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Escrito por Prometheus el 28/09/17

Una noche más, sin flores ni lágrimas


Aquí otra vez. Llena de rímel, colorete y luna. Pisando las huellas de alguien más. Algún día, ¿alguien pisará las mías? Posiblemente sí, pero para eso, debo hacer que las calles reconozcan mis pasos.

-Hola, Lys.- me saluda Pedro el del hotel. Le hago un gesto con la mano y media sonrisa. No se merece más, es buena persona, pero aún me debe el polvo del sábado pasado. Un coche negro se detiene en la acera. Con estudiado contoneo me acerco a la ventanilla. Una cara impersonal y anónima se asoma y me hace una oferta.

Miro dentro del coche, hay sólo dos humanos. Expongo mi tarifa y él tipo regatea, llegamos a un acuerdo. Dos por el precio de uno, pero en la mitad del tiempo, porque el tiempo es importante. Antes de subir, le hago una seña a una de mis compañeras, para que sepa que me voy y de alguna manera con quien.

En un oscuro callejón empieza la batalla. Mientras uno invade mi territorio el otro prepara sus armas. Como siempre, finjo el inexistente placer. Evito sus besos halitósicos y alcoholizados, pero lo dejo babearme el cuello. Gimo con el mismo entusiasmo, que si me pinchara el pie con un clavo ardiendo. Pero él no lo sabe y se imagina Cristóbal Colón conquistando la América que llora entre mis piernas. Con un par de estratégicos movimientos de mis caderas, lo hago decir incoherencias, jadear, temblar, y al final caer rendido a mis pies. Con pasos inseguros, se aleja mientras el otro, armas en ristre y sonrisa de suficiencia trata de atemorizarme, de amedrentarme. Yo pongo cara de niña inocente y temerosa. Ataca con fuerza. Tiene mejor táctica que el anterior y su arma es más grande. Pero como la idea no es evadirlo sino enfrentarlo, lo hago con mi mejor disposición.

Entonces me doy cuenta que tiene otras cosas en mente. Se decide por la retaguardia y así pensar que puede vencerme. Se lo permito, porque no sabe que en mi parte trasera están mis mejores defensas. Trata de abarcar la mayor cantidad de terreno posible para dejarme sin escapatoria. Pero no se da abasto, es demasiado para él, y a pesar de su mayor armamento, también pierde la batalla. Aunque le hago creer que es superior y me muestro sumisa a su poder. Eso me garantiza una nueva visita y posibles recomendaciones con amigos y conocidos.

Aquí otra vez. De nuevo en mi esquina. No veo a mis compañeras, supongo que estarán librando sus propias guerras.

La noche ha sido provechosa. Ya tengo para el alquiler, la comida del mes y un par de antojos. Enciendo un cigarrillo mientras decido si ya es suficiente por hoy. Pedro me hace una insinuación. Lo miro y sonrío. Supongo que a nadie se le niega un favor. ¿por qué no darle un gusto? El resto de los mortales a veces también merece, digo yo, ¿no?.


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Escrito por Prometheus el 02/10/17

Una historia y una cucharadita de pimienta


La madrugada escapa una vez más a la oscuridad. El sueño se va rompiendo poco a poco, el cuarto se llena de emociones, yo me estremezco y me derrito, me ato a lazos imaginarios y entre sus brazos nuevamente reciclo mis placeres.

Las caricias libres, íntimas, ardientes, estremecedoras, delirantes, llegan desde quién sabe dónde.

Ya no duermo.

La exploración, el olor, el sabor, los sonidos emitidos por las pieles al rozarse son tan reales como mi propia respiración.

Cumplen los cuerpos el requisito de excitarse, cuando una oblicua mirada impone su fulgor, entre los jirones de niebla que se escurren difuminados, al compás del rocío que llora en el exterior.

El viento grita mi nombre sin ecos, delira mi boca, se escurre la miel de mis entrañas hasta sus labios resecos.

El instinto animal puebla los sentidos, mi lengua, sus dedos, los obscenos movimientos, los quejidos que enardecen, mi morbo por su desnudez, su rígida virilidad, mi humedad creciente, mi sed, su hambre, mi perla, sus ojos.

Él llega como un fantasma atravesando la pared de mi inocencia y mi deseo, hurgando mis resquicios sin preguntas, escarbando mis canales, arando en mis surcos abiertos y listos para ser plantados, metiéndose en mí con arrogancia y orgullo, con ira matizada de ternura, posesivo, intenso y dominador.

Yo soy la sucia imagen de su fantasía, la sombra ansiosa que se trepa a sus estancias, humillada, solícita y sumisa.


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Escrito por Prometheus el 03/10/17

Una confesión de Lys


Hola, doctor. Déjeme decirle que él me visitó anoche, para hablarme de esos duendes con sueños rotos, que se escondían bajo la falda de ese vestido sucio que me puse por ser domingo.

Y en un cuaderno de hojas arrancadas, me hizo escribir la historia de nuestros encuentros, también me dijo que cuidara los besos que nunca nos habíamos dado y las caricias que se escondían de sus manos cuando la noche nos pertenecía.

Míreme doctor, me he vuelto un fantasma, también un cuervo y un vaso de vino vertido al filo de cada precipicio que escalo sin arneses ni estacas.

Pero es un egoísta, ahora que soy de oro y de barro, él me moldea sin decir nada. Bajo el fuego de sus labios y la pericia de sus dedos, tomaba forma de mujer sin complejos, tabúes o vergüenzas.

Ahora en su cama que es mía, yo abierta en diagonal y él trazando otras líneas horizontales dentro de mí.

Fui geométricamente suya, una y otra vez, desde lo oblicuo de sus ojos, pasando por el círculo eterno de sus vaivenes, hasta el aromático lugar donde todos mis sentidos quedaron dormidos, sintiendo solamente el alucinante e hipnótico sonido de su lengua, que hacía la mejor demostración de la labor para la cual fue creada.

Con su piel como testigo, fui víctima culpable que proclamaba su inocencia, y sus labios, presuntos implicados del deseo, amigos leales de la lujuria callada, que así sin decir nada, lo decían todo.

Gracias a su voz volvió el otoño, y con él las hojas secas y las perlas que nacían entre mis piernas. Volvieron los duendes con sus sueños en las manos, quebrados como un cristal, mirando las sombras que se alejaban. Y yo, hoy como ayer, como prisionera que odia la libertad y que anhela los besos que da el látigo del verdugo, seguía buscando el equilibrio existente entre mis sabanas y sus caderas.

Ay doctor, hoy mi corazón sufrió un infarto, pude sentir cuando le empezaron a salir sus alas, rompiendo sus venas y sus raíces. Pobre de mi corazón que quiere volar y convertirme en una puta redentora del mundo, no en una esposa con sus lloriqueos y sus celos infundados.

Hoy he muerto doctor y mi cuerpo yace en la plaza pública, desnudo ante los ojos de los borrachos, los materialistas y los coleccionistas de hedores. Como una fruta tendida al sol a capricho de los elementos, como un lienzo de seda sin color.

Mi cuerpo infiel, ignorado y resentido, recuerdo una vez que también fue hipotético e imaginario, existiendo solo en las noches de los falos erectos y las manos sudadas de los hombres sin camino.

Hoy pierdo mi alma y mi espíritu escapa en busca de aventuras, visita el limbo, el nirvana, el purgatorio, un infierno cálido que le da la bienvenida y un cielo espeso sin mediar palabras, lo recicla, lo depura y lo rechaza.

Estoy triste doctor, la alegría de morir me ha devuelto la vida y mis sueños han dejado de existir porque ahora duermo de más.

Hoy no quiero más preguntas, solo realizar un incesto en bocas extrañas y que se vea cómo vivían mis antepasados, he sido Valkiria y Pirata y no quiero escobas en las cuales escaparme de los que quieren quemarme en la hoguera.

Hoy quiero estar impasible ante la espada que me amenaza, pero si quieren envainarla, adelante, mi corazón está dispuesto.

Hoy solo quiero ser musa escarlata y espina de acero, torrente de sal y miedo, palabra infame y mentirosa, llena de escarcha y cansancio.

Hoy me hundo en el pantano, en oscuras cavernas me escondo, hoy renazco al dolor y al extraño encanto de la lluvia que no es agua.

Hoy reluzco en la oscuridad, me enfrento al mañana, me lavo las ganas y el sol me volverá impura hasta que se le sequen las alas nuevas a mi corazón.

Hoy es la noche, es el momento en que los fantasmas se hacen visibles.

Me duele la cabeza, doctor, me voy a acostar.


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