento instantáneo. Tanto como la frase del chico. No era esa la razón de que llorara, pero Tae lo abrazó. Las lágrimas empaparon su chaqueta, muy suavemente. Mientras lo abrazaba, Tae cogió con suavidad la cabeza del chico. La levantó, y le miró a la cara.

— ¿Qué te pasa?

Preguntó. Riyu lo miró con los ojos humedecidos.

— Tantas cosas… Tú, por ejemplo.

Rompió a llorar. Una cascada imparable.


Libro de Visitas

Oriol Sobrevilla ©

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Escrito por Desstri el 28/02/14

El camino de un Grulla: Introducción


Kakita Kazen by Desstri

He aqui el comienzo de la historia sobre un joven samurái

El honor se gana con sangre.

Eso es algo que inexorablemente aprendes en Rokugan, independientemente de tu posición en el orden de los cielos, pero especialmente cuando eres un Samurái.

Quizás un buen comienzo sería explicar donde nací, y en que circunstancias: Mi clan es la honorable Grulla, mi padre era un noble al cuidado de unas tierras de una de sus principales familias, los Kakitá.

Se dice que Kakitá-sama fue el mejor espadachín de Rokugan, pero no solo eso, sino aquel que podía alcanzar la perfección en cualquier tarea que se propusiera, como la artesanía o la poesía y así, conquistó a Kami Doji.

Nosotros, sus descendientes, somos aquellos que portamos el espíritu y la pasión de Kakitá por la perfección. Esto es lo que llamamos la excelencia, es un camino que nos exige superarnos en todo aquello que hacemos, pero ademas, normalmente, cada samurái elige una faceta concreta, que se dedica a pulir en cuerpo y alma sobre las demás.

Por desgracia, en la actualidad, no se reconoce tanto como antaño nuestra excelencia entre los samurái de Rokugan, enfrascados los clanes en rivalidades sin fin que anteponen incluso al bienestar del imperio.

Aún así, actualmente es innegable que somos el clan mas rico de todos, nuestras cosechas podrían alimentar a todo el Imperio, nuestro comercio es el mas prospero, nuestra artesanía la mejor y nuestro dominio de la corte es incuestionable.

Con este preámbulo, no es de extrañar que mi señor padre, aunque un daimyo menor, ostentara una prospera y frondosa provincia, que administraba diligentemente desde Shiro Kagi para gloria de sus vasallos y señores. Mi madre le conoció con apenas dieciséis años, aun así, ella ya era una cortesana cultivada en elitistas escuelas, que había ganado un lugar en la corte imperial como cortesana de la Grulla, y había tenido ocasión de asistir al propio Campeón en alguna negociación importante.

El romance de mis padres es una fascinante historia de por si, inmortalizada en papel por una celebre escritora. Tanto es asi que merecería una relato aparte narrar dicha historia. Pero lo importante es que el final fue feliz y mis padres contrajeron matrimonio.

Sería cinco años después de su matrimonio cuando me dieron a luz, no era el primogénito, pues tuve una hermana que nació al año de casarse, pero murió antes de que la pudiera conocer, por unas fiebres, con solo dos años.

En el momento en que nací, pasaría a ser el joven señor de la hacienda. Mi madre, que se llama Kakitá Hanako, tuvo que dar de lado su carrera en la corte para hacerse cargo de mi durante mis primeros años, mas lo hizo gustosa, pues siempre fui su mayor alegría en esta vida.

Los años pasaban, al poco tiempo aprendí a andar y en cuanto pude sostener un bokken fui llevado hasta mi sensei, Kakitá Nichi, él me adiestraría bien.

De mi sensei aprendí mucho, aprendí el Shintao, comprendí el Bushido, aprendí lo que valía mi vida y mi muerte, comprendí lo importante que era mi familia y que con cada paso que diera debía realzar su prestigio para realmente servirla como merece.

Con el tiempo, comprendí el verdadero peso de una espada, que era el peso de la vida y la muerte, la propia y la de mis rivales, era el peso del deber de un samurai, entendí que aprender a usarla, era mi derecho y mi responsabilidad para poder proteger mi honor y mi legado.

Aprendí el arte de Kakitá, la técnica de desenvainado rápido, conocida genéricamente como “iaijutsu” La filosofía de nuestro fundador dice que cualquier rival podía caer de un solo golpe certero, por fuerte o grande que pareciera y que el verdadero combate de honor estaba en medirse cara a cara contra un rival, en un duelo tanto físico como espiritual.

De ahí que los movimientos del maestro estuvieran basados en desenvainar, cumplir tu objetivo y volver a envainar, todo en un único instante intenso y perfecto, capaz de dar sentido a una vida de preparación.

Mientras yo me centraba en mis clases, donde aprendía todo lo que un samurai y un noble debía conocer, cada día pasaba mas tiempo con mi sensei, por lo que mi madre, iba obteniendo mas tiempo para retomar sus labores en la corte.

Si algo sabía mi madre era encontrar gente de confianza a la que dar tareas importantes, esto era así, tanto con samuráis, como con heimin.

Aún recuerdo el día que vi por primera vez a la joven Hiori. Yo tendría siete años, y estime que ella unos doce. Era hija de una de nuestras sirvientas y mi madre parecía haberla cogido cariño nada mas llegar, la enseñó con un encomiable tesón sus labores, que iban desde simplemente limpiar o preparar los futones, hasta ensayar el elaborado ritual del té, aprender el protocolo de la casta samurái, conocimiento de hierbas, medicina e incluso a leer y escribir.

¿Por qué gastaba tantos esfuerzos en una simple heimin? Me preguntaba yo a mi tierna edad, recuerdo que me llegó a parecer que había adoptado a su hija perdida con Hiori ¿Acaso quería ocupar el lugar de mi difunta hermana mayor? ¿O incluso aspiraba a arrebatarme las atenciones de mi propia madre? Reemplazado por una simple campesina a la que ahora mi madre dedicaba mucho mas tiempo que a mi, ya que ahora era encomendado al sensei del dojo.

Recuerdo como al principio este sentimiento me hizo ser cruel con Hiori, le ordenaba que arrancara las ortigas del jardín o que trajera cubas de agua con las que apenas podía siendo una niña aún, solo por esa sensación de que oka-sama me daba la espalda por una heimin, mas Hiori, siempre obedecía en silencio.

Solo con el tiempo, sentí que esos actos no eran dignos de una persona como yo. En cierta forma su silenciosa dedicación a mis instrucciones que mas parecían castigos, me ponía a mi mismo en evidencia, entendí que ella no tenia ninguna culpa de mi envidia, con el tiempo, decidí tratarla con mas respeto.

Esto fue a la larga una buena elección, mi madre era sin duda mucho mejor maestra de protocolo que mi sensei, por lo que al empezar a compartir tiempo con la joven Hiori, pude ir aprendiendo, mejor si cabe, todas aquellas intrincadas normas que forman las tradiciones Rokuganesas. También vi como ella empezó a aprender a tocar el Samisen, y no dudaba en ambientar mis estudios con alguna canción.

Cuando alcancé los once años, mi madre decidió partir a la corte una vez mas para ponerse al servicio del clan, tras los últimos cuatro años enseñando a la joven Hiori y atendiendo la hacienda.

Con el tiempo, la joven sirvienta parecía prestarme especial atención, aunque siempre era servicial y callada, creo que llegamos a hacernos amigos ¿Era posible considerar eso a una simple Heimin en un lugar tan cerrado como Rokugan? Quien sabe.

Por su lado, mi señora madre no dejó indiferente a la corte en su llegada. No serían ni seis meses después de su llegada cuando el mismo Campeón esmeralda la felicitó por su astucia. Había destapado y puesto en evidencia a una nada honorable cortesana de la familia Ide, que mancilló la corte e insultó a la grulla intentando robar un sello oficial del clan.

Mi madre desenmascaró a la responsable, que fue ejecutada, y localizó también a varios cómplices y sus fechorías en estos últimos movimientos para falsificar documentos.

El tiempo trascurría, y llego la fecha de mi Gemppuku, con la tierna edad de catorce años. Todos asistieron expectantes para que mostrara mis habilidades y pudiera ser considerado a partir de ese día, un adulto. Fue un espectáculo perfecto por mi parte, así debía ser. Recité un bello haiku de escribí con perfecta caligrafía, me alcé con el primer puesto en un torneo de iaijutsu para jovenes promesas que organizaron en la corte de invierno y entre los regalos que recibí, el mas valioso sin duda fue mi daisho. formado por la venerable hoja Kakitá "Tsuya" (destello) y el wakizhasi "Sei" (sagrado).

Después, otros regalos completarian mi atuendo y a mi propia persona, un broche para el obi tallado en oro y plata, con la representación del mon Kakitá, un ornamentado abanico para las ocasiones. Y madre decidió poner a mi disposición directa a la joven Hiori.

Aquí dio comienzo mi vida como samurai al servicio de mi padre, siempre arropado por sus samurai que, de hecho, mas de una vez dieron la vida por protegerme en alguna situación peligrosa. Recorrí los poblados de mi provincia, cumpliendo labores de patrulla, luché contra grupos de bandidos, criminales o ronins que osaran perturbar la paz, también conocí las casas de té, con mis compañeros de patrulla.

Recuerdo la primera vez que maté a un hombre, un grupo de ocho bandidos tendió una emboscada a nuestra patrulla de solo la mitad. Aun así, su habilidad con aquellas armas herrumbrosas era deplorable, perdimos a dos compañeros por la sorpresa inicial, pero pudimos reducir a los demás.

Recuerdo aquella escaramuza, mi técnica fue perfecta, cuando el primero se abalanzo a mi ni siquiera se percató de mi exquisita hoja ya sacada de su funda y hundida en su estomago hasta segundos después cuando le faltó la vida.

Era la primera vez que Tsuya arrebataba una vida en mis manos, apenas podía creerlo, sin embargo un combate no es un duelo, cuando me estaba regocijando, en mi mente resonó, un sonido de alarma y luego un severo dolor, un tajo de una burda imitación de naginata encontró la carne, hizo un corte en mi armadura ligera y hendió mi pecho. Me dejó severamente herido, era aún un muchacho de catorce años, por lo que apenas pude hacer mas mientras mis compañeros despachaban al enemigo.

Estábamos lejos del castillo de mi padre, por lo que fui llevado a la villa cercana, donde me alojo la familia de alguno de los heimin del lugar, durante una quincena de días, apenas pude levantarme de la cama, mas quizás no fuera tan malo, esa temporada pude conocer mejor a Kakitá Hitomi, una de mis compañeras de patrulla, desde el primer día veló por mi salud, pero seria cuando ya estaba recuperado cuando me enseñaría algo nuevo…

Ella me deseaba, quizás no tanto como a amarme, yo solo era un chiquillo e Hitomi me sacaba un par de años o mas. Pero me deseaba. Siempre se me habían considerado bastante bello, de hecho, mi madre se vanagloriaba no pocas veces de ello, quizás también se sintiera atraída por mi posición, el caso es que una de aquellas noches de verano, se entregó a mi.

Esta vivencia me enseñó algo nuevo, una nueva faceta del mundo y las relaciones interpersonales, que a partir de ese día llamaría mi atención de sobremanera.

Yo aún era muy joven, sin embargo, el ser el hijo de un daimyo atraía muchas miradas, muchos deseos, acentuados por mi hermoso rostro y meliflua voz.

La joven Hitomi murió sirviendo en batalla pocos meses después, pero fui conociendo nuevas pretendientes. Es extraño, recuerdo que realmente ni siquiera me gustaban algunas, pero la libertad y el sabor del éxito que inundaba mi cuerpo cuando al fin, otra mujer mas se rendía a mis encantos, eran embriagadores.

Transcurrirían dos años asi en los que basicamente me dedique a cumplir misiones menores, en las que apenas haría nada mas que patrullar, conocer un poco de mundo, el mundo que debia heredar algún dia como hijo de mi padre.

Pero todo esto llegaría a su fin, la corte de invierno es un lugar peligroso, donde una palabra mal pronunciada era suficiente para iniciar una guerra, quizás fuera eso… Pero aquella muchacha fiera y arrogante, llamó mi atención demasiado como para dejarme indiferente, oh si, Matsu Shiniko, una joven oficial invitada también de la corte de invierno de ese año y sería mi nuevo objetivo de conquista.

Recuerdo como mi madre era una experta en el juego de intercambiar cartas, era capaz de, con su delicada caligrafía y perfecta retorica, encandilar a cualquier receptor con el que iniciara uno de estos juegos de corte, las cartas servían para muchos propósitos, insultar, amar, ganarse amigos o prestigio, pero el detalle esencial del juego era nunca dejar indiferente al receptor, así pues tomé su ejemplo, me pareció un buen modo de acercarme a la joven de clan rival.

La verdad es que no contaba con mucha experiencia en esto, pero me llevó una hora redactar aquella poesía sobre un hermoso felino de rasgos marcados y una mirada con la que podría fulminar al mas temible adversario… ¿No me quedo tan mal, no? Hiori estaba conmigo mientras la escribía, aconsejándome, ayudándome con los trazos que se me resistían y con la perfección de la rima.

El papel era perfecto, una amplia hoja de grueso corte de un color amarillo, con el dibujo de la dama sol convirtiendo en dorado progresivamente el pergamino, un doblado cuidadoso y una flor de cerezo blanco para cerrarlo y aromatizarlo, seria la guinda final.

Sin embargo parece que mi receptora era mas obtusa de lo que los estereotipos sobre su familia me podrían hacer adivinar. Al parecer, compararla con un felino, pese a ser León, no fue de su agrado, quizás simplemente odiara tanto a los Kakitá que hasta una excusa que no existía fue suficiente. Lejos de responder la misiva tal y como esperaba, hablo con su daimyo, el cual, en el calor de la discusión con el señor Grulla, terminó declarando la guerra para vengar la ofensa hecha.

Esto realmente no tendría mucho de novedoso, las veces que el León de una forma u otra habían intentado reclamar las llanuras de la grulla y sus castillos fronterizos se contaban por cientos. Una vez mas, marcharíamos a la guerra. Quizás la amarga diferencia en esta ocasión es que yo era el responsable de aquel conflicto, pero todos me aseguraron que no debía mortificarme por ello, no había porque sentir pesar por una guerra, pues el sino de un samurái es luchar.

Quizás fuera por que me consideraron responsable, quizás simplemente necesitaban tropas para el frente, pero a padre le fue solicitado un fuerte destacamento para que se uniera a la defensa de las llanuras Kakitá contra el asalto Matsu. Yo mismo lideré este contingente, aunque fuera de forma nominal, ya que carezco de experiencia en batalla. Marchamos a cientos hasta llegar a agruparnos con el grueso principal.

Nos unimos al comandante Daidoji Tenshiro-sama, el cual prefirió otorgarme un puesto en la retaguardia del gran ejército reunido para presentar batalla. Daidoji Tenshiro era un experto táctico y estaba forzando al ejército del león a buscar un terreno favorable moviendose al noreste, donde confiábamos en recibir apoyos desde tierras del fenix.

La estrategia le salió bien, el ejercito Matsu quedó aislado de sus suministros y envuelto por dos frentes. La batalla fue feroz, pero ya estaban derrotados desde que nuestro comandante decidió el campo de batalla.

Una vez más Kakitá expulsó a Matsu de sus tierras, marcando la diferencia en todo este aspecto, no cabía en mi júbilo.

Sin embargo no todo marchó tan bien en la guerra, las huestes del León son interminables y aprovecharon la maniobra del general Grulla para movilizar otro ejército por el oeste, estos tuvieron vía libre para adentrarse en nuestra tierra, hasta que chocaron con las primeras fortificaciones del clan.

La verdadera tragedia fue la que aconteció en Shiro no Kagi, el castillo de mi padre.

Aprovechando el detrimento de su guarnición, el ejercito Akodo concentró sus ataques sobre el baluarte. Miles de enemigos murieron en el asalto, pero a pesar de todo la exigua guarnición del castillo no pudo resistir.

Mataron a mi padre en batalla, junto con mas de la mitad de sus samurai, ashigaru y sirvientes.

Por suerte madre se encontraba en la corte y Hiori me había acompañado a la campaña.

En mi regreso a casa no hubo vítores, no hubo felicitaciones ni bienvenidas, encontramos varias aldeas arrasadas, y observamos un nuevo mon ondeando en el castillo de Otou-sama, solo en ese momento tuvimos noticia de la caída del castillo, si nos hubiéramos acercado probablemente habríamos sido asaeteados sin piedad por los usurpadores.

Mis camaradas y yo no pudimos más que cambiar ahora el rumbo y buscar refugio en el primer feudo amigo que encontráramos.

Era difícil saber que hacer ahora.

Desde el primer momento pedí al daimyo que nos dio cobijo que reuniera a sus vasallos para recuperar el castillo. Preguntaba por noticias sobre mi padre, aún no había averiguado su destino. Pasé tres duros días en vela, intentando vencer mis inquietudes con la meditación. Pensando para encontrar una forma de recuperar lo que es mío.

Hiori pasaba las noches a mi lado e intentaba instarme a dormir, pero sin éxito. Era ella quien terminaba quedando dormida cerca de mía. Yo la acomodaba y arropaba al percatarme.

Pero no fue hasta el tercer día que las fuerzas me habían abandonado tanto como para ser yo quien cayese dormido.

Creo que dormí un día entero, pero al despertar parecía que hubiera empezado una pesadilla, el señor vecino de mi padre me convocó y me dio la noticia de su muerte en batalla. "Un samurai no debe llorar por la muerte" eran las enseñanzas del shintao, pues la muerte lleva a un nuevo comienzo. "Pero un samurai no descansa hasta vengarse del asesino de su padre" el proverbio que en mi mente resonaba.

Sin embargo yo solo soy un muchacho sin experiencia y no encontré la forma de llevar un ejército a retomar nuestro hogar y vengar a mi padre. Pocas semanas después llegaron noticias de la capital. Se había forzado a una paz y el enemigo retendría Shiro no Kagi por el momento.

Esta noticia fue lo mas doloroso que he soportado en mi vida, tardé varios días en recuperar mi habitual sosiego de cara al mundo, y poder pensar con la suficiente lucidez. Para cuando me di cuenta todos los samurái vasallos que me habían seguido a la batalla habían sido reasignados a otro señor, los demás estaban muertos en su mayoría y solo de unos pocos tuve noticia de que se presentaran a servir a mi madre, que no a mi.

De las, hasta hace no muchos meses, decenas de sirvientes, solo Hiori se quedó a mi lado. Pensé que ella también querría ir a buscar a sus padres, o a los conocidos que se habían mudado a nuevos lares, pero no lo hizo. Ni me lo pidió ni vi nunca en ella intención de hacerlo. Hiori se quedó a mi lado.

No tardé en decidir que lo único que podía hacer en este momento era reunirme en la capital con mi madre, informarme a fondo de la situación y trazar con ella un plan para recuperar lo que era nuestro.

Si mi padre había muerto, yo era el nuevo señor de Shiro no Kagi. Pero era un señor sin tierra que mandar, un señor cuyos vasallos marcharon a buscar quien les pudiera dar trabajo, un samurai sin experiencia ni aliados mas allá de quienes valoran a mis progenitores y ancestros.

Ahora tengo un duro trabajo entre manos, pues para restaurar el legado de mi estirpe voy a necesitar de mucha ayuda.

--Aquí os dejo mi primera colaboración, hasta la próxima.--


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Eduardo Tapia Quesada ©

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