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Escrito por Prometheus el 05/10/17

La Amante de la Ciudad


La ciudad llora. Hiede a soledad. Mi nombre es Lys y soy su amante. Ella no tiene género, es tan varón o hembra como lo requiera mi necesidad. En estos momentos, mientras pateo latas vacías de cervezas, estoy buscando un comprador de gemidos de medianoche, alguien que atente sin pudores ni tabúes contra mi amoralidad.

Lo encuentro y después de tratar el precio, le ofrezco mi fuente que expide ambrosías hasta que se sacie. Luego, le indico el camino a mis entrañas sembradas de amapolas marchitas y sedientas. El cumple, riega y juntos cosechamos. Se pierde en la oscuridad, y el callejón sin aceras al igual que yo, vuelve a estar disponible.

Veo sombras de fantasmas haciendo el amor y siluetas que se estrujan en las esquinas sin nombre, mas yo sigo buscando mercaderes. ¿Duerme la ciudad? Imposible saberlo. El deseo derrama su dulzura sobre transeúntes invisibles, la pasión envuelve los jinetes de aire y el delirio quema la piel de los que se desvisten. La noche avanza entre sollozos descubriendo su impotencia atada a la nostalgia. ¿Dónde están los espíritus rebeldes? ¿Quién invoca a esta hora quejidos solitarios? Vengan, búsquenme, que estoy aquí dispuesta, sin negativas ni contagios. Los edificios grises rinden pleitesía a la luna que enseña su rostro por un rincón del cielo cual si fuera una sonrisa. La lluvia moja las ansias, entre las piernas de concreto brilla el sudor que libera las ganas. La ciudad muestra su virilidad tallada en acero y yo impúdica, mis pechos de divina flacidez.

Le permito que recorra el contorno de mis secretos, que se hunda en la negrura de mis ojos hambrientos, lamiendo el interior del pubis incierto con olor a raíces muertas. ¿Dónde están los amantes de las calles sin luces? Imposible saberlo. La ciudad pena sin glorias ni orgasmos y al igual que yo, desnuda, implora caricias y exige un audaz que la intimide. Se mece en sus recuerdos perpetuos, mis labios rozan los suyos en complicidad con imágenes que se mezclan y se estrellan en las cornisas. Las farolas bailan al compás de los ecos, su vaivén atraviesa el paso de los caminantes que se han marchado. En la tumba indecorosa de mi sexo yace ahora un nuevo cansancio. Su risa fácil y su saliva constante son paladas de tierra, jadeos en consonancia y muecas. Sus monedas, mí hasta mañana. Está mi rosa sin pétalos expuesta nuevamente en el oscuro jardín. Ven ciudad fallecida, ven amante de turno a revivir, a descubrir tu nombre al final de mi espalda, a cobijarte en mi guarida, a adormecerte en mi gruta de manzanos en flor, a revolver la herida que sólo de placer sangra.

El sol anuncia su llegada y yo, enmohecida, humedecida y amanecida, dando pasos de adiós en el desierto de asfalto con mis tacones torcidos, regreso a casa.


Libro de Visitas

Freddys Moretta ©

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Escrito por Prometheus el 11/10/17

El chocolate de Lys


Mónica llegó del trabajo a eso de las siete de la noche. Tiró el bolso en el sofá del salón y se sentó al lado para quitarse los zapatos de alto tacón que usaba ese día. Con cara arrugada de dolor se masajeó los dedos de los pies intentando aliviarse. Escuchaba a Lys en la cocina, probablemente preparando la cena. Se despojó de la chaqueta y aflojo el botón de la falda. Fue una odisea quitarse las medias y la blusa. Estaba súper cansada y no tenía fuerzas para llegar al dormitorio a desvestirse. En eso, oyó la voz de Lys diciéndole:

-Cariño, en seguida voy.-

-Tranquila. Tómate tu tiempo, sé que estas ocupada.-

Era seguro que si Lys no vino a recibirla tan pronto abrió la puerta, era porque estaba haciendo algo que no podía dejar de momento. Mónica la vio salir de la cocina secándose las manos. El negro cabello, suelto hasta la cintura ondeando como en cámara lenta. La mínima expresión de un short que dejaba al descubierto la mitad de sus glúteos y los senos sueltos bajo la blusita anudada sobre el ombligo. Por un momento, la visión fue como un bálsamo para Mónica, ¿Cómo era posible sentirse tan diferente con solo verla? ¿Con sólo saberla cerca? Y para rematar, la sonrisa, que parecía dibujada en su alma en vez de en su preciosa cara. Lys prácticamente se arrojó en sus brazos. La miró a los ojos antes de tomarle la cara en sus manos y besarla. Un beso suave al principio, solo un roce de labios que fue tornándose violento y desesperado según pasaban las décimas de segundo. Un mordisco en el labio inferior, una lengua que parecía una serpiente al ataque. Todo eso duró menos de un minuto, pero como cada día con cada beso, a Mónica le parecía una eternidad.

-Hola, amor. ¿Cómo la has pasado hoy? ¿Pudiste resolver ese asunto que te tenía preocupada?- Preguntó Lys recostada en su regazo.

-Estoy muerta, cariño. Pero también contenta porque resolví ese problema del que te conté gracias a la idea que me diste y además de eso, vendí dos casas.-

-Eso es genial, amor. Hace mucho que no tenías buenas comisiones.-

-Si. Este mes será bueno para nosotras económicamente.-

-Dios, soy una abusiva. Te debe doler hasta el alma y yo echada sobre ti. Perdóname. Soy una desconsiderada.– soltó esta parrafada de un tirón mientras se ponía de pie y se sentaba en el sofá de enfrente. –Ven, déjame masajearte los pies un poco.-

Mónica estuvo a punto de negarse. Un masaje de Lys era un viaje a un orgasmo infinito, sin importar en que parte del cuerpo se lo diera, siempre terminaba igual. Pero no se sentía con ánimo para sexo y tener a Lys cerca era simplemente del preámbulo de ese delicioso cansancio al que se sumía después que terminaban de hacer el amor.

-Cariño, quisiera darme una ducha y acostarme.- Sé que estabas preparando algo muy rico para cenar, pero la verdad no tengo ganas. -¿Perdóname, si? Prometo que mañana te compensaré.-

-Tranquila, amor. Ven, vamos al dormitorio a que termines de desvestirte y te bañes. No te preocupes por la cena, que no se perderá.-

Mónica se fue al dormitorio y Lys la siguió con la ropa que se había quitado en la sala.

Mientras Mónica se duchaba, Lys revisó la ropa antes de echarla al canasto de la ropa sucia. Le buscó una de las camisetas que solía ponerse para dormir, pero dudó buscarle ropa interior. Con una pícara sonrisa solo le dejó la camiseta sobre la cama mientras iba a la cocina a buscarle una taza de leche tibia. Mónica salió del baño envuelta en una toalla. Se sentó frente al espejo y se soltó el cabello que se había recogido antes de entrar a la ducha. Lys llego con la humeante taza de leche en una bandeja y algo envuelto en una servilleta. Dejó la toalla en la silla y desnuda se metió en la cama. Lys sacó un frasco de una de las gavetas y se quedó mirándola mientras se ponía la camiseta.

-Tómate esta taza de leche, aunque no tengas hambre no debes acostarte con el estómago vacío. Te traje un trocito del bizcocho de zanahoria que compramos ayer por si te apetece.-

-Te daré un masaje en los pies para que descanses mejor, ¿sí?-

Mónica no fue capaz de negarse. Nunca había entendido como Lys podía ser tan servicial, tan pendiente de todo y de todos y nunca quejarse o dar indicios de esperar algo a cambio. Se comió la mitad del bizcocho y se tomó la leche. Se recostó mientras Lys se subía a la cama y empezaba a echarse la loción en las manos para darle el masaje. Empezó con el pie izquierdo. Muy despacio pero con firmeza entre los dedos, el talón y el empeine. Luego la pierna hasta el muslo y de vuelta al pie de nuevo. Hizo esto varias veces hasta que sintió los músculos perder la tensión. Hizo lo mismo con la otra pierna y luego le dijo que se diera la vuelta. Mónica estaba a punto de dormirse. La relajación le llegaba desde el nacimiento de los cabellos en la nuca hasta las mismas plantas de los pies. Quizás hubiera caído en brazos de Morfeo en el segundo siguiente si Lys no hubiera empezado a masajearle los glúteos y la parte interna de los muslos. Estando desnuda como estaba los corrientazos le llegaban directamente a la ingle y se le esparcían por todo alrededor. Mónica trató de detener el gemido que desde hacía rato pugnaba por escapar de su boca, pero ya no pudo. Ese sonido le llego a Lys como una puñalada al corazón. Le entró por el pecho y le llegó a cada fibra de su ser. Sabía que no era una señal de nada, era la respuesta al bienestar físico. Lys le levantó la camiseta dejando al descubierto totalmente las nalgas de Mónica. Ella no dijo nada mientras Lys masajeaba los glúteos en uniformes movimientos circulares. Había tensión allí también, mucha, podía sentirla debajo de sus puños y la punta de sus dedos.

Subió por las curvas de la cintura hasta los omóplatos y luego bajar con sus pulgares por el mismo centro de la espalda hasta el inicio del hueso de la columna. Mónica estaba mojada perdida, su vagina licuaba sus deseos transformándolos en fluidos que escapaban sin control. En la cara de Lys se dibujó una sonrisa perversa. Se quitó la blusa dejando libres sus perfectos senos. Entonces, sus labios se posaron con lentitud en la nuca de Mónica que inspiró profundamente. La lengua de Lys recorrió su espalda de norte a sur, hasta el nacimiento de las nalgas, las cuales separó con una delicadeza y suavidad extrema introduciendo luego un dedo por la abertura inferior. El gemido de Mónica fue casi un grito que se escuchó en el último confín del universo. Para acompañar al dedo que causaba estragos en ella, Lys unió su lengua y Mónica pareció sufrir un ataque de epilepsia. Su respiración se agitó y su cuerpo tembló como un pajarito bajo la tormenta. Estiró sus extremidades como si fuera a desprenderlas de su tronco y al final cayó en una especie de sopor, agitándose mientras le llegaba la calma. Lys sonrió satisfecha. Nada como un orgasmo bien causado para evaporar el cansancio de los músculos. Bajó de la cama despacio, arropó a Mónica que definitivamente se había quedado dormida, apagó la luz, se quitó el pantaloncito y se metió al baño cantando muy bajito su canción favorita.

“Tenía tristeza, en mis ojos, que casi era llanto y llegaste tú, ahora estoy contigo amor y es feliz mi corazón, ahora estoy contigo amor, me siento tuya… soy la primera, que ha podido ser tu dueña, soy la primera que te vive y que te sueña…”

Continuará…


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