Quienes somos Inicio Poesías Recomendamos Nuestros productos Música y cine Entrevistas Noticias Revista Libro de visitas Mapa web Premios Www.ratondebiblioteca.es Visiones Miembros de Www.ratondebiblioteca.es

 Julio - 2018 

 L ¦ M ¦ M ¦ J ¦ V ¦ S ¦ D  M 

                                             1  

   2     3     4     5     6     7     8  

   9    10   11   12   13   14   15 

  16   17   18   19   20   21   22  

  23   24   25   26   27   28   29  

  30   31    17 

       Agenda cultural de
  www.ratondebiblioteca.es ©




   


Será mostrado si existe



Publicidad
Escrito por Alejandra el 23/04/18

Miradas


No hubiera sido fácil con diecisiete años, después que sus padres le dieran la espalda, criar un hijo. Su amor desapareció acobardado y había quedado sola.

En el hospital donde tuvo el parto, le ofrecieron que lo dejara para que lo adoptaran y, en su desesperación, acepto.

Volvió con sus padres que no hicieron preguntas cuando la vieron sola. Pudo terminar sus estudios, aunque cada día al levantarse, le pedía a Dios por su hijo y cada noche al acostarse, le pedía a Dios para que algún día, antes de morir, le diera la dicha de poder mirar a los ojos a ese hijo que tuvo que abandonar.

El tiempo pasó. La vida pasó. Se casó después de terminar la carrera de Sociología. Tuvo dos hijas, y mucho tiempo después quedo viuda y aunque toda su vida lo busco en los ojos de aquellos niños a los que ayudaba, nunca supo de él. Ahora era mayor y estaba enferma, ya no tenía esperanzas de encontrarlo o tener noticias suyas, pero aún le pedía a Dios que lo pusiera frente a ella para pedirle perdón.

Ya había cumplido sesenta y dos años y su corazón le suplicaba que le permitiera seguir latiendo. Estaba con un tratamiento riguroso, su médico le había aconsejado a sus hijas que no debía pasar disgustos porque cualquier crisis podía ser fatal.

Una tarde llego hasta su puerta un hombre. Pregunto por ella con nombre y apellido. Su hija mayor, Lucia, le pregunto para que la buscaba.

— Soy su hijo— respondió. Ella quedo fría

— Mi madre solo tiene dos hijas. Si vuelve a aparecer por acá, lo hare meter preso. ¡Desaparezca!— y cerró la puerta sin escuchar explicaciones. El hombre insistió y volvió a tocar timbre. Lucia en la casa llamo con urgencia a su hermana

— No vas a creer lo que paso…

Lucia salió a la puerta ante la insistencia del desconocido.

— Escúcheme, mi madre está muy enferma y lo que menos necesita es que llegue un tipo a decirle semejante estupidez. ¡Retírese! Porque le aseguro que estoy hablando en serio, ¡voy a llamar a la policía!

Cuando minutos después llego Catalina, la hermana restante, el hombre aún estaba en la puerta

— ¿Usted es el supuesto hijo?

— Estoy dispuesto a hacerme un ADN, pero hace años que la busco. Yo soy su hijo

— Mire, mi madre está muy enferma del corazón, no puedo decirle esto porque podría ser fatal, podría morir, ¿entiende? Usted vivió toda la vida sin ella, no le va a afectar seguir haciéndolo. ¡Pero ella es nuestra madre! Es la que nos parió, nos crió, nos amamantó, llevó a la escuela, curo nuestros males ¡y nos limpió los mocos! Por favor… si le digo que apareció su hijo, que existe la posibilidad de que sea usted… ella se va a morir… no va a soportar la noticia, su corazón no lo va a resistir. Si en realidad es su hijo y la quiere, váyase.

El miro sus ojos suplicantes y respondió— ¿Usted se está escuchando? ¿Se da cuenta lo que me está diciendo? Usted disfruto de ella toda la vida, mientras yo la estaba buscando. Usted conoce las caricias de sus manos, sus besos, sus abrazos, mientras yo me imaginaba cómo serian. Ustedes tuvieron la dicha de ver sus lágrimas de emoción en su boda, mientras yo deseaba con mi alma, ¡levantar los ojos y verla allí! ¡Conmigo! Yo no quiero que se muera, ¡quiero conocerla y disfrutar de ella lo que nos queda vida!

Ella lagrimeaba preocupada.

— Mire— le dijo —discúlpeme, pero yo no tengo la culpa de su vida. No voy a permitir que mi madre muera para que usted se sienta realizado. Váyase, desaparezca, porque si no lo hace lo voy a denunciar, lo voy a hacer meter preso y toda su vida se vendrá abajo. Olvídese de nosotras y no vuelva nunca más.

Entró a la casa y lo dejo solo. Él pretendió insistir, pero lo pensó unos minutos y se fue.

Lo que siguió después fue un calvario para todos. Él les puso una demanda exigiéndoles que le permitieran conocerla y que ella supiera de su existencia.

Hicieron el ADN, diciéndole que era un análisis de rutina.

Su médico habló con ella, cautelosamente, incitándola a que le contara aquella historia.

— Es cierto, hace muchos años que tengo una espina clavada en mi corazón.

Y así le confesó porque hoy estaba tan enferma.

— Todas las medicinas y los tratamientos, incluso el amor de mis hijas, no podrán curar el dolor de ese hijo que abandone

— Pero, ¿te das cuenta que si apareciera ahora, la emoción podría matarte?

Ella sonrió

— ¿No se le ocurrió a usted que tal vez sería la medicina perfecta, el abrazo de mi hijo?

El médico concluyo que aquella situación podría ser más beneficiosa que perjudicial.

El ADN fue positivo. La demanda salió a favor de él. Después de aquella emoción tan fuerte, su hijo se interno con ella, pasaron horas interminables contándose la vida, llorando de dolor y de alegría, sin soltarse las manos.

Cinco años después, cuando ella murió, su última mirada, fue para él.


Libro de Visitas

Maria Alejandra Olariaga ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Alejandra el 24/04/18

Cañaveral


Eran las cinco de la mañana cuando Abelardo caminaba hacia su trabajo en el molino de harina al cual entraba a las seis. El trayecto era largo, pero en el mes de noviembre a esa hora, ya estaba amaneciendo. Llevaba un morral con un pedazo de queso, charqui, una botella con caña y un puñado de coca para mascar. El poncho doblado sobre el hombro y el sombrero que lo protegía del sol. En el camino debía pasar por un espeso cañaveral, pero estaba acostumbrado y nunca tuvo inconvenientes, ni siquiera en invierno cuando al pasar era aún noche cerrada.

Iba silbando bajito y caminaba con paso firme y ligero cuando escucho el llanto de una mujer. Se detuvo sorprendido y pensó, qué sino tan desgraciado podría haberla llevado hasta ese lugar. Varias ideas se le cruzaron por la cabeza, y decidió ayudarla. Fue siguiendo el rumor, apartando las cañas con cuidado, hasta que en un momento vio algo oscuro y deforme, siguió aquel cuerpo extraño mientras la luz del sol comenzaba a peinar el cañar. Lo que vio lo dejo paralizado: una mujer tirada en el suelo con parte de su cuerpo aún cubierto de grandes plumas y en lugar de piernas tenía patas de lechuza. Ella también se sorprendió al verlo, el rostro bañado en lágrimas.

— ¡Por favor! No digas nada, no voy a hacerte daño. El sol me sorprendió y no tuve tiempo de volver a mi forma natural. ¡Si me descubren me matarán!

Abelardo era un hombre valiente, no creía en brujas, pero aquella visión lo dejo inmóvil y sobrecogido. No dijo nada y fue retrocediendo lentamente, pero ella se abalanzó sobre él y aferrándose con sus manos engarfiadas a su pecho le suplicó.

— Por favor, ¡no me delates! ¡Si lo haces me quemarán viva! No lo hagas, ¡te lo suplicó! ¡Te llenaré de oro! ¡Te daré lo que quieras…!

Abelardo pudo ver muy de cerca aquel rostro sufriente con unos ojos mágicos y cautivadores. Alcanzó a balbucir —…no, no…— y dando la vuelta salió corriendo. Fue la primera vez que perdió el rumbo en aquel camino. No pudo dejar de temblar en el transcurso del viaje hasta que llegó al molino. No dijo nada a nadie, no solo no le creerían sino que también se habrían de burlar.

Muchos días y noches pasaron después de aquel suceso, muchas idas y venidas, varios veranos de amaneceres e inviernos de noches largas. Nunca más volvió a ver ni escuchar nada al pasar por allí. Al fin se olvidó de lo ocurrido, aunque al principio cruzaba casi corriendo, enceguecido y cerrando los oídos a cualquier sonido.

Abelardo cumplió veintiocho años y pensó que ya era hora de formar una familia, aunque no era tan fácil cuando el trabajo le llevaba tantas horas del día y su vida social se reducía a las bailantas que realizaban los sábados en la carpa de don Hilario Aguirre.

Intento ampliar su círculo de personas conocidas acompañando a su madre a hacer las compras semanales o el reparto de sus manualidades en lana, cerámicas y quesos. Fue en una de esas visitas domiciliaras que conoció a Amina. Él se bajaba del carro a hacer las entregas y sus miradas se cruzaron.

Después de eso no hizo falta demasiado para que pidiera su mano. Amina no tenia madre, había muerto hacía mucho tiempo. Vivía sola con su padre, un hombre corto, canoso, de prominente vientre y espesa barba, pero inocente y muy simpático.

Después de un tiempo prudencial cuando ya comenzaba a hablarse del casamiento y Abelardo tenía el rancho casi listo, Amina le confesó que no podía tener hijos.

— ¿Y cómo sabes eso? ¿Acaso ya has tenido otro hombre?

— No tiene que ver con eso. Una mujer conoce su cuerpo. Hace un tiempo tuve que ver a un médico y me dijo eso .Así que ya lo sabes, ahora tenes que decidir.

Abelardo lo pensó un minuto.

— Yo te quiero, y te acepto como sos. Juntos vamos a solucionar lo que sea.

Y se casaron. Durante tres años vivieron felices y llenos de amor. La muchacha lo atendía con devoción. A veces él se sorprendía cuando al despertarse a las cuatro de la mañana para ir a trabajar ella no estaba en la cama. Pero al pasar a la cocina, el fuego estaba prendido y la pava con el agua caliente, mientras entraba del patio con una palangana para que se lavara.

Abelardo no tenía idea de cuáles eran las actividades de su mujer en las horas en que él no estaba. Pero le bastaba con ver el rancho aseado, el patio barrido, el corral de las gallinas ordenado, los huevos en la canasta, la leche al fresco y la comida cocinándose en la olla.

Todo era paz, alegría y amor. Hasta que un día la encontró llorando. Ella se secó las lágrimas y se puso a atenderlo de inmediato sin querer decirle el motivo de su queja.

Al pasar de los días, cada vez que llegaba la encontraba triste o sollozando y las cosas ya no estaban tan ordenadas, aunque cuando lo veía se desvivía por atenderlo.

Durante el día, arrodillada, le suplicaba a su madre que la librara de aquel castigo.

Tanto insistió él que le confesara su dolor, que al fin ella accedió.

—Estoy embarazada…

Él sonrió.

— Pero eso es maravilloso…

— ¡No, no lo es! ¡Yo no puedo! ¡No debo…!

—Tranquila, yo te voy a cuidar. Todo va a estar bien, ya vas a ver, Tranquila…

Fueron cinco meses duros y dolorosos. Ella estaba muy nerviosa y no quería ayuda de nadie. Hizo un escándalo cuando él le sugirió que su madre podía venir a ayudarla y cuando la suegra llegó al rancho, Amina la echó. Su vientre crecía pero ella estaba desmejorada. No quiso ir a ningún médico y tampoco que le avisara a la matrona sobre la fecha del parto.

Cuando llegó el momento no durmió en toda la noche. Abelardo se acostó a un lado de la cama para no molestarla. Pero estuvo atento a sus continuos movimientos y quejidos.

A las cuatro de la mañana lo llamó y le dijo que se fuera al trabajo.

— No voy a dejarte.

Ella se puso como loca y lo echó diciéndole que lo tendría sola. Fue la primera vez que Abelardo se puso firme en su decisión.

— No, no te voy a dejar, digas lo que digas. ¿Has entendido?

— Está bien… pero no te quiero conmigo. Y no se te ocurra entrar hasta que yo te llame…

Él dudó, pero accedió para no perturbarla más.

Fueron varias horas en que la escucho gemir, maldecir y llorar. Cuando sintió un largo y doloroso grito, no aguantó más y entró. El lecho estaba revuelto, ella empapada en sudor y entre sus piernas el niño por fin estaba asomando. Se acercó para recibirlo y ella en su sufrimiento no lo notó. Él tomó una sábana limpia y la puso entre sus manos para sostener al pequeño y envolverlo. Entonces Amina lo vio, pero no pudo hacer nada más que gritar mientras la criatura terminaba de nacer. Abelardo lo sujetó con la sábana pero al verlo, tiro al pequeño a la cama y lanzando un grito de terror, dio un salto que terminó contra la pared del rancho.

El niño no tenia nariz, solamente dos pequeños orificios, sus ojos eran redondos y amarillos, sus labios eran una especie de pico que protegía su boca, en la cabeza en lugar de pelo tenia plumines que nacían desde arriba de los ojos rodeándolos hasta las sienes, sólo su torso y sus brazos eran humanos, en sus manitas tenia dedos largos, finos y quebrados que terminaban en garras y en lugar de piernas tenia patas de lechuza, gruesas y moradas. Abrió su boca y arrugó su rostro deforme intentando soltar un llanto, pero sólo pudo emitir el particular y estremecedor chistido.


Libro de Visitas

Maria Alejandra Olariaga ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Alejandra el 24/04/18

Después de las diez


Mis dedos tamborileaban sobre el volante del auto mientras esperaba que llegara Victoria. Hacía dos meses que la había encontrado por casualidad a la salida del banco donde trabajo. Nos saludamos como dos viejos amigos. Pero ambos sabíamos que en el fondo éramos mucho más que eso. Antes que desapareciera me apresure a pedirle su número de teléfono. Pase una semana terrible, atormentado por el amor, el rencor y los recuerdos. Todos estos años había esperado este momento y de pronto no sabía que hacer. Finalmente la llamé, pero no fue fácil concretar una cita.

El tic tac del reloj me gritaba al oído como pasaba el tiempo. Intente calmar mi ansiedad recordando aquel primer encuentro.

Estaba sentada a la mesa del bar. Lucía una remera violeta claro y el cabello suelto. Parecía un sueño. Los años han cambiado su cuerpo, no es la sirena de nuestra juventud, pero sigue siendo bella. Cuando me acerqué, le tome la mano y se levantó sonriente. Nos abrazamos y nuestros pechos se unieron, exhalo, inspira, inspiro, exhala. El torrente de sangre comenzó a fluir como el cauce de un arroyo desbordado. Su cabello acarició mi rostro y las pestañas cosquillearon a mi oreja. Sólo ella y yo. El tiempo se detuvo por una milésima de segundo. Los dos nos fundimos en uno y volamos hacia el éter convertidos en ave. La vida siguió su curso y el instante se disolvió. No me arrepiento de nada, si volviera atrás lo haría de nuevo. Desde el principio los dos nos planteamos que no debíamos ir más allá. Yo me sentía más nervioso que la primera vez que le confesé mi amor. Me encontraba en la discordia de reclamarle su abandono o disfrutar de aquel momento único que me brindaba la vida.

— Después de encontrarte tenía que estar tan sólo un momento con vos

— Vos sabes bien porque me fui

— ¿ Cuatro años de diferencia fue suficiente para dejar todo? ¿Tan poco aprecio te tenías como para creer que no podías hacerme feliz sólo porque sos mayor?

— Ya no importa, David. Ahora es tarde para dar vuelta atrás. Vos tenés tu familia, yo la mía…

—Y lo único que deseamos en la vida, no pudimos cumplirlo

Las horas pasaron y la noche nos sorprendió aún conversando, no queríamos concluir esa cita. La acompañe a tomar un taxi, nos abrazamos indefinidamente y sin decir más se fue. Diez días después volví a llamarla, temblando.

— Necesito verte

— Yo también— respondió para mi sorpresa. Esta vez nos juramos entre lágrimas que no volveríamos a vernos. Fue inútil. La llamé varias veces sosteniendo largas conversaciones por teléfono. — Tenemos que encontrarnos, no podemos seguir así. —No puedo— afirmaba, cortando la comunicación. Sin embargo  nuestras almas se llamaban, las pieles se deseaban, la boca estaba sedienta de la otra, los ojos se buscaron y finalmente volvimos al bar de siempre, a mentirnos que era la última vez. Si aquellas mesas hablaran confesarían el temblor de nuestros cuerpos que luchaban por contener aquel amor.

Alzó la vista y la veo venir. Siempre elegante, con el cabello suelto y anteojos oscuros. El mundo a su alrededor desaparece. Es ella, el pelo flotando al viento, el paso firme, segura de su destino. Sube al auto y saluda. — Cuanto antes nos vayamos, mejor. Enciendo el motor, suelto un suspiro profundo y nos vamos.

Cuando cerré la puerta y quedé frente a ella, creí estar delante de una diosa. Yo temblaba como un adolescente, mi corazón se sacudía con violencia, temeroso de cometer sacrilegio. Me acerqué, ella me esperaba. Le tome el rostro entre las manos, me hundí en el mar de miel de sus ojos y los bese con ternura, seguí bajando por sus mejillas hasta los labios y resbale por la pendiente de su garganta. Las manos hábiles desprendieron mi camisa y analizaron mi torso. Caímos de rodillas extasiados, mientras las manos recorrían los caminos buscando su destino. Cuando me encontré con el desierto de su piel dorada, creí que moriría. Estábamos allí, otra vez, como tantas lo soñé, como tanto lo desee en noches de amor fingido. La abrace y la bese hasta que pude reconocer aquel cuerpo que fue mío, hundiéndome en las dunas de sus senos, mientras los dedos largos y finos iban saltando por las vértebras de mi espalda. Quise saciar en la vertiente fresca de su boca, la sed que tantos años había acumulado, arrancarme las escamas que las lágrimas forjaran resguardando el amor que tenía para ella. La dejé reposar sobre la cama y simplemente la cubrí con mi piel que ardía descontrolada, perdiéndonos en el incendio de nuestro amor. Los cuerpos se plegaron  con el mecanismo de un engranaje perfecto, ondulando al compás de  nuestra respiración. En ese momento descubrí que las yemas de mis dedos tienen memoria, ellas no habían olvidado sus formas ni los recovecos donde se estremecía. Mis labios reconocieron el sabor de los suyos, el que tanto había  buscado en aquella otra usurpadora del lugar que siempre fue de ella. Si acaso la gloria existe, la conocí en ese momento. Subí a la cima máxima y me desbarranque por su ladera, llorando de felicidad. Pude dormirme sobre su pecho mullido, que a poco se fue calmando, rodearla con mi brazo mientras mi respiración le hacia cosquillas a sus senos.

Cuando desperté eran las diez. Sentí la orfandad del lecho y el frío del cuarto. Me senté en la cama desolado— ¡Victoria!— de un salto me levanté y vestí rápido, poniéndome los zapatos en el pasillo y prendiendo la camisa en el ascensor. Al llegar a la calle choqué contra las sombras de la noche. La cita había concluido.


Libro de Visitas

Maria Alejandra Olariaga ©

Creative Commons License


Esta web ha sido creada por www.ratondebiblioteca.es 2007-2018 ©
Contacto ¦ Legalidad