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Será mostrado si existe



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Escrito por Suina el 14/03/16

SAN DIONISIO


De aquellos días recuerdo a Simón, el antiguo sepulturero, contándome la historia del lugar en mayestático equilibro, ni sereno, ni entero, y es que era uno de esos borrachos dignos que nunca perdía las formas, parecía un ilustrado guía de voz engolada cuando hablaba sobre San Dionisio.

—En 1893 una epidemia de cólera invadió la isla diezmando a sus habitantes, fue especialmente cruenta en ésta zona donde se abrieron varias fosas comunes para albergar tantos cuerpos, años más tardes construyeron sobre ellas este pequeño cementerio de San Dionisio ahora cerrado. —Lo decía de corrido, sin respirar, como quien recita una lección aprendida de memoria, sin acentos, sin emoción, de manera monocorde. Enseñaba el lugar con un amplio gesto de la mano que abarcaba las desvencijadas tumbas, las cruces, en ángel de la entrada, la que antaño fuera la capilla, ahora un cuarto de aperos oxidados, el bajo muro que separa el cementerio de la playa y el chiringuito del fondo donde siempre acabábamos tomando algo.

Me cogió cierta confianza, siempre que me veía preguntaba lo mismo: — ¿qué tal don Tomás…cómo va la cosa?

—Ahí estamos, todo bien —le respondía, a pesar de que siempre había algún detalle que no terminaba de encajar.

En el garito, Simón miraba con curiosidad los planos del futuro crematorio.

— ¿Ves? aquí irán los dos hornos —le explicaba —y aquí el “Jardín Dorado” para el depósito de las cenizas, allá las tres plantas con vistas al mar, y al fondo un pequeño espacio para las mascotas.

—Pero… ¿van a quitar las tumbas? mire que aquí tengo enterrada a mi madre.

—Seguramente, aunque se conservará la capilla y el ángel, no se modificará demasiado el antiguo recinto, sólo subiremos la tapia para instalar los nichos de las cenizas. Este lugar tiene carácter, la tendencia actual es combinar lo clásico con lo puntero, ¿Entiendes de lo que hablo Simón? —le pregunté enderezando los planos que el hombre miraba del revés, el ángel y su flamígera espada boca abajo como un mal presagio.

Simón se entristeció sin motivo aparente, se le escaparon dos lágrimas grandes, una resbaló despacio, un camino sinuoso hasta la barbilla, otra se quedó parada junto al lagrimal, y no entendía que teniendo ambas la misma densidad de tristeza, una avanzara y la otra no. No sé por qué recuerdo ahora con tanta claridad estos detalles. Lloraba sin pudor, con seriedad y en silencio, sin hacer muecas. Lo cierto es que me impresionaba. Le pregunté cuanto tiempo estuvo trabajando el cementerio.

— Hasta que lo cerraron, de sepulturero, de jardinero, de lo que fuera. Tenía las tumbas como la patena y al muro no le faltaba nunca su manita de cal, mire que pena como crece ahora la maleza. Aquella siempreviva la planté en el sesenta y cuatro, justo el año que cerraron San Dionisio.

—¿Todos los enterrados en la fosa común murieron por la epidemia?

— No estoy seguro, a mí me emplearon después de la guerra, a finales del treinta y nueve, cuando terminaron la carretera, y en el sesenta y cuatro cerraron el cementerio, fue cuando me dieron la patada. Tengo a mi madre enterrada aquí.

—Eso ya lo dijiste antes Simón. ¿Tu padre también era sepulturero?

—No, mi padre ayudó a construir la carretera, casi todos los presos ayudaron, y después los mataron.

—¿De qué presos me hablas?

—De los de la guerra. Ahí está mi madre, en esa tumba que da sombra la parra Dios la tenga en su gloria invíteme a un trago por caridad que sea de ron si puede ser.

Lo dijo todo seguidito, sin respirar. Pedí otros dos rones y al rato volvió otra vez con la misma murga.

—La tengo ahí a mí madre, bajo la parra. Como va a comprar usted el Campo Santo cuando me toque a mi podría usted hacerme el favor don Tomás de enterrarme con ella.

Desistí de explicarle al borrachito lo que es una multinacional. Luego seguimos bebiendo, y luego ya no recuerdo casi nada de aquella noche, una vaga nebulosa, un puñado de imágenes turbias… Simón y yo bebiendo… Simón y yo cerrando bares, una pelea con alguien, creo que nos echaron de más de un sitio.

Cuando desperté estaba aterido en el suelo de la capilla pegado a la espalda del sepulturero compartiendo una manta que hedía, su nuca a unos centímetros de mis ojos. No puedo olvidar la pequeña oquedad en la base de su nuca, un hueco oscuro que parecía mirarme. Luego se dio la vuelta y me sonrío. No sabría decir que apestaba más, si su boca etílica, o la manta que aparté con asco. La misma peste de cuando unos días después, excavando el subsuelo adyacente al cementerio encontramos una enorme fosa. Los restos que pudimos ver tenían agujeros en sus cráneos. Lo comuniqué a mis jefes de inmediato; la consigna fue seguir trabajando, echar cemento sobre la fosa, despedir al maquinista y a los peones, pagarles un sobresueldo a todos y contratar a otros que no fueran del pueblo. La empresa se encargaría de enviárnoslo desde la península.

Eso fue lo que hice.

Desde entonces siempre tengo sed, una sed insaciable. Apenas recuerdo aquel rosario de días iguales los unos a los otros, días midiendo el cementerio a golpe de pasos tambaleantes porque nunca encajaban las variables medidas: unas veces se alargaba unos metros al fondo, otras parecía ensancharse y comerse parte de la arena de la playa. Días de borracheras que terminaban casi siempre durmiéndolas en la capilla junto a Simón.

Una de las tantas amanecidas, le pregunté a bocajarro que si estaba muerto.

— ¡Qué carajo voy a estar muerto! —respondió colocándose bien el pañuelo mugriento en torno al cuello.

La carta de despido no tardó mucho en llegar. Sentí alivio, liberación. Le entregué el dossier de documentos al nuevo técnico, un joven sudoroso de cartera y chaqueta al hombro, Faustino parecía un profesional eficiente de expediente impoluto y con los instrumentos de topografía listos para comenzar el trabajo.

Nos tomamos la penúltima Simón y yo, mientras al fondo, el eficaz perito medía con destreza el pequeño cementerio de San Dionisio.


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Suina Caballero ©

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Escrito por M0cha el 20/03/16

Los Restos de María Barker


Con mi sable desenfundado pateé la puerta con fuerza y tan pronto como pude me dirigí al comedor. Fue un camino largo pero que se hizo corto por la apuración. Después de todo, le aseguré que yo llegaría pronto esa noche. No me había atrevido a faltar a ninguna cena desde que se lo prometí a su hijo, pero esta vez debía llegar más temprano. Ella le había estado guardando un secreto de vital importancia para la situación en mano, uno que sólo podía confiársele a una madre incapaz de juzgar a su hijo sin importar lo que éste hiciera. Ahora mismo necesitamos esa información. No me agrada la idea de trabajar con ellos pero el país necesitó que precisamente yo pisara esa área gris de la que juré jamás formar parte.

La enorme casa estaba en tinieblas y el relampaguear que acompañaba a la oscuridad de afuera formó un ambiente irónicamente ominoso en un lugar previamente rebosante de luz y colores. La hoja de mi espada me ayudó a ver entre las tinieblas que se adentraron en el lugar pero como no podía defenderme al mismo tiempo que me esforzaba por ver encendí una vela que encontré por casualidad y la llevé conmigo al primer lugar donde buscaría: el comedor. Mi paso se aminoró con la idea de golpear por accidente a la encantadora dueña del lugar y al mismo tiempo de no ver por el rabillo del ojo a alguien… o algo atacándome. Finalmente, llegué al lugar.

Era una verdadera lástima. Quien sea que haya sido no perdió el tiempo. Mientras ella comenzó a comer, azotó la cabeza de María contra la mesa y una vez que la incapacitó cortó su cuello de un lado a otro. La pobre no tuvo oportunidad alguna. Sus largos y dorados cabellos ahora estarán por siempre manchados por la roja de su sangre. Sus ojos, abiertos y sin vida mirando al frente con incredulidad, pareciera que me juzgan y me reclaman por ella — como si estos jamás le hubieran pertenecido.

Vine tan pronto como pude. Lo siento mucho, María. Pero lo lamento mucho más por esto.

La sangre en su garganta seguía tibia. Luego me regañaré por dejar que esto pasara hace pocos minutos, ahora mismo debo comenzar. La hoja luminosa de mi espada corta la palma de mi mano y la sangre es pronto bañada con un poco del líquido color lavanda que guardaba en mi bolsa, el cual está bajo las letras ‘Ego Autem Vivebam’, y casi de inmediato ocasiona que la sangre resplandezca con el mismo brillo que el del arma que la hizo brotar. Luego de un pequeño suspiro cubro la herida de la buena señora y siento a través de mi mano cómo la mitad de mis fuerzas pasan a su cuerpo, haciendo que nuestros corazones latan a la misma velocidad.

Los colores no regresaron a su rostro pero aun así comenzó a moverse normalmente. Me miró de manera extraña tan pronto como recobró el control de sus ojos.

— Elena… ¿Qué estás haciendo?

Oh, María, qué dulce. Yo habría creído que alguien trataba de ahorcarme y hubiera hecho cualquier cosa para quitármelo de encima, y hacerle lo mismo… con sus intestinos.

— Hola, María — no forcé una sonrisa, pues de verdad era honesta pero sabía que no duraría —. ¿Cómo estás?

— Bien. ¿Tienes hambre? — pretendió olvidar momentáneamente dónde estaba mi mano pero ella estaba claramente desconcertada y nerviosa. Debería mentirle.

— Sí, sólo espera que termine tu examen.

— ¿Examen?

— Sí — asentí mientras dos dedos fueron a mi cuello para comparar su ritmo con el de ella —, ¿no recuerdas que me pediste que te llevara al médico por aquellos mareos de los que me contaste?

(Ella no me pidió tal cosa y no tiene ningún pulso).

— Oh… sí. Pero no hay de qué preocuparse, podemos comer antes de irnos o hacer una cita para mañana.

— No, a tu edad no podemos dejar nada a la suerte — le dije sin mantener contacto visual. No es agradable mentirle a tan amigable rostro, sobre todo si este está pálido y sin mucha vida.

Le pedí que aspirara hondo y así lo hizo. No sería una buena doctora pues no se puede saber si una persona respira bien haciendo el mismo examen que se usa para medir el pulso. Lo bueno es que ella no lo sabía.

— Por cierto — debía apurarme, ya que yo me estaba sintiendo muy débil —, ¿recuerdas la carta de tu hijo, la que me ibas a dar el día de hoy?

— Oh sí… Wilfred, él me la envió… Creo que sigue en mi joyero, ahora mismo iré a buscarte-

— No, yo iré tan pronto como acabemos de comer. Es martes, de seguro hiciste un potaje delicioso — la sonrisa que le di no era fingida, inclusive si me veía obligada a hacerla a través de una debilidad que se esparcía por mi cuerpo y que amenazaba con dejar un cuerpo inútil si no me detenía.

— Gracias, a esta edad es difícil ponerse de pie luego de sentarse. Eres un encanto, Elena.

En agradecimiento y aún sin retirar mi mano de su cuello procedí a plantar un beso en su frente, uno que duró poco más de unos segundos. No tenía el corazón para insinuarle alguna despedida a la dulce mujer y probablemente en mi egoísmo quería que sus últimas palabras fueran un halago hacía mí, así que sólo quite mi palma de su lugar y sujeté lo mejor que pude a un cuerpo inerte que amenazó nuevamente con caer de cara contra la mesa. Hice que se sentara y se viera cómoda, al menos en lo que yo volvía del segundo piso.

Seguí con la misma cautela inicial, encontrándome en el camino con muchos objetos rotos y en el piso. Llegué a la habitación de María, y no fue sorpresa encontrarla desordenada con ropas en el piso, cajones fuera de sitio, y cada cosa relativamente frágil hecha añicos en el suelo — incluso el espejo del tocador tenía una grieta en él sólo por la estética. Las ventanas abiertas que permitían la entrada al agua de lluvia fueron mi pista de que quien sea que haya asesinado a María ya no estaba en la propiedad. Si encontró lo que buscaba o no, yo estaba por averiguarlo.

Mi sable volvió a su funda y me dirigí pronto adonde ella me dijo que buscara. Las monedas y joyería que pisé en el camino fueron el indicativo de que el alhajero ya había sido mancillado, confirmándome a su vez de que el dinero no le importaba al perpetrador y que, aunque María le hubiera dicho dónde estaba la carta, él había buscado en el sitio equivocado. Sí, el joyero convencional estaba destrozado en el suelo, pero el que en verdad le importaba a ella estaba mejor oculto: a plena vista. Me lo confió una noche en la que el jerez rebosaba de su copa, me dijo que guardaba sus joyas, los objetos más preciados para ella, en una caja oculta en un estante del librero. Los libros desperdigados en el suelo me facilitaron encontrarla, la muesca de la línea de la trampilla estaba allí y tan sólo necesitó que alguien la levantara para poder ver sus contenidos: una sortija sencilla, sucia por el paso del tiempo y por su mala calidad; una fotografía de su boda; algunos papeles que incluían varias cartas, y entre ellas estaba la cual buscaba. Eran dos hojas, una venía con la misiva Wilfred hacia su madre, en la que le pedía resguardar esto, el contenido de la segunda hoja: el reporte de bajas militares y civiles en San Fernandino y las causas del insólito número de muertes en el campo.

Oh, María, tú único crimen fue haber parido y criado al único soldado que hacía bien su trabajo.

No toqué el resto de los tesoros e incluso me tomé mi tiempo para colocar los libros para ocultarlos otra vez. Era lo que quedaba de María y de la familia Barker, debían permanecer a salvo.

Tomé la sabana de su cama y al bajar las escaleras la coloqué sobre el cadáver que ya había comenzado a presentar señales de putrefacción, un efecto secundario de lo que me vi obligada a hacerle. Antes de irme procuré un paraguas que no estoy muy orgullosa de llevarme de una casa a la que siempre fui bienvenida, me dirigí una última vez al pestilente remanente de María, coloqué un par de monedas sobre sus ojos y por encima de la tela, mientras le prometía que encontraría a quien hizo esto y hacerle algo peor de lo que le había hecho pasar a ella.

Pues es claro que hay cosas peores que la muerte, créanme, lo sé de primera mano.


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Escrito por Mplanet el 03/08/16

Lunes


La resaca

Me levanté la mañana de un lunes cualquiera con cierto cansancio acumulado. No era un día normal, era un lunes y tenía una resaca considerable. Yo no quería salir una noche de domingo, pero no hubo manera alguna de retener la pesada insistencia de mis amigos. Soy de mente débil y en seguida me dejo embaucar por ellos.

Mi vida es un desastre en todos los sentidos. Normalmente no me apetece hacer nada, soy algo así como un vago elevado al cubo. Por ejemplo, las tareas domésticas me ponen de mala leche, por lo tanto, rehúso con facilidad el hacerlas. Cuando veo que la mierda me llega al techo, contrato a alguien que venga y me limpie cada rincón, cada plato y cada mueble de mí pequeño piso.

A parte de no soportar hacer las superfluas tareas domésticas, detesto el ir a comprar al supermercado, por no hablar de los grandes almacenes y centros comerciales. Odio las colas y cuando alguna vieja sin escrúpulos intenta colarse le armo un cristo. Se piensan que porque sean viejas tiene derecho a colarse. Por encima de mi cadáver! Así que, prefiero coger el teléfono fijo de mi casa, teclear cualquier número que corresponda a cualquier restaurante que sirva cualquier comida a domicilio y problema resuelto. Siempre es más fácil que el ir a comprar al supermercado y aguantar que una decrépita vieja intente colarse. Comprar en un supermercado quiere decir que luego vas a tener que cocinar todos aquellos alimentos que has adquirido y eso me da una pereza demasiado tremenda como para planteármelo. A veces compro alguno de esos productos precocinados que no hace falta ni abrir el embalaje, directo al microondas y listo.

Como podéis comprobar, soy algo refunfuñón, perezoso, terco e insoportable, o al menos eso es lo que parece ¿no?. A parte de mis dos fieles amigos, no soporto demasiado a la gente. Conocer a la gente requiere un esfuerzo descomunal y un gasto tremendo de energía.

Primero de todo, tienes que poner cara de sorprendido, sonries para quedar bien y todo eso. Él o ella casi siempre te corresponderán con la misma moneda, mostrarán su máscara más alegre y te darán la mano saludándote. Posteriormente te preguntarán de forma artificial: ¿Cómo va? O ¿Qué tal? Puede que mostrándote una amañada sonrisa de oreja a oreja añadiendo el forzoso ritual de querer ser lo más afable posible. Prefiero que la gente sea sincera, que no sonría, que no pregunte, con un hola es más que suficiente. Si he de conocer a alguien por motivos circunstanciales, siempre me fiaré más de la persona seria, tranquila y normal, sin careta alguna, que aquella que disfraza y artífica su personalidad para quedar bien. Fingir esa patraña durante toda una vida es como para volverse loco. Pensándolo bien prefiero quedarme en casa, comer comida china a domicilio y ver viejos clásicos del cine. Humphrey Bogart no saldrá de la pantalla y me preguntará como me va la vida.

La mañana de la que os estaba hablando… ¡a sí! me olvidaba, un lunes cualquiera, de resaca… Como todas las mañanas sonó el despertador de forma estrepitosa, intenté pararlo de alguna manera pero aún dormido, no daba con el maldito botón que accede a la interrupción del molesto e insistente pitido. Enfadado, cogí el inoportuno despertador y con la máxima amargura posible lo tiré contra la pared de enfrente. El ruido hizo que el perro de la vecina (un achacoso e insoportable pequinés) ladrase sin parar. Eran de esos ladridos agudos que se te meten entre oreja y oreja y acaban martilleándote la cabeza. Lo que me faltaba – pensé. La malvada alarma aún seguía dando por saco, aunque con menos soberbia y parecía que le quedaba poco tiempo de vida. Finalmente murió y pude respirar tranquilo.

Me incorporé en la cama como pude y medio dormido, rescaté medio cigarrillo que tenía en la mesita de noche. Le prendí fuego y le di una enorme calada. Mientras le daba el último suspiro al Marlboro me percaté de que también había un vaso de whiskey, y en él, aún quedaba un poco de Jack Daniels. Le di el último sorbo y acto seguido, me dirigí, tambaleante, al retrete dispuesto a vaciar mis conductos urinarios que buena falta le hacían.

Me acerqué al espejo y estuve observando durante un tiempo impreciso mí rostro, con la mirada al frente y vacía de cualquier expresión, caí en la cuenta de que mí cara estaba hecha unos zorros. Los ojos, aún cristalinos y en tonos rojizos parecían estar inyectados en sangre. Estaban llenos de lagañas que daban un aspecto de mucosidad viscosa bastante desagradable. Por no hablar del aliento, que me olía a vómito de caballo cuando con las dos manos, eclipsé la nariz y la boca y expulsé el podrido aliento para ver a qué olía. Efectivamente, me olía a vómito de caballo. De pronto, quise saber cómo olía el resto de mi cuerpo y empecé a inhalar lo recovecos de mis sabacos. Me daba asco a mí mismo y, tras pensármelo mucho, opté por darme un chapuzón de agua fría.

Cuando salí de la ducha, me hice un café bien cargado de cafeína y estuve a punto de fumarme un canuto, pero rehusé esa opción. Con la taza de café en la mano, me dirigí directo al tocadiscos. Durante un par de minutos estuve observando mi colección de vinilos. No sabía qué poner y mi indecisión topó con el Composite Truth de Mandrill. Hacía tiempo que no lo escuchaba, así que decidí ponerlo. El disco era lo bastante cañero como para despertar a toda la vecindad. Puse el volumen al mínimo, agarré el brazo del tocadiscos e incrusté su aguja en el tema más tranquilo y suave del LP, el Moroccan Nights.

No recordaba lo bueno que era y de repente determiné que era una obra maestra del funk. Al llegar del trabajo lo escucharía al completo, sin interrupción alguna, tranquilo, con calma, fumándome el canuto que hacía escasos minutos había declinado fumarme. Pensando en ello, me dio una terrible sensación de pereza el tener que ir a trabajar un lunes con el añadido inconveniente de la resaca. Aunque pensándolo bien, lo peor de esa mañana no es que tuviese resaca, ni que la alarma del despertador me hubiese hecho levantarme de la cama, ni siquiera que fuera lunes. Lo peor de todo era que tenía que aguantar, durante ocho horas al neurótico de mi jefe, era insoportable.

¿Qué de qué trabajaba? Yo os lo explico.

Durante veinticinco años estuve trabajando en una compañía de créditos y préstamos personalizados. Por el aspecto del establecimiento y por el personal que informaba y atendía (exceptuando yo, por supuesto) la impresión no era nada satisfactoria. La gente salía por la puerta estupefacta y desconcertada sin intención alguna de volver a poner los pies en nuestra empresa. Aunque también habían muchos que picaban el anzuelo dándoles lo que nos pedían sin problema alguno: dinero fácil, directo y en metálico si así lo deseaban. Demasiado goloso para alguien que tiene verdaderos problemas económicos.

Teníamos un letrero en la frente bien grande y en mayúsculas que decía: NO OS FIEIS DE NOSOTROS. Pero muchos no lo veían y se iban a casa felices con un fajo de billetes bajo el brazo. Lo que no sabían era que una vez pagada y finiquitada su deuda con nosotros, continuaban pagando los intereses que normalmente solían ser el doble de lo que les habíamos dado.

Les hacía creer que nuestra entidad financiera era la mejor del mundo, por lo menos, la mejor del barrio. No había otra como la nuestra y aunque no fuésemos un organismo de prestigio, no importaba. De hecho, ahí residía nuestra calidad y compromiso: al ser a escala pequeña, el trato de tú a tú con el cliente era más familiar y próximo. Éramos, por decirlo de alguna manera, la entidad financiera del barrio, sencilla y de confianza. Un negocio familiar sin malicia alguna. No dábamos la sensación de ser la típica multinacional fría y sin escrúpulos. Nosotros nos sentíamos acogedores y afables con nuestros clientes. Les ofrecíamos café y unas pastitas. Les hacíamos sentirse importantes y únicos. Ese era mi objetivo, mi misión. Pero ni en sueños era oro todo lo que relucía.

En su conjunto era una gran mentira, pura actuación, una comedia que con la experiencia del día a día, llegué a ser un avezado experto en la argucia y la artimaña. Les vendía la moto de forma sencilla, casi sin esfuerzo. Me metía y hurgaba en sus mentes. Sabía cómo eran y qué pensaban nada más verles sus pesarosos y preocupantes rostros.

Normalmente conseguía que incrustaran su firma en el contrato donde la letra pequeña era ininteligible y prácticamente ni se veía. Algunos, antes de firmar me miraban a la cara, directo a los ojos a ver si encontraban un atisbo de maldad en ellos, pero con los años, llegué a ser un maestro y no encontraban ni rastro. Entrenaba de forma concienzuda la mirada, el lenguaje, los gestos… todo, y mis amigos eran mis conejillos de indias, con ellos practicaba de manera minuciosa.

Al principio me hacía sentir mal teniendo remordimientos de conciencia. No conseguía conciliar el sueño e incluso llegué a tener pesadillas, todas ellas, relacionadas con el trabajo. Con el tiempo uno se insensibiliza y acaba convirtiéndose en una maciza roca de hielo. Así es la vida.

Yo cumplía órdenes y esas órdenes se traducían en mi sustento y en el modo de ganarme la vida. Era lo único que sabía hacer. Es triste, lo sé, pero alguien tiene que pagar las facturas. Se supone que las personas que acudían a nosotros eran mayores de edad y, por lo tanto, responsables de sus actos. Pensar en ello me tranquilizaba, la verdad. De algo hay que vivir - pensé. Pero siempre me sentí un estafador y eso, en cierto modo, me consumía por dentro aunque fuera de forma inconsciente.

Una vez terminé el café, dejé la taza encima de la mesa auxiliar que hay junto al tocadiscos y con evidente amargura apagué el equipo y desplacé el brazo del tocadiscos a su posición de origen.

La chismosa vecina

Aún con el cigarrillo entre mis labios, abrí la puerta de casa para dirigirme al trabajo, cuando de sopetón, me encontré a la vecina de aspecto desagradable y ya entrada en años. Quería saber, con cara de pocos amigos, qué demonios había pasado. En aquel momento no sabía qué decirle dado que tampoco sabía que me la encontraría. No le iba a decir que había lanzado el despertador contra la pared, así que solo se me ocurrió decirle que lo sentía.

-Lo siento mucho, no he tenido una buena mañana que digamos– le solté con cara de pena.

-Entendido, acepto sus disculpas, pero vaya con más cuidado por favor, ha despertado al perro y el perro me ha despertado a mí- dijo con cara de Señorita Rottenmeier.

-Lo siento de veras– dije falsamente, cagándome en ella y en su horrible chucho, que miraba por el resquicio de la puerta ladrando como un poseso.

-Por cierto, ¿Qué no ha visto usted ese letrero?– frente a mi puerta colgaba un enorme letrero que decía: PROHIBIDO FUMAR.

-Oh, vaya…- respondí con cara de no haberme dado cuenta, aunque lo sabía de sobras.

-Fíjese la próxima vez, si no me veré obligada a llamar a la inmobiliaria– dijo ella mostrando una maliciosa sonrisa.

La vecina con cara de Señorita Rottenmeier me hizo perder el tiempo, llegaba tarde al trabajo y no quería dar explicaciones al psicótico de mi jefe.

El metro

El día estaba negro y enormes nubarrones asomaban a través del cielo avisando lluvias torrenciales. Normalmente, cuando el tiempo anuncia lluvia, la gente suele coger el transporte público por pura prudencia. Esperaba lo peor (yo siempre espero lo peor): que el metro fuera hasta los topes.

Como era de esperar, el metro estaba lleno de gente, diría que algo más de lo habitual. Enseguida pensé que el día sería una verdadera lata, el ambiente estaba enrarecido y me evocaba una sensación de mal estar indescriptible. Una vez en el interior del vagón me venían todo tipo olores desagradables; algunas axilas desprendían un pestilente olor avinagrado; el aliento vespertino de un tipo que tenía a mi lado y que no paraba de darle al pico me obligaba a agachar la cabeza hacía el suelo y que meditase sobre el agradable perfume de las amapolas; un perro de dimensiones considerables le dio por sentarse en mi pie izquierdo y una masa de gente me estrujaba como si yo fuese una sardina, no podía casi moverme. Anclado en el suelo y empaquetado por una enorme amalgama humana, la humedad muy propia de Barcelona se apoderó de mi cuerpo y lo transformó en algo verdaderamente pegajoso. Los poros empezaron segregar sudor y la camisa empezó a empaparse de lo lindo. Aquello era lo más parecido a una sauna pero en una repugnante y desagradable versión. Era horrible.

A decir verdad, nunca había tenido tantas ganas de llegar al trabajo, no obstante, aún quedaban muchas paradas para llegar a mi destino. Normalmente llevo un libro para pasar el rato y que el trayecto se hiciese más ameno, pero era obvio que en aquellas condiciones me era imposible poder sacar el libro de la mochila.

Estaba desesperado, de vez en cuando y sin previo aviso me venía alguna arcada que otra y las ganas de vomitar eran irremediables. Intentaba, por todos los medios no hacerlo allí mismo. Procuraba que las náuseas se marchasen bien lejos intentando pensar en cosas bonitas, pero no se me ocurría nada y las cosas bonitas no aparecían por ningún lado. La resaca estaba ahí y la migraña se acercaba a pasos agigantados diciéndome al oído lo mal que lo iba a pasar.

De pronto, me di cuenta de que el perro no solo estaba sentado en mi pie izquierdo, sino, que además, se había tumbado sobre ambos pies como si yo fuese una maldita alfombra. Ahora su baboso hocico se apoyaba sobre el pie derecho y su vientre y parte de su aparato reproductor posaban sobre el izquierdo. No podía moverme y notaba todo el calor de su cuerpo sobre mis pies que poco a poco fue subiendo de forma estrepitosa. La sensación no me era para nada agradable. Intentaba de alguna manera echarlo a un lado, pero cada vez que lo hacía, me miraba con cara de poco amigos y los ojos, de enormes pupilas, emergían de forma desigual. Lo intenté por última vez a ver qué pasaba, pero me gruñó mostrándome su enorme y despampanante dentadura. Automáticamente el dueño se percató de lo sucedido y aproveché la situación para echarle una mirada inquisidora y llena de odio. El dueño tenía cara de besugo; los ojos se le salían de las órbitas; los labios, de piñón, eran de un tono rosado y daba la sensación que acababa de pintárselos; las orejas estaban desproporcionadas al contorno de su rostro y sobresalían de manera irregular; su nariz de dimensión diminuta, era más propia a la de un pigmeo. Y lo mejor de todo era su absurda y casposa cresta postrada en la cima de su cabeza. Todo en su conjunto, tenía un aspecto de lo más variopinto. Al mirarlo, no pude evitar reírme y se me escapó una pequeña carcajada. Lo intenté arreglar disimulando un carraspeo más falso que judas. Me miró de soslayo y con cara de pereza, apartó a su pesado y enorme perro como pudo y el maldito chucho seguía mirándome con un descaro impropio de un perro - Maldito perro. ¿Qué es lo qué querrá?– Pensé extrañado.

Para dirigirme al trabajo cogía la L3 del metro. Era la mejor opción, a veces pensaba en el autobús, pero no tenía ni la más remota idea de cuál era el que me conducía a mis obligaciones laborales, y tampoco iba a perder el tiempo en averiguarlo. A eso se le llama pereza. En aquellos instantes pensé que no había nadie en todo el vagón más vago que yo, lo reconozco y no me importa admitirlo, me gusta que la vida sea lo más fácil y accesible posible, sin embrollos.

Coger el metro todas las mañanas, de lunes a viernes, durante todos los meses y los casi trescientos sesenta y cinco días del año, era una lata insoportable. Vamos, una pesadilla para mí, dado que no soporto las aglomeraciones. Mis amigos siempre me decían y me lo siguen diciendo, que por qué no me saco el carnet de conducir de una puñetera vez por todas. Que ya es hora, dicen. Mi respuesta siempre ha sido la misma: sacarse el carnet de conducir cuesta un ojo de la cara. La desgana de ir a una autoescuela es inimaginable. ¡Ir en coche por una ciudad como Barcelona debe ser terrible! Circular en hora punta, cuando cientos, miles de vehículos salen al unísono para dirigirse a sus respectivos trabajos, lo único que conseguiría sería acabar con la poca energía que me quedaba y, no me quedaba mucha la verdad, ando corto de batería.

La multitud se dirige como robots a toda prisa directa al tajo; las obras de reconstrucción de la ciudad estorbando, ocupando y haciéndose suyo más de medio carril; los autobuses, sin piedad alguna dispuestos a aplastarte en caso de que sea necesario; los ciclistas vagando libremente por el arcén, saltándose los semáforos en rojo y pasando entre los coches sin importarles lo más mínimo su vida ni la de los demás; pájaros despistados que deambulan sin conciencia alguna cuando el semáforo está en rojo pensando en no sé qué milongas; niños exaltados que salen de las escuelas dispuestos a quemar el último cartucho que les queda. Pensándolo bien y considerando la irritabilidad que debe ser conducir un coche, prefiero el olor a sobaco y la amortiguación humana del metro.

Sumido en mis cavilaciones, pensando en lo desastroso que sería yo como conductor de coche. Me di cuenta de que el vagón ya se había despejado algo. El hombre con cara de besugo resentido y su descarado perro se habían largado ya. Ahora tenía más libertad de movimientos y en cierto modo, me sentía más libre.

De pronto, vi un asiento vacío y sin pensarlo dos veces me dirigí a él para sentarme. – Me vendrá bien para relajarme y asentar la resaca –pensé. Pero de pronto, alguien se cruzó en mi camino y de forma repentina y ágil se apoderó de él. Sentí rabia y observé con cara de desagrado al elemento intrusivo que se había adjudicado mi supuesto asiento. De aspecto no parecía muy mayor, así que no se lo merecía, pero mirándolo bien, tampoco era muy joven. Dudaba en si debía o no soltarle cuatro frescas. Aquel asiento llevaba mi nombre escrito y estaba a escasos dos metros de él. El entrometido de turno tuvo que pegarse una buena carrera y hacer tres brincos para acceder al asiento.

La bella joven

Finalmente me disponía a decirle algo cuando de pronto, mis ojos se cruzaron con la mirada de una chica joven. Me quedé petrificado, en blanco. Aquella mirada… Aquel rostro me era muy familiar. Es como si ya lo hubiese visto alguna otra vez. Mi corazón se detuvo, o eso parecía. Sentí una presión en el estómago que hacía años que no experimentaba. Solo en los momentos más duros de mi vida logré tener un efecto similar. El nudo se retorcía con violencia dentro de mi vientre. Gotas de sudor correteaban por mis sienes finalizando su recorrido en la parte superior del cuello.

El calor subió de temperatura– ¿Por qué demonios no pondrían el aire acondicionado? -pensé de forma angustiada. No, no era el aire acondicionado, era yo, mi temperatura corporal fue en aumento. Puse mi mano derecha en la frente y estaba ardiendo como un volcán en erupción. Por el contrario, el sudor era más bien frio. Me encontraba mal, agotado y extremadanamente sorprendido- ¿Por qué? –me preguntaba realmente extrañado.

Aquella chica la conocía de algo, su cara la tenía demasiado presente como para ignorarla. ¿Y por qué me sentía tan angustiado?. ¿Quién era? ¿Por qué creaba ese efecto en mí?.

Cuando ves a alguien que te suena de algo y no recuerdas quién es, no reaccionas así. Simplemente piensas en ella hasta que das en el clavo y te acuerdas de quién narices es. Y si no, acabas desistiendo.

Ella me miraba muy atenta, nuestros ojos se saludaban a escasos cuatro metros de distancia. Parecía que también me conociese de algo. Pero a diferencia de mí, se la veía muy tranquila, plácida y en consonancia consigo misma.

Su rostro era bello, de finas facciones y ojos cristalinos color miel. Su pelo, rizado hasta límites desorbitados, brillaba bajo la refulgente luz del fluorescente que le caía del techo. Y sus labios, carnosos, formaban una silueta escultural perfecta. Su tez era más bien morena e iba muy poco maquillada, solo algún detalle aquí y allá en la parte superior de los parpados. Su cuerpo era esbelto, ni gorda ni flaca. Sus pechos eran pequeños pero firmes. Me parecía muy hermosa. Debería de tener unos dieciocho, diecinueve o a lo sumo, veinte años.

Llevaba una carpeta bajo el brazo, daba la impresión que se dirigía a clase, pero diría que no iba a la universidad ya que en la carpeta no aparecían ni el logo ni el nombre de ninguna escuela universitaria.

Todo se había enrarecido, el ambiente se había mutado a algo mucho más místico. Era como si estuviésemos solos en todo el vagón. Las personas ajenas a nosotros no existían; el sonido de los altavoces que anunciaba las paradas y los enlaces con otras líneas de metro se fue atenuando lenta y progresivamente; los televisores que cuelgan de los techos habían desaparecido y ya no emitían imagen alguna; el hombre maleducado que me había robado el único asiento disponible que quedaba se había esfumado como una hoja al viento.

La chica dejó de mirarme, aguantó la carpeta que llevaba consigo entre sus piernas, y dirigió su vista hacia un bolso de estilo hippie que llevaba colgado al hombro.

Yo seguía mirándola con atención mientras ella se hacía con el bolso y empezó rebuscar entre sus cosas. Por un momento parecía estar preocupada, como si estuviese buscando algo relevante.

Pasados un par de minutos aún miraba y buscaba algo en su bolso. Se la veía muy concentrada- ¿Qué estará buscando? pensé- De vez en cuando me echaba fugaces y precisas miradas. Con cierta delicadeza y elegancia, extrajo un MP3 de color blanco y unos auriculares Sennheiser último modelo. Tocaba los botones del MP3 arriba y abajo buscando alguna canción en concreto.

Por el aspecto estético de su indumentaria, diría que sus gustos musicales no serían nada próximos al rock duro o al punk. Más bien tenía pinta de que le gustase el reggae, la electrónica o la música ambiental del estilo Brian Eno o Vangelis.

Puede que también le gustase el jazz. Eran suposiciones mías, ya que no tenía ni la más remota idea. A veces divagaba sobre aspectos tan tontos como ese.

Cuando parecía que había dado con la canción deseada, volvió a dirigir sus preciosos ojos del color de la miel hacía los míos. No sabía qué hacer, los nervios volvieron a apoderarse de mí con más fuerza y me sentía muy incómodo. No estaba acostumbrado a tener empatía con la gente y mucho menos la de poseer algún tipo de conexión profunda con alguien. Era evidente que me sentía conectado a esa chica. El problema era que no sabía por qué. Mi cabeza se encontraba demasiado nublada como lo estaba el cielo aquella mañana de un lunes cualquiera, aunque empecé a meditar que aquel no era cualquier lunes.

La resaca se había transformado en una migraña realmente espantosa. No suelo darle muchas vueltas a las cosas y mi despreocupación por la vida en general había llegado a límites dantescos. Mi mente no está habituada a pensar mucho, siempre escojo el camino más fácil y directo que me lleve a donde quiero ir sin tener que ejercer un esfuerzo tremendista. Por lo tanto, quizá mi intelecto no estaba lo suficiente habituado ni entrenado para recordar ciertas cosas. Simplemente, no lo ejercitada.

Mí día a día era como estar en la cadena de montaje de una fábrica de autómatas programables. Las máquinas hacen y deshacen las mismas funciones, no hay cambios, repiten constantemente el mismo proceso de trabajo y no se les pide más allá de las funciones programadas que llevan en su interior. En el momento en que se produce un fallo técnico o un cortocircuito, los autómatas se paran y dejan de trabajar. Pues yo me sentía así, todo iba relativamente bien hasta que se produjo un cambio inesperado, un cortocircuito que interrumpió de forma drástica mi rutinaria vida.

De pronto, el ambiente sonoro regresaba a mis oídos y volvía a percibir el intenso traqueteo del tren; el parloteo de la gente; los televisores volvían a emitir sus imágenes, así como el audio que anunciaba las próximas estaciones de metro. El aura de misticismo que nos envolvía se había difuminado como el humo de tabaco y largado vete saber dónde, pero ella seguía allí, con su mirada clavada en la mía.

Por un momento pensé si, realmente me había fumado aquel porro. O si tal vez estuviese soñando y aquello fuese solo producto de mi imaginación. Para averiguarlo, procedí al clásico pellizco en el brazo, pero todo seguía igual. Lo probé por segunda vez y me pellizqué tan fuerte, que mis uñas quedaron grabadas en el brazo dejándome una marca superficial. Pero todo seguía de la misma manera: el metro, la migraña, el hombre con cara de pez y su inquietante perro habían sido reales y el quita asientos tres cuartos de lo mismo. Aquel olor nauseabundo, las aglomeraciones de gente, mis espasmódicas arcadas y una chica, que no conocía de nada pero que me sonaba mucho, me miraba de manera singular. Nada de aquello había sido producto de mi imaginación. Todo había sido real como la vida misma.

Los altavoces anunciaban que la próxima parada sería la Estación de Sants. La joven seguía mirándome y en su rostro se dibujó, de forma paulatina, una ligera y suave sonrisa.

Mi desconcierto aumentó. ¿Por qué demonios una chica tan guapa y atractiva iba a querer seducir a un desgraciado cuarentón como yo? Pensando en ello, la chica hizo un giro de ciento ochenta grados y se posicionó de espaldas a mí. Aproveché para mirarle el trasero.

Las puertas del vagón se abrieron de par en par y la misteriosa chica bajó al andén. Antes de proseguir su marcha, me miró y me dijo adiós con la mirada, me pareció que hizo un sutil casi imperceptible movimiento con la cabeza. ¿Era un adiós? O un ¿hasta luego? En aquel momento, me bloquee como el cortocircuito del autómata del que os hablaba antes. ¿Qué hago? ¿Le digo algo? Las puertas del vagón aún permanecían abiertas, en breves segundos, los intermitentes sonidos que anuncian el cierre de las puertas, procederían a realizar su función. La chica ya se había ido y la había perdido de vista. Los sonidos se activaron y las puertas iniciaron el proceso de cierre. Si se cerraban la perdería y puede que nunca más la volviese a ver, ¿quién sabe?

De golpe y porrazo, un instinto repentino, una intuición cristalina como el agua, de aquellas que pasan pocas veces en la vida, hizo que corriese hacía las puertas y antes de que éstas se cerrasen pude introducir mi brazo por el fino y estrecho espacio que había entre ellas. A trompicones pude salir airoso y poner mis pies sobre el andén, cuando un grupo de adolescentes que había en el interior del vagón, me observaba a través del cristal y se mofaban con disimulo.

Las puertas acababan de cerrarse. En cólera, aproveché que el tren aún no se había ido cuando me puse frente a ellos.

-¡¿Qué?! ¿Algún problema? ¡No hace falta que disimuléis! ¡Me da igual panda de niñatos mal criados! - dije con furia.

La única separación que había entre esos jóvenes y yo era el de un cristal de unos aproximados dos centímetros de grueso. Los adolescentes, repelentes y con granos en la cara seguían riéndose de mí a carcajada limpia ya sin disimular, cuando uno de ellos, con cara de no haber roto un plato en su vida, alzó su enjuto brazo y me mostró su puño. De forma lenta y gradual fue levantando su dedo medio central. Expresión típica de: que te den. Quise decirles algo, pero el metro se disponía a proseguir su camino.

Cuando el metro arrancó me los quedé mirando con la inquietante y sarnosa cara del perro de antes. De pronto, mis ojos acecharon otro rostro conocido que estaba junto a ellos. Diría, aunque no estoy del todo seguro, que él también me vio y por un segundo cruzamos neutras miradas. En este caso no había duda. Lo conocía perfectamente, era un compañero de trabajo. Por desgracia, seguro que había presenciado todo lo sucedido además de percatarse de que me había bajado unas cuantas paradas antes de lo previsto. Era evidente de que tomaría nota y se lo diría al jefe. Estaba perdido.

La estación estaba hasta los topes. La gente me miraba con cierta desconfianza, algunos me señalaban con el dedo y otros me hacían fotos como si yo fuese una atracción turística. Fotos, que después harían acto de presencia en alguna red social.

Aquello parecía un espectáculo de circo, solo me faltaba un poco de maquillaje y la nariz de payaso. Me avergoncé por momentos y quise salir de allí por patas. Me acordé de la joven guapa y aceleré mi paso en dirección a la salida.

Pero en la Estación de Sants existen varias salidas y enlaces con otras líneas, así como la de tener conexión directa con los trenes y autobuses. La opción de volver a verla era escasa, pero decidí arriesgarme y me dirigí hacía la salida más próxima. Me era muy difícil acelerar el paso dado que la gente se metía en medio con maletas, bolsas y todo tipo de trastos. Sants es una estación muy concurrida y a veces es difícil seguir un ritmo regular y constante sin que te topes con alguien.

Mi camisa estaba empapada, el sudor seguía deslizándose por mi cara. La migraña continuaba haciendo de las suyas y de vez en cuando, alguna arcada que otra hacia su presencia. Realmente me encontraba mal.

¿Por qué no me habré quedado en casa? Por un momento pensé en mi obseso-maniaco-depresivo jefe ¿Qué excusa le pondría? Encima un compañero lameculos al cual no le caigo demasiado bien se lo iba a explicar todo, no había la menor duda.

A lo lejos advertí a una chica que llevaba un cabello de intensos rizos que eran iguales, o muy parecidos a los de la joven que había visto en el vagón, pero no estaba del todo seguro que fuese ella. La chica del cabello rizado se introdujo en el interior del ascensor directo a la salida. Mis pasos se aceleraron para intentar llegar al ascensor antes de que se marchase, pero las puertas del mismo se cerraron antes de que llegase a él. No llegué a verle la cara, no sabía si realmente era ella o no. Cambié de dirección y subí los peldaños de las escaleras de dos en dos y de pronto llegué a la calle. Ella ya tendría que haber salido. Miré en todas las direcciones. La lluvia hizo acto de presencia y era muy intensa. El cielo estaba negruzco y el día se había transmutado en algo sombrío y triste.

Me encontraba en la calle Numancia y mirara por donde mirase no había rastro de ella. No había opción posible de escoger otro camino que no fuese aquella calle. Un poco más abajo se encuentra la calle Tarragona, pero era imposible que ya hubiese llegado, se tardarían por lo menos dos o tres minutos en llegar. No entendía nada. Puede que se hubiese metido en el portal de algún edificio para protegerse de la lluvia, o que directamente viviese en aquella calle próxima a la parada del metro. Al no llevar paraguas, la lluvia me empapó en cuestión de segundos y fui corriendo a un bar cercano.

Recuerdos amargos en el bar

Una vez estuve dentro del bar supe que ya había perdido la oportunidad de ver aquella chica. Le pedí al camarero que me sirviera un whiskey doble con hielo. No había prácticamente nadie, solo un viejo de apariencia afligida bebiendo vino rancio.

El bar era de aspecto sombrío, descuidado y de reducidas dimensiones. Estaba lleno de polvo con telarañas que colgaban del techo y una cucaracha correteaba cerca de una paletilla de jamón que tenía aspecto de llevar allí más de una década.

El camarero de figura enfermiza, sin apenas mirarme a la cara me dio el whiskey doble con hielo que le había pedido.

Me dirigí hacía una mesa próxima a mi derecha y pensé que ésta vez, nadie, absolutamente nadie, me iba robar el asiento. Cuando me senté noté la pesadez de mi cuerpo, estaba cansado, agotado y sin fuerzas. Demasiada presión, me sentía ahogado. No estaba acostumbrado a ello. Pasados unos minutos y con la ayuda de aquel envejecido whiskey, mi cuerpo fue recuperando la compostura y mi mente fue despejándose por momentos.

Fui recapitulando todo lo que había pasado en el metro y poco a poco fui dando marcha atrás a mi vida. Recordé cosas que creía que jamás volvería a recordar. Cosas que ya no quería evocar, ni ganas. Me resultaba embarazoso discurrir en ello, pero una fuerza interna e impetuosa salida de no sé dónde me obligaba a hacerlo.

Pensé en mi niñez, en mi infancia escolar, en la adolescencia y en lo cretino que era. Tanto como aquellos críos que se habían burlado de mí en la estación de metro. Pensé en los amigos que tuve y nunca más volví a ver… se esfumaron como un mago hace desaparecer a su conejo. No sabía nada de nadie y nadie sabía nada de mí, exceptuando a mis dos únicos amigos, dos desgraciados igual que yo, dos solitarios que lo único que hacían era salir de juerga e irse de putas a la primera de cambio.

Tampoco se olvidan las palizas que mi padre me propiciaba con la correa del pantalón mientras mi madre, estática como un parásito y su horrible cara de zombi, se lo veía plácidamente con sus asquerosas y azuladas ojeras que le llegaban al suelo como si aquello no fuera con ella. La desprecié toda mi vida por ello. Afortunadamente, ya no estaba para verla.

Conmemoré la tempestuosa pero a veces, también magnífica, relación que tuve con mi exmujer. Parecía que todo iba bien. Éramos una pareja más, del montón, ni más ni menos. Si, con sus habituales y nimios problemas de siempre. Era la típica relación de amor y odio. Nos queríamos y nos odiábamos a partes iguales. Al final de nuestra relación nos dimos el salto alguna que otra vez. Ella lo sabía y yo también, pero hacíamos creer que no pasaba nada y nunca hablamos de ello. Creo que aquello nos atormentaba, tanto a ella, como a mí.

Cuando la relación llegó a un estado de decadencia alarmante, me dejó, sin más. Me abandonó para ser exacto: fue una mañana de verano, la noche antes salí de juerga con mis amigos y estaba destrozado. Sumido en mis sueños, me desplacé hacía su lado para rodearla con los brazos, pero allí no estaba. En su lugar, había una carta. Su figura aún estaba dibujada sobre la sábana y la almohada mantenía aún la forma de su cabeza. Su lado aún desprendía calor humano y todavía percibía su característico olor.

Abrí el sobre con cierta agitación. El papel resultaba estar algo arrugado, la tinta estaba corrida a causa de unas gotas, ya secas, que podían ser lágrimas. No había más de tres líneas escritas.

Cinco años de relación y me encuentro con una carta de tres líneas en las que decía básicamente que me dejaba porque el embrujo del amor se había acabado. ¿El embrujo del amor? Menuda bobada. Ya sabía yo que tanta película romántica no podía ser nada sano.

Volví en mí dándole un enorme sorbo a aquel asqueroso whiskey de bodega. Me encontraba en aquel taciturno y mohoso bar de olor rancio y ni siquiera eran las diez de la mañana. Súbitamente me di cuenta en lo solo que estaba. Pensando en ello le eché un vistazo a una ventana próxima a mi derecha y la lluvia no cesaba, el día seguía tan negro como lo era mi vida. De vez en cuando pensaba en la hermosa chica de mirada angelical, de hecho, no paraba de pensar en ella. Le di el último trago cuando recobré la memoria y empecé a hurgar de nuevo en el pasado. Le di vueltas a aquella carta y en cómo era mi exmujer. ¿Por qué no me lo dijo en persona? ¿Tanto le costaba? Y recaí en la cuenta de que yo no era la persona más idónea para dar lecciones de sinceridad.

Pero aquello no fue nada, solo me encontraba en la punta del iceberg.

Tres años después, cuando ya había logrado olvidarme de todo y las heridas habían cicatrizado, recibí una carta procedente de Argentina– ¿Argentina? ¿Qué extraño?- pensé

Aquella volvía a ser otra sorpresita de mi exmujer. ¿Cómo no? Ésta vez se había esmerado más en ella, habían más de tres líneas. Qué divertido- pensé con una sorna agridulce. Detrás de la carta noté que también había algo más: una foto. Era el primer plano del rostro de una niña de grandes ojos y dulce sonrisa. Aquello no me gustaba. Procedí a leerla:

Siento de veras que te enteres de esto ahora, no te debe ser fácil. Me marché bien lejos porque ya no podía seguir con esa mentira. No aguantaba más. Sabes que siempre desee ir a Argentina y a ti siempre te dio lo mismo, ni caso me hacías. Pues aquí estoy. Tres semanas después de llegar a Buenos Aires, me di cuenta de que estaba embarazada. Es tu hija, no cabe duda de ello y creo que debías saberlo. Se llama Claudia y tiene 3 años. Espero que algún día vengas y puedas conocerla.

Adiós, desde Buenos Aires, Argentina.

Me quedé en blanco mirando al infinito durante unos cuantos minutos. Fue como una horrible e inesperada patada en el vientre. Un jarro de agua fría cayó sobre mí. Fue espantoso. Aquella misma tarde me emborraché como nunca lo había hecho antes. Al día siguiente no fui al trabajo y me inventé tener problemas serios de diarrea.

Después de aquella amarga sorpresa me sumí durante un tiempo en un mundo lleno de tinieblas. No me importaba nada ni nadie. Siempre fui un despreocupado en todo lo que hacía y aquello fue el súmmum, el colmo de las despreocupaciones. Me alejé de todo y de todos. Estaba harto y cansado. Viví como un huraño durante una larga temporada. Apenas salía de casa si no era estrictamente necesario. Mis amigos empezaron a llamarme “El Ermitaño”.

Ya no me quedaba más whiskey, estuve a punto de pedirle una copa más al muerto que tenía como camarero pero al final pensé que ya tenía suficiente por hoy. Me venían grandes jaquecas cuando pensaba en el trabajo y en la excusa que le daría a mi jefe. No paraba de darle vueltas al asunto. Fui a la barra a pagar mi consumición y tuve que preguntar tres veces: ¿Qué le debo? El zombi tardó en responder. Cuando me marché, dije adiós pero nadie me respondió. ¿Será posible?

Salí del bar y pensé de nuevo en aquella fotografía. Me venía una y otra vez, no podía quitármela de la cabeza. Ya no recordaba ni cómo era el rostro de mí hija.

Aquella amarga mañana, tal y como recibí la foto, la miré durante unos minutos y posteriormente la arrugué con todas mis fuerzas. Acto seguido, enojado y lleno de rabia la guardé en una caja bajo la cama. Por alguna razón, no tuve el valor de tirarla a la basura, algo me retuvo.

¿Por qué nunca fui a Argentina a ver a mi hija? La respuesta a esa pregunta es bien sencilla: miedo.

Regreso a casa

Me dirigí al metro para volver a casa, fue un día duro y extraño al mismo tiempo. Al entrar en la boca del metro, decidí dar marcha atrás y coger un taxi. Nunca cogía el taxi, pero aquella ocasión lo requería. Estaba harto y no quería, bajo ningún concepto, volver a pisar el subsuelo por lo menos hasta la mañana del día siguiente.

La lluvia había cesado algo, era más fina quizá, pero igual de persistente. Al poco rato vislumbré la luz verde de un taxi y alcé el brazo para que parara. El taxista paró el coche y subí en él.

Una vez dentro, me vino una fuerte fragancia a melocotón algo empalagosa. El coche estaba impoluto, los asientos eran de piel color negro y el sistema de sonido estéreo se oía fabulosamente.

Por los altavoces sonaba la Cavatina de John Williams, banda sonora de la película El Cazador. Adoraba aquel tema, de hecho lo sigo adorando, pero me deprime demasiado, es nostálgico y melancólico.

Bajo la música de John Williams veía la ciudad lluviosa, empapada hasta los topes de agua. No se veía un alma en las calles, la gente trabajaba y se dedicaba a sus quehaceres cotidianos menos yo. Yo estaba en un taxi de regreso a casa para olvidarme de todo, poner el disco de Mandrill que tenía pendiente, estírame en la cama y fumarme el porro que tenía reservado para cuando llegase del trabajo.

Agradecí mucho que el taxista fuese uno de esos que, no abre la boca si no es estrictamente necesario.

Por fin llego al portal de mi casa. La lluvia se había detenido aún más y chispeaba un poco. Solo esperaba a que la Señorita Rottenmeier no estuviese esperándome por alguna insulsa razón. Abro el portal de la escalera y allí estaba, justo de espaldas a mí cuchicheando con una vecina- de qué se estará quejando ahora – pensé. Intenté hacer el menor ruido posible entrando, casi a pies juntillas hasta el ascensor que me lleva directo a casa. Ella se giró e intentó ver quién era, pero no pudo ser y se quedó con las ganas. Me reí por dentro, aquello era lo más divertido que me había pasado en toda la mañana. Mi vida era insulsa y aburrida, pero la de la Señorita Rottenmeier me ganaba por goleada.

Llegué al interior del ascensor, marqué el sobreático y me fui derecho, por fin, a mi casa.

Lo primero que hice fue sentarme en el sofá dejándome caer estrepitosamente. Resoplé con fuerza y descargué toda mi tensión por la boca. Descargadas ya las tensiones, cogí disco de Mandrill que posaba encima de la estantería y que me esperaba con los brazos abiertos. Pensé que, después de un día enrarecido y turbio como el que había vivido me vendría bien escuchar aquel disco.

El encuentro

El disco arrancó con Hang Loose. Ya me sentía mucho mejor y mi estado de ánimo mejoró, aunque solo fuese un poco. La teoría de que la música amansa a las fieras era absolutamente cierta. Decidí prepararme un refrigerio cuando de pronto, sonó el timbre de mi puerta. Estaba claro que nadie me dejaría en paz. Me pregunté ¿quién demonios podía ser? ¿Sería la pesada y metomentodo de la vecina? Lo más probable. Paré la música y me dirigí irritado hacía la puerta.

Abrí la puerta con cara de disgusto y con ganas de bronca cuando vi que no era la vecina. Mi cara hizo una mueca algo aparatosa y cambió de registro diligentemente. Aquella cara, aquellos ojos, aquel pelo estaban a años luz de poder ser la Señorita Rottenmeier que tenía como vecina. No, no era la vecina, sino la atractiva joven que había visto en el metro. Me quedé sin habla, paralizado por completo. ¿Qué hacía allí? Aquello no podía ser otra cosa que una pesada broma.

Incluso el compañero de trabajo que me había visto en la Estación de Sants también estaba en el ajo. ¡Sí! Estaba todo preparado. Empecé a mirar por el techo, hacía los lados, por detrás de la puerta, en las esquinas más próximas.

Me preguntaba dónde carajo estaban las cámaras ocultas. ¡Le dije que ya estaba bien!. ¡Que la broma había llegado a su fin!. Aquel perro roñoso e infecto con cara de demonio y su dueño con cara de pescado revenido; el individuo que me robó el asiento… Los repelentes niños riéndose de mí, el enfermizo camarero que no me miraba ni a la cara, Todo era burla de mal gusto. ¡¿Y ahora la joven guapa y misteriosa estaba en la puerta de mi casa?!

-No sé de qué me estás hablando – dijo ella muy extrañada.

-¡Ah vaya! ¿Pues dime quién narices eres? – contesté con amargura.

-¿Puedo pasar? – dijo como si no pasara nada, como si nos conociésemos de toda la vida.

-Adelante – le contesté resignado.

Se sentó en el sofá y le dije que esperara, que iba un momento al servicio. Me senté en el retrete e intenté calmarme. Todo era tan surrealista. Antes de regresar al salón medité por última vez quién podría ser la chica que estaba sentada en mi sofá. Cerré los ojos y procuré visualizar bien su cara e intenté recobrar la memoria. Estaba claro que la conocía, pero era demasiado joven para mí.

Pensé en noches interminables de fiesta y alcohol. Puede que la conociese en una de esas desmadradas citas nocturnas cuando acudía al club de intercambios. Seguía pensando en que era demasiado joven y rehusé por completo esa posibilidad. Además, ninguna de aquellas rameras conseguiría provocar el efecto que la joven misteriosa causó en mí. ¡Un momento! Enseguida me vino una cara. Venia y se iba, venia y se iba. Ya casi la tenía, si… me esforzaba en recordarla, pero la cara reflejada en mi mente era algo borrosa. Sabía que estaba a punto de dar con ello. Pero desistí y salí al comedor.

Allí estaba, la chica que había perseguido de manera incondicional hacía solo unas horas, ahora estaba sentada cómodamente en el sofá de mi casa. Me paré frente a ella, el escenario era el mismo que habíamos presenciado en el metro, pero con la ligera, o mejor dicho, gran diferencia que ahora estábamos en mi casa. Nuestros ojos volvían a coincidir y de pronto: zas!

Fui corriendo a mi cuarto y de modo escandaloso me arrodille frente al dormitorio, miré debajo de la cama y cogí la caja de los recuerdos amargos (así la llamaba). Con manos temblorosas aferré aquella arrugada foto hecha una pelota. Recordé estrujarla con desprecio e ira hacía ya diecisiete años. La desplegué y no cabía duda: era mi hija Claudia.

Casi no me atrevía ni a salir del cuarto, me sentía realmente ruborizado. Decidí dar un paso al frente de forma lenta y vergonzosa. Allí estaba ella, sentada en el sofá esperando a que yo, su padre, le dijese algo. Así que me armé de valor (algo que tenía muerto y enterrado) y fui hacia ella.

Ahora estábamos el uno junto al otro. Cara a cara. Su mirada intensa era la misma que había presenciado unas horas antes. Yo seguía nervioso y muy aturdido. Ella se encontraba cómoda y calmada, no se la veía para nada intranquila. Estaba junto a mi hija y eso no pasaba todos los días. Decliné que aquello fuese uno de esos programas de mal gusto que hacen bromas horribles a la gente. No, no estaba en ningún vulgar programa de televisión y aquello no era producto de ninguna fantasía.

-Hola – dijo tímidamente.

-Hola – contesté con evidente excitación. ¿Cómo me has encontrado?

-Mamá me dijo dónde podía encontrarte. Al principio, ella se opuso a que nos viéramos.

-¿Por qué? – pregunté con cierta irritación.

-Porque no sabía en qué estado te encontraría. Ella siempre pensó que eras una bala perdida. Temía por mi integridad.

-¿Qué? ¿Por tu integridad? ¡Será posible!

-Hace mucho tiempo que planeaba hacer este viaje. Mamá me habló de tu existencia cuando tenía unos quince años de edad. Me afectó muchísimo y me enfadé con ella por no habérmelo dicho antes. Siempre esquivó y eludió el tema diciendo que habías desaparecido del mapa…

-¡Y fue ella quién lo hizo! – contesté de forma ágil y rápida antes de que siguiese con su explicación.

-Sí, lo sé– contestó ella– Mamá puso como pretexto que pasabas de todo. No te importaba nada y tus sentimientos respecto a ella dejaban mucho que desear.

-Y tiene toda la razón. No se equivoca, mis sentimientos eran piedra. Y lo siguen siendo con la gente y la vida que me rodea. Pero una cosa no quita la otra. Nunca debería haberse largado de la forma en que lo hizo. Tres años después me envió una carta y una foto tuya.

-Y, ¿no hiciste nada para venir a verme?– preguntó ella algo indignada.

-Tenía miedo y estaba enfadado con el mundo.

-Ya…

-Sí, ya. No te imaginas lo que he pasado.

De pronto a ella se le dibujó una leve sonrisa de compasión, y cambió de tema radicalmente.

-Veo que tienes una buena colección de discos. Me encanta la música!

Me cogió de sorpresa, pero me alegró que cambiara de tema y respondí.

-Sí, la verdad es que hace tiempo… años que los colecciono. Tengo de todo un poco: soul, jazz, bossa nova, bandas sonoras… La verdad es que es un vicio. Una vez coleccionas algo, lo que sea, no hay marcha atrás. Gran cantidad de mi sueldo mensual lo destino en comprar discos.

-Me parece una buena idea de invertir tu dinero. Es bonito– dijo ella con cara de asombro- ¿Puedo poner uno?

-Pues claro, pon el que quieras.

Fue hacia las estanterías donde reposaban los discos, algunos de ellos con exceso de polvo acumulado. Vi cómo se dirigía a la sección de ambient y después, hacía lo propio con las bandas sonoras. No estaba equivocado, era la música que predije que le gustaba. Seleccionó Blade Runner de Vangelis. Antes de poner la aguja en el surco, miró la contraportada del disco como si buscase un tema en especial. Dejó la tapa en la estantería y después puso la cara B situando la aguja en el segundo corte que correspondía al tema Memories Of Green. No era la primera vez que ponía uno, lo trataba con delicadeza, sin poner sus huellas dactilares en el acetato del cual se compone un vinilo. Ese pequeño pero gran detalle, me encantó.

Sonó el crujir y el crepitar que ocasiona el contacto de la aguja con el vinilo. Empezaron a sonar las primeras notas de Memories Of Green.

-Bonito tema – le dije. Hace mucho tiempo que no lo oigo. Es una gran banda sonora y mejor aún, lo es la película.

-¡Sí! Por eso la he puesto. Siempre la escucho en mi MP3.

-Lo sé – dije con sorna.

-¿Y cómo lo sabes? ¿Me tomas el pelo?

-Lo deduje ésta mañana, cuando te vi con el MP3. No me preguntes cómo.

-¡Ah! Pues la verdad es que fingí.

-¿Cómo? – no entendía nada.

-Pues eso, que fingí. La verdad es que no quería escuchar música. Dentro del bolso tengo una foto tuya. Se la robé a mama. Cuando te vi, supe que eras tú, aunque hubo momentos en los que dudé. Como no estaba segura de que fueses tú, empecé a mirar el bolso e hice ver que buscaba algo en su interior, pero en realidad miraba la foto. Tiene ya sus años y tú cara en ella es algo imprecisa. La tenía que mirar de forma concienzuda y asegurarme de que eras mi padre. De paso, saqué el MP3 para mayor disimulo.

-¡Vaya! – Dije estupefacto – Qué preparada. Yo deduje que eras alguien.

-Lo sé.

-Alguien importante.

-Lo sé.

-Alguien a quien ya había visto alguna otra vez, pero mi reacción no fue nada normal

-Lo sé – dijo mientras se le escapaba la risa sin en el menor disimulo.

-Iba más allá del simple recuerdo de alguien a quien conoces pero no das con él. Sentía una fuerte conexión contigo nada más verte. Pero aún no sabía que eras tú:…

-Tu hija – dijo tajante.

-Exacto, mi hija. Claudia, de veinte años.

Pasó un ángel y se hizo el silencio entre nosotros. Nos quedamos bloqueados sin saber qué decir. Memories of Green había terminado cuando empezó a sonar Tales Of The Future. Ella rompió el hielo y volvió a hablar. Lo agradecí.

-Hace cinco años que planeo verte. Sabía que tarde o temprano esto pasaría, que te vería. Y ahora estoy aquí, en tu sofá, contigo. Escuchando a Vangelis. Me parece todo tan extraño.

-Sí, es extraño. Para mí lo es mucho. No suelo estar con gente.

-¿Por qué?- preguntó ella

-Es una larga historia. Soy así, siempre fui así. La experiencia me dice que no he de fiarme de las personas. Menos gente, menos problemas.

-En cambio te has fiado de mí y me has dejado pasar.

-Bueno, tú eres mi hija.

-Intuyo que acabas de saber que soy tu hija ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas.

-Antes de que te dieses cuenta me dejaste pasar. Algo si te fías de la gente.

-Algo. Pero me siento más cómodo solo, eso es todo.

-De acuerdo, lo entiendo. Cada uno es como es y lo respeto. A mí también me gusta tener mi espacio y no siempre tengo ganas de estar con gente. Pienso que las personas excesivamente extrovertidas acaban convirtiéndose en unos hipócritas y nunca acaban siendo ellos mismos. Para ser muy extrovertido tienes que caerle bien a mucha gente y para conseguir eso, tienes que amoldarte y pasar por el aro de todos. Es imposible que todo el mundo te caiga bien y más imposible aún que caigas bien a todo el mundo.

Paró de hablar, y tras reflexionar unos segundos prosiguió.

-Yo intento buscar el equilibrio entre la introversión y la extroversión. Ambas, son muy poderosas y es bueno que una y otra estén compensadas.

-Buena reflexión. Viéndolo así, puede que lleves razón.

Quise cambiar de tema y me vino una pregunta que me tenía intrigado.

-¿Por qué cuando me viste en el metro, no me dijiste nada? Deducías quién era y después lo acabaste de descubrir a través de la fotografía que llevabas en el bolso - pregunté disimulando mi indignación. Me hubiese ahorrado muchos problemas y estoy seguro que le día habría sido más apacible -.

-Porque aunque estaba viendo la foto, aún dudaba de que fueses tú. La posibilidad de que fueses tú el de la fotografía era muy grande y estaba casi segura de ello, pero no las tenía todas conmigo. Entre la foto y tú no hay mucha diferencia, salvo las arrugas y algunas entradas que ahora tienes. Pero algo me decía que tenía que esperar e ir a la dirección que mamá me había dado. También te veía muy nervioso, creí que no era el momento más oportuno para decírtelo en el metro delante de tanta gente.

-¿Y si ya no hubiese estado viviendo aquí? ¿Y si me hubiese largado a vivir a otro lugar?

-Te hubiese encontrado de todas formas. Soy muy constante y persistente con aquello que persigo. Hoy en día con un nombre, unos apellidos y algún dato relevante de más, se hacen maravillas, puedes encontrar a quién quieras. Tal vez, hubiese tenido alguna dificultad, pero hubiese dado contigo. De eso estoy segura!.

-No dudo de ello, se te ve muy segura de ti misma – dije con una sonrisa.

Pesándolo bien hacía mucho tiempo que no sonreía, me dio un ligero escalofrió al pensar en ello. Me sentía a gusto con mi hija. Mi hija! Qué anómalo era todo. Aún no era consciente de lo que estaba pasando.

Reflexionando sobre ello, la música se interrumpió con brusquedad, la aguja del disco saltó. Algo crispado, chasqueé la lengua con desagrado (odio cuando los discos se rallan) y fui a quitarlo.

-Es una lástima que un disco así se ralle– dijo ella.

-Sí, muy cierto. ¡Qué le vamos hacer! ¿Quieres poner otro?

-Sí, claro. ¿Por qué no? Pero ésta vez escoge tu uno.

La verdad es que no sabía qué ponerle, pero de pronto, vi el Kind Of Blue de Miles Davis. No dudé ni un instante y lo puse de inmediato en el tocadiscos. Aquella obra era inmensa y puede que no lo hubiese escuchado nunca.

-¿Conoces a Miles Davis?– le pregunté.

-¡Pues claro!– me encanta.

-Vaya. ¿Si quieres pongo otro?

-No, me encanta. ¡Ponlo!

-Parece que tenemos los mismos gustos musicales. Eso es bueno ¿no crees?

-Sí, ya tenemos algo de qué hablar.

Sonreí otra vez. Me sentía a gusto, que sensación tan extraña.

El So what empezó a reproducirse por el sistema estéreo. Aumenté gradualmente su volumen, pero no demasiado. Aquel disco era una de las obras magnas de la historia del jazz.

-Que gran disco, me encanta! Es maravilloso- dijo ella con mucha franqueza.

-Lo es, gracias a este disco me aficioné a la música jazz, ahora es algo más que una afición. ¿Quieres beber algo?- le sugerí.

-Sí, gracias, ¿tienes una cerveza?

-Por supuesto, la cerveza nunca debe faltar – dije con total seguridad.

Fui a la nevera a coger dos cervezas bien frías cuando me percaté de que en la encimera de la cocina estaba el porro que tenía reservado para esta tarde. Me dirigí al comedor con las cervezas en la mano y le pregunté si fumaba porros.

-De vez en cuando. No siempre, siempre no es bueno. Al final es como todo, cuando abusas de algo, de lo que sea, acaba perdiendo su gracia, su chispa. ¿No te parece?

-Sí, supongo que llevas razón. Yo no he tenido nunca un freno demasiado fino que digamos, he abusado de todo. Quizá por eso no le encuentro la gracia a casi nada. ¿Te apetece fumarte uno conmigo? Llevo intentándomelo fumar durante todo el día.

-Pues ahora es el momento – dijo ella con una espléndida sonrisa. Sus dientes eran blancos como la nieve.

La redención

Mientras escuchábamos aquel fabuloso disco hablamos de muchas cosas más. Repasamos nuestras vidas, nuestras desgracias y experiencias, también de nuestras alegrías. Le hablé de lo desgraciado que me sentía y de lo poco feliz que era. De mi triste infancia y de mi loca juventud.

Ella me habló de sus exnovios, de lo contenta que estaba con la iniciada carrera de periodismo. Meditaba sobre su posible traslado a la ciudad condal. Nos sentíamos muy a gusto el uno con el otro y no daba la sensación de que fuese la primera vez que nos veíamos. Las tensiones entre nosotros se menguaron y se instaló un estado de calma y tranquilidad increíbles.

La tarde dio paso a la noche. Escuchamos disco tras disco. Bebimos cerveza y charlamos de todo. Fue muy agradable. La lluvia no cesaba y volvía a hacerlo a cantaros. Le propuse, dadas las circunstancias, que se quedase esa noche y ella aceptó encantada. Ya era hora de irse a dormir. Así que le preparé el sofá-cama.

Aquella noche no pegué ojo. Estaba muy excitado y una mezcla de sentimientos se aferró con fuerza en mí. Pensé en mi exmujer y llegué a la conclusión que la odiaba. La odiaba por no haberme dejado disfrutar de ella, de mi hija. Podría haber tenido otra vida y puede que incluso hubiese llegado a ser más feliz, pero eso es algo que nunca sabré. Tampoco hice nada por conocerla e ir a visitarla a Argentina. Me arrepentí por aquella estúpida y egoísta decisión, pero era lo pensaba y así eran las cosas. Yo estaba hundido y los años fueron pasando hasta el día en que me la encontré en el metro.

Intenté por trillonésima vez hacer el esfuerzo de conciliar el sueño, pero todo fue en vano y lo único que conseguía era ponerme más nervioso. Había tenido un día muy duro, lleno de emociones fuertes. Estaba demasiado conmocionado como para dormir.

Me levanté de la cama y allí estaba ella, en el sofá. Dormía como un tronco. Percibía el murmullo de sus ronquidos y me recordaban al ronroneo de un gato cuando está plácido y tranquilo. Pensé en que ella también estaba plácida y tranquila. La había visto hoy en el metro y ahora dormía profundamente en mi sofá-cama. Aquella chica de ojos claros color miel era mi hija. He estado muchos años en la oscuridad, solo, sin nadie, donde las únicas voces que percibía eran las del silencio, un silencio sepulcral que dañaba los tímpanos. No daba crédito a lo que me estaba pasando, pero era agradable y disfrutaba de ello. Opté por no pellizcarme, aquello era real. En mis tiempos de soledad hablaba solo y mantenía conversaciones conmigo mismo en compañía de mi inseparable petaca de whiskey, el paquete de tabaco y mis discos. Así fue mi vida durante los últimos quince años.

Una lágrima resbaló por mis mejillas. Hacía años que desconocía tal sentimiento, lo tenía obstruido, bloqueado.

Me dirigí a la ventana y la misma lluvia por fin había llegado a la conclusión que ya habíamos tenido suficiente agua por hoy, o eso parecía. Abrí la ventana con sumo cuidado para no despertarla, saqué la cabeza y respiré hondo. El ambiente exterior era fresco y húmedo. El aire estaba renovado y limpio, se agradecía. El silencio era sepulcral, ningún ruido se apoderaba del ambiente, solo el leve y agradable ronquido de Claudia. Las nubes se habían despejado y una augusta luna llena me saludaba desde la distancia ofreciendo un pequeño rayo de luz que entró por la ventana iluminando la sala. Extraje un pitillo del paquete de Marlboro, lo encendí y le di una profunda calada mientras observaba a mi hija de la misma manera que un pintor contempla, satisfecho, su cuadro una vez finaliza su obra. Me sentía dichoso y complacido de haberme encontrado con ella y en cierto modo, de haberla concebido.

Aún no la conocía. Todavía no sabía cómo ni quién era. Y desconocía sus defectos y virtudes, pero habíamos conectado de forma muy especial y la tarde se hizo de lo más apacible. Sentía una especie de cosquilleo interno, como cuando estás a la espera de saber la nota del examen más importante de tu vida o como cuando tienes una cita con la chica más guapa del instituto.

Medité sobre el trabajo, en el repugnante y ruin trabajo que tenía. En aquel momento decidí que al día siguiente no iría. De hecho, supe al instante que no volvería jamás. Por fin me libraría de mi jefe y dejaría de engañar a la gente. Sí, siempre intenté lavarme las manos haciendo responsables a las personas que venían, casi de rodillas, implorando tres mil euros. Hacerles responsables de sus actos y pensar que ya eran mayorcitos para saber lo que tenían y lo que no tenían que hacer me hacía sentir bien y era un hediondo pretexto para seguir trabajando allí. Pero aquello me consumía instintivamente, los compañeros me daban asco, no confiaban en mí ni yo en ellos. Mi jefe me producía náuseas solo con verlo. Aquel trabajo era una castaña inaguantable ¿Por qué seguir con aquella tortura?

Pensé que a la mañana siguiente le prepararía un café a Claudia, escucharíamos viejos discos y luego iríamos a dar un paseo por la ciudad. Después empezaría con el arduo trabajo de buscar un empleo nuevo. Y luego… No sé, el tiempo y el destino lo decidirá todo, como lo ha hecho hasta el día de hoy.


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Mario Vega Hidalgo ©

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