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Escrito por Fernando el 10/02/16

EL PUTSCH


El golpe de agua helada pareció reanimarle aunque el castigo sufrido había sido considerable, incluso para un hombre joven y saludable como había sido él, al menos hasta ese momento.

Oyó el metálico golpe del cubo sobre el suelo y respiró profundamente. Sabía que lo próximo no iba a ser agradable así que trató de pensar en algo que le alejara, siquiera un instante, de su actual situación.

-Bien.

La voz parecía proceder del fondo de un pozo aunque, poco a poco, sus sentidos empezaron a recobrarse y, al fin, pudo situar su origen.

Procedía de un hombre alto y rubio. Estaba en un rincón de la sala fumando un cigarrillo y mirándole con desdén. En las sombras podía distinguir a otros dos, los que le habían estado golpeando seguramente.

-¿Está ya en condiciones de responder a nuestras preguntas, mayor Heinz?

El hombre llamado Heinz, sentado en una silla de madera con las manos esposadas a la espalda, levantó la cabeza para enfrentarse a quien le había hablado.

-Ustedes parecen conocer las respuestas-dijo imprimiendo carácter a su voz. Los golpes que había recibido en la cara le otorgaban un extraño acento a través de los labios hinchados.

El hombre alto hizo amago de sonreír pero levantó bruscamente la cabeza y el de la silla recibió una bofetada, administrada por una mano muy experta.

-Tal vez-contestó mientras daba un paso adelante.-Pero prefiero oírlo de su boca.

Heinz suspiró. Realmente ya no tenía sentido callar. Todo había constituido un enorme fracaso aún cuando él había logrado su propósito.

-¿Lo quiere todo?-dijo al fin.

-De momento la organización del Putsch-respondió al tiempo que hacía un gesto al taquimecanógrafo, que aguardaba sentado a una mesa auxiliar con su equipo dispuesto.

-El asunto Fritsch fue lo que lo inició-comenzó a decir pasándose la lengua por los labios para retener algunas gotas de agua que se escurrían por el rostro.

-Para las Fuerzas Armadas aquello fue una vergüenza e, inclusive, hubo unidades que estuvieron al borde del motín. Fue, además, el indicador de las verdaderas intenciones de Hitler. Del auténtico alcance de sus planes.

-¿Qué planes eran esos?-cortó el otro.

Heinz dudó antes de responder incrédulo.

-¿Qué planes? ¿Le parece poco llevarnos a la guerra sin estar preparados para ello? ¿Enfrentarnos con Francia y Gran Bretaña cuando tenemos todas nuestras tropas operativas en la frontera checa? Sin apenas aviones, sin una flota digna de tal nombre, sin …

-Es su opinión-cortó el otro. -En todo caso Fritsch estaba acabado. Ningún soldado alemán hubiera aceptado tener por jefe a un marica.

-¿No a un marica y sí a un loco?-replicó Heinz con acritud.

Un golpe en el costado fue la muda respuesta.

-Cíñase a su relato. No nos interesan los comentarios.

Tras recuperar el resuello, Heinz prosiguió.

-Aquello nos abrió los ojos. A muchos que hasta entonces habíamos confiado en que Hitler devolvería a Alemania al lugar que correspondía. Pero no al precio de una guerra que no podríamos ganar…

Calló y bajó la vista. No era un traidor, no al menos en lo tocante a sus compañeros, y no podía estar seguro de que conocieran todos los nombres.

-Sé lo que está pensando y no debe preocuparse.

El hombre alto hablaba con pausa, como si calculara el efecto que sus palabras provocaban en el hombre al que interrogaba. Cuando este alzó la cabeza se encontró con unas manos que le mostraban una carpeta.

-Eche un vistazo-prosiguió el hombre alto mientras que el que sostenía la carpeta la abría e iba mostrando su contenido.

Las imágenes empezaron a desfilar frente a Heinz. Fotografías de los hombres que le habían acompañado en aquella aventura.

-Beck, Halder,Von Brauchitsch, Canaris, Von Witzleben, Gisevius, Schacht, Goerdeler…

El hombre alto iba nombrando a cada persona que representaba la instantánea puesta frente a él. Estaban todos.

Sigueron en moderada sucesión, obviamente para que se asegurara de reconocerles, Von Brockdorf-Ahlefeldt, el comandante de la 23ª División; Arthur Nebe, director de la Kriminalpolizei; el conde Von Schulenburg, Vicepresidente de la Policía de Berlín; el coronel Hans Oster, del Abwehr…

-Ya ve que nada de lo que nos diga puede incriminar a nadie más de lo que ya lo está.

Heinz emitió un largo suspiro.

Todo está perdido-reflexionó antes de volver a hablar.

-A primeros de este mes comenzaron las reuniones. Era evidente que la presión que estaba ejerciendo Hitler sobre Checoslovaquia nos iba a llevar a la guerra. Por otra parte, la actividad de Henlein y su gente en los Sudetes aconsejaba actuar con prontitud.

El suave chasquido del teclado del taquígrafo se dejaba oír tan pronto dejaba de hablar.

-Tal y como se iban precipitando los acontecimientos-prosiguió-se optó por el día 27.

-¿Por qué ese día?-quiso saber el hombre alto.

Heinz carraspeó para aclarar la reseca garganta.

-Por varias razones: En primer lugar porque Hitler iba a pronunciar un discurso en el Sportpalast en el que suponíamos, no sin razón, plantearía un ultimátum a Checoslovaquia.

-En segundo-continuó-porque estaba previsto que la Segunda División Mecanizada desfilara por Berlín. Estas tropas se iban a utilizar para asegurar el control de la capital.

-Tercero porque Göring se encontraba en Carinhall. Aislándole allí nos evitábamos una complicación importante.

-Y cuarto porque las directivas de Fall Grün, el plan de ataque a Checoslovaquia, estaban ya cursadas y pendientes solo de la orden de Hitler.

El hombre alto encendió un cigarrillo.

-¿Con qué fuerzas contaban?-inquirió.

-Básicamente con las surtas en el Wehrkreis III. El general Von Witzleben, como comandante del mismo, aseguraba su cooperación.

-¿Solamente con eso?-cortó a Heinz. -¿No llegaron a pensar en que otras fuerzas podían marchar sobre Berlín?

-En realidad no- contestó este.-Dábamos por hecho que se aceptaría el hecho consumado y que las Fuerzas Armadas no intervendrían.

-Un poco ingenuo por su parte- El hombre alto negó con la cabeza cual si corrigiera a un alumno poco aplicado.-En fin, prosiga.

-En cualquier caso habíamos tomado precauciones. Enviamos destacamentos para bloquear al regimiento SS Brandenburg en Adlershof; al batallón Hermann Göring en Reinickendorf; a los cuatro batallones de la Leibstandarte SS de Lichterfelde; al regimiento Grossdeutschland en Moabit.

Heinz empezó a toser. Una mano le tendió un vaso de agua.

-Beba-dijo secamente el hombre alto.

Heinz obedeció y, reconfortado por el líquido, prosiguió su relato.

-Esas unidades, por razones evidentes, eran las más predispuestas a resistir. Se había dispuesto que elementos del 67º Regimiento de Infantería y del 59º Regimiento de Artillería, destacados en Spandau, tomaran los accesos a estos acuartelamientos. Tenían órdenes de abrir fuego en caso de que los elementos bloqueados forzasen la salida.

-¿Y Carinhall?-inquirió el hombre alto. -¿Qué habían pensado para retener allí a Göring?

-Una compañía del segundo batallón del 6º Regimiento Panzer de Zossen.

El hombre alto emitió una risa fingida.

-¿Una sola compañía para detener a Göring? Su ego hubiera exigido una división, como mínimo.

Hubo un silencio que el propio hombre alto quebró.

-Bien. Hábleme ahora de su parte de la operación. De la toma del distrito gubernamental y del asalto a la Cancillería del Reich.

-Como puede imaginarse era fundamental controlar la Wilhelmstrasse. Ahí se halla el corazón del gobierno. El despliegue comenzó a las 23:00 horas: Elementos del tercer batallón del 48º Regimiento de Infantería de Döberitz debían bloquear el acceso por Unter den Linden a la vez que tropas de la Pionierschule de Karlshorst aseguraban Prinz-Albrecht Strasse.

-A continuación se enviaron las fuerzas destinadas a tomar los puntos clave: el Ministerio de Asuntos Exteriores; el de Propaganda; el de Justicia: el Ministerio del Aire, el Gauleitung de Voss Strasse; la Dirección General de Ferrocarriles; el Ministerio de Transportes; la sede de la Gestapo…

El hombre alto sonrió taimado al oír el último nombre.

-Y, desde luego, la Cancillería del Reich-añadió Heinz.

-Concentrémonos en ese punto, mayor-fue la réplica.

-Ese objetivo era de mi responsabilidad. Dos grupos accederían al edificio: uno por la entrada de la vieja Cancillería; el otro, bajo mi mando personal, por el acceso de Voss Strasse.

-Los dos guardias de la entrada fueron eliminados y las puertas, tal y como estaba convenido, estaban abiertas. Al acceder pude oír disparos que me pareció procedían del Ministerio del Aire.

-¿Recuerda la hora?-cuestionó el hombre alto.

Heinz hizo memoria.

-Debían ser las 23:15, más o menos-respondió al fin.

-No-replicó el otro.-A esa hora venían de aquí mismo, de este edificio.

Heinz, resignado, asintió y continuó.

-En el interior progresamos hacia las dependencias de Hitler haciendo frente a una muy ligera resistencia.

-¿De cuántos hombres constaba su grupo, mayor?

-Quince incluido yo. Una vez dentro nos fraccionamos para cubrir el mayor espacio posible.

-¿Fue su sección la primera en llegar a las dependencias del Führer?-cortó el hombre alto.

Heinz negó con la cabeza.

-No. Todo estaba discurriendo según lo previsto hasta que se oyeron los disparos. Nos estaban tiroteando desde el final del corredor de modo que mis fuerzas respondieron. Al poco el teniente Herzner me comunicó que habían detenido a Hitler en su despacho y que dos hombres le custodiaban.

-Y entonces usted le asesinó-terció el hombre alto.

Heinz levantó la cabeza.

-¡No! No fui yo. Ni siquiera sé qué fue lo que ocurrió. Fui tras Herzner, mientras nos cubría el resto y, cuando llegamos al despacho, encontramos a los dos hombres de Herzner y a dos SS tendidos sobre el suelo, muertos, y a Hitler sentado en un sillón con un disparo en la cabeza.

-¿Nada más?-preguntó el otro.

Heinz esbozó un amago de sonrisa.

-No, claro. También estaba usted, Gruppenführer, y sus SS.

El hombre alto asintió condescendiente.

-Sí-dijo.-Lamentablemente tarde para evitar la muerte del más grande hombre que ha producido la Historia pero, por fortuna, a tiempo para evitar que la ignominia se adueñase del Reich.

-Traición-musitó Heinz casi en un susurro.

-Oh-respondió el hombre alto. -Es el mal de todas las conspiraciones y la suya, mayor, no ha sido una excepción.

-Al menos hemos librado a Alemania de ese criminal. Ahora podíamos estar en guerra.

El golpe le produjo un intenso dolor en el tímpano. Tras un prolongado zumbido pudo oír de nuevo.

-No crean que por haber asesinado al Führer se ha alterado la política del Reich. Mussolini ha mediado para concertar una reunión en la que se tratará el tema checo aunque ahora, dadas las circunstancias, puede dar para mucho más.

-¿Una reunión?-preguntó Heinz.

-Sí. Acudiran Chamberlain, Daladier, Mussolini y el Mariscal Göring. Tendrá lugar mañana, en Munich.

El hombre alto contempló impasible el rostro incrédulo de Heinz.

-¿Le sorprende? ¿Creían que su acción, de por sí execrable, iba a destruir el Estado? El Mariscal Göring es el nuevo Canciller del Reich; Rudolf Hess pasa a ser Canciller del Partido y el Doctor Goebbels ha asumido el cargo de Presidente del Reich. Ya ve, el Estado y el Partido están en buenas manos.

-Y sus SS vigilándolos a todos, ¿verdad Gruppenführer?-interrumpió Heinz con voz cansada.

El otro asintió.

-Las SS son la salvaguarda del Reich, del Partido y del Pueblo Alemán, como ha quedado bien patente.

-Pues no han podido proteger a su amo-replicó Heinz con una sonrisa dibujada en los labios doloridos.

Un nuevo golpe le aturdió.

-Llévenle a una celda-ordenó el hombre alto. A continuación se acercó al taquimecanógrafo.

-Transcriba la declaración y que la firme. Luego dejen que coma y denle un cigarrillo.

A continuación salió de la sala. atravesó un pasillo jalonado de estancias semejantes a la que acababa de abandonar. Todas estaban ocupadas y en todas se estaba llevando a cabo el mismo ritual que él mismo había oficiado con el mayor Heinz.

Caminó unos metros, subió unas escaleras y llegó al exterior. El fresco aire de la noche acarició su rostro. El aroma de los rosales, algo insólito en un lugar como aquel, era realmente agradable. Un contrapunto al olor a muerte y miedo de los calabozos.

-Heil Hitler.

Se giró y devolvió el saludo a la oscura silueta que tenía frente a sí.

-¿Cómo ha ido?

La luz de las farolas se reflejaba en las gafas del hombre que le hablaba. El negro uniforme que vestía le confería un aura amenazadora que apenas desmentía su aspecto poco marcial, verdera antítesis del selecto cuerpo que dirigía.

-Tal y como esperábamos, Reichsführer-contestó el hombre alto.

-¿Y los otros?-volvió a preguntar el hombre de las gafas.

-Todos detenidos, salvo Canaris y Brauchitsch.

-Una lástima que Canaris se pegara un tiro. Al menos demostró más valor que los otros- el hombre de las gafas meneó la cabeza. -Bien, tan pronto hayan hablado prepararemos el juicio.

-Esta desgracia servirá, al menos, para librarnos de toda esa escoria reaccionaria del Ejército-apuntó el hombre alto.

El de las gafas asintió.

-Sí, y consolidar a las SS. Es curioso, al final Röhm tenía razón.

-Mucha razón-sentenció el otro. -Ahora crearemos un nuevo Ejército, libre de esos generales clasistas y apolillados. Un Ejército al servicio del Partido.

-Bien, Gruppenführer. Debo reunirme con Goebbels y Hess para disponer los funerales del Führer. Póngase en contacto conmigo cuando estén cumplimentadas todas las declaraciones. Heil Hitler.

-Heil Hitler-contestó el hombre alto que vio cómo su superior se alejaba por entre los rosales.

Respiró profundamente.

Le gustaba gozar de sus triunfos en la intimidad. Nunca se había permitido, ni siquiera en presencia de su esposa, expresar la más mínima emoción.

Y ahora estaba saboreando el mayor éxito que hubiera podido imaginar.

Von Brauchitsch había sido la clave. Nunca se fió de él, por más que fuera miembro del Partido, y no se equivocó. Tan pronto como tuvo noticias de que se había reunido con Beck y Halder no tuvo más que hacerle una visita acompañado por dos oficiales de las SS, ambos veteranos de la "Noche de los Cuchillos Largos".

Y se derrumbó. Todo un Comandante en Jefe del Ejército puesto de rodillas ante él y jurándole lealtad. Y lo fue, desde luego, tan leal como para vender a sus compañeros de conspiración, arruinar el Putsch y traicionar a su casta, al viejo Ejército. Su recompensa no fue magra, en ningún caso, un tiro por la espalda mientras "trataba de huir". Una muerte dulce, en fin, si se la comparaba con la que aguardaba a sus conmilitones.

Una descarga, semejante a un trueno, le hizo esbozar una sonrisa.

Ahí va una remesa de traidores-pensó mientras dedicaba un fugaz recuerdo a los hombres que en esos momentos, y desde el día anterior, estaban fusilando en el patio del Ministerio del Aire y en otros lugares de la ciudad.

Caminó unos pasos y encendió un cigarrillo. Aspiró el humo con placer.

Todo se había desarrollado conforme a sus planes. Gracias a los informes de Brauchitsch había podido tomar medidas tendentes a neutralizar el Putsch:

Medidas tales como traer a Berlín a los cadetes de la SS Junkerschule de Bad Tölz en menos de dos días; introducir, asimismo, tres batallones del Regimiento Feldherrnhalle de las SA y dos compañías SS del KZ de Sachsenhausen inadvertidamente, como si se tratara de miembros de la Segunda División Mecanizada para el desfile.

Distribuir a agentes del SD por entre los batallones de la Schupo, la policía uniformada, para asegurar su lealtad y, llegado el momento, tomar posiciones por la ciudad.

Movilizar discretamente a reservistas de las SA, de la Allgemeine SS e, incluso, a compañías de la Hitlerjugend y armarlas y situarlas en los edificios gubernamentales.

Así, aquellos conspiradores de vodevil se encontraron con una aparente facilidad para acceder a sus objetivos solamente para ser cazados como ratas en el interior de los mismos. Mientras sus hombres de la Gestapo y el SD efectuaban una ola de arrestos, y generales leales como Keitel o Von Reichenau, el nuevo Ministro de la Guerra, emitían órdenes tranquilizadoras a las Fuerzas Armadas, las tropas amotinadas se encontraban invariablemente con la resistencia tenaz de aquellas a las que debían haber bloqueado en sus cuarteles.

Todo aquello, que le hubiera valido ascensos, honores y distinciones inimaginables, quedaba en nada ante su propia audacia. Nunca se hubiese imaginado capaz de algo así mas, mirando atrás, hubiera sido de una criminal estupidez no aprovechar la oportunidad que se le presentó.

Estaba oculto detrás de una de las puertas que comunicaba el despacho del Führer con sus habitaciones privadas. Poseía un teléfono que le comunicaba con la centralita de modo que podía conocer al detalle el desarrollo de la operación y, asimismo, solicitar ayuda inmediata. Nadie advirtió su presencia cuando, al poco de iniciarse el ataque, dos de sus guardaespaldas le llevaron allí convencidos de que estaría seguro y de que los asaltantes serían contenidos.

Luego, en una rápida secuencia, una de las puertas se abrió y entraron tres hombres. Abatieron a los SS y encañonaron al Führer que, dicho sea de paso, parecía no comprender lo que estaba ocurriendo y demandaba explicaciones al teniente al mando.

Este, sin darse por aludido, abandonó corriendo la estancia y entonces llegó el momento. Salió de su escondite y con la Mauser C96 que portaba abatió a los sorprendidos custodios de su líder, que evidentemente no esperaban su aparición.

Luego su mirada se cruzó con la del Führer y este llegó a pronunciar aquellas palabras, cuyo eco le acompañarían hasta el fin de sus días:

Mi fiel Heydrich.

Y disparó.

Solamente tardó unos segundos en limpiar la empuñadura y colocarla en la mano de uno de los hombres que había matado y que, y en eso se felicitó por su suerte, portaba una pistola del mismo modelo. La tomó y, rápidamente, volvió a la habitación aneja desde donde comunicó a la centralita que precisaba refuerzos en el despacho del Führer.

En poco más de un minuto se presentaron en la misma estancia donde se encontraba un suboficial y cuatro soldados de las SS que pudieron ver, por primera y tal vez única vez en su vida, a Reinhard Tristan Eugen Heydrich, Gruppenführer de las SS y jefe del SD llorar desconsolado porque no había sido lo bastante rápido como para salvar al Führer.

Luego llegaron el mayor Heinz y aquél teniente, Herzner, y tuvo que contener a sus hombres para que no les mataran allí mismo. Sus leales SS, transidos de dolor y deseando acribillar a aquellos traidores que habían provocado la muerte del más grande hombre que la Providencia hubiera deparado a Pueblo alguno. Si ellos supieran.

Pero ya estaba hecho. Había muerto el Führer, sí, pero el camino que trazara estaba firmemente asentado para que el Reich y el Pueblo Alemán continuasen su triunfal andadura por la Historia.

Y las ventajas resultantes no eran desde luego pocas:

Había creado un mito, el del Führer inmolado por las fuerzas de la reacción. Un mito que serviría para que la posterior limpieza, que sería concienzuda, no fuera visto por el Pueblo como un atropello sino como una necesidad. Una necesidad que, dada la tremenda ascendencia de Hitler, sería bien recibida e, incluso, alentada.

Había evitado la guerra. No tenía dudas de que Alemania hubiese sido aplastada por Francia y Gran Bretaña si se hubiese atacado a Checoslovaquia. No había que andar con prisas. Todo se conseguiría en su momento. No dudaba de que la conferencia que iba a celebrarse en Munich produciría algún resultado: con Alemania conmocionada por el luctuoso hecho; con la región de los Sudetes a esas horas en abierta rebelión contra Praga por el mismo motivo; con Francia y Gran Bretaña acobardadas por la posible reacción de Alemania, y por su propia implicación, que la había, con los conjurados… Algo se conseguiría, sí, tal vez los Sudetes sin disparar un solo tiro.

Y había ganado tiempo.

Tiempo para completar el Rearme. Si todo discurría tal y cómo Göring y sus planificadores habían previsto en el Plan Cuatrienal, para 1946 Alemania estaría en condiciones de ir a la guerra con garantías de victoria. Pero aún quedaba mucho para eso.

Tiempo para la consolidación de las SS como garantes del Estado, como brazo militar del Partido y como defensor del Reich. Eso, no lo dudaba, era cosa hecha. El viejo Ejército sería desplazado y sus sustitutos serían las SA, como fuerzas convencionales, y las SS, como la élite.

Tiempo, también, para poner a cada uno en su lugar. Göring podría ser Canciller pues era popular y tenía savoir faire para tratar con políticos extranjeros. Su debilidad por la vida suntuosa y su adicción a las drogas eran bazas para someterle a voluntad. Hess no presentaba excesivos problemas y Goebbels, en el inocuo puesto de Presidente del Reich, dejaba de ser un peligro por sus ansias belicistas.

Luego habría que ocuparse de Ribbentrop, posiblemente el hombre menos diplómatico que hubiera en el Mundo, y reemplazarle por Neurath, que había hecho un magnífico trabajo y aún podía ser de mucha utilidad.

Suspiró gozando íntimamente de las perspectivas que se mostraban ante sí.

Las SS en la cúspide. Himmler como verdadero poder en la sombra y él, Heydrich, el leal subordinado que, llegado el momento, emergería como el natural sucesor de Hitler y que conduciría al Reich al dominio de Europa y, ¿por qué no?, del Mundo.


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Fernando Suárez ©

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Escrito por Rapper el 10/03/16

Relato de un Amor Maldito


Si las lágrimas hablaran, ellas contarían lo sucedido, más no existe tal milagro ni ventaja. Por ello es que debo contarte, con palabras directas del corazón, una historia de anhelos, de soledad y destrucción.

Una historia que, en un océano de errores cometidos por vanidad e imprudencia, se ahoga en el remordimiento y la tristeza eterna. Personas solitarias que vagan por la senda de la muerte de su alma, que se apaga por no padecer el sufrimiento de su amor.

Sin más, procedo a relatarte la mágica pero trágica historia de un amor maldito.

Solo sé que si la belleza que ella desprende tuviera precio, no sería yo digno de poseerla, pero necesito pensar que merecí esa pasión, que la vida o Dios me entregó en vida, aunque sepa que no es así. Pues la soledad que ella hizo desaparecer con su compañía, es el más puro sentimiento de tristeza, que vaga solitario por el corazón, encarcelando la felicidad y derrotando la pasión.

Desde hacía mucho tiempo, siempre tenía un sueño repetido durante mi torturada vida. En aquel sueño veía una mujer tumbada en el suelo, llorando, sangrando, con sus vestiduras rotas. Esa mujer tan bella como la vida y el amor, me decía que me odiaba, pero que me amaba. Cual fue el motivo, no lo recuerdo, pero lo que si recuerdo es que a su lado había una mujer diferente y hermosa, que me transmitía lujuria y anhelo.

Nunca supe que un día llegaría ese momento de que los destinos de esas dos mujeres se entrecruzasen con el mío, y como amor y odio, como locura y cordura, nos envenenaríamos de arrogancia y desdicha. Anhelaríamos entonces los días de nuestra felicidad, porque el sufrimiento del amor y el desamor, es la tortura con la que se castiga al que no aprecia la ausencia de la soledad.

No sabía nada de mi destino inminente, no sabía que estaba llegando el momento de la verdad. Cuando la conocí, creí haber visto la locura de la eterna felicidad, más no sabía lo que acontecería en tan poco tiempo.

Fue en el primer momento en que hablé con la dueña de mis deseos, cuando supe que todo lo vivido hasta ese instante, había sido el tiempo necesario para poder encontrar a la dama que embriagaba mi profundo y puro sentimiento. Lo que no sabíamos, es que en ese momento, habíamos condenado nuestros corazones al más real cariño incondicional, que infectaría nuestros caminos por toda la eternidad, pero ese amor, salido de las puertas del limbo, nació para maldecir la pasión que un día sentimos.

Después de conocerla, poco tiempo nos hizo falta para acabar por enamorarnos y necesitarnos por siempre. Aunque yo no hice caso a las pesadillas que cada noche sentía, esos sueños que desde hace tanto tiempo tuve durante mi vida.

Llovía en la noche de la ciudad, yo, embriagado por la lejanía de su rostro, que había marchado a visitar a un familiar suyo, a un pueblo de nombre extraño, me encontraba en tiempo ocioso y aburrido. Entonces, supe que podía llamar a unos amigos y divertirme en la noche.

Así es como comenzó el principio del final, el error que cometí y que luego no podría rectificar.

Fuimos a un bar perdido entre almas extraviadas del camino, cual espejismo para sus almas sería un rayo de esperanza, la que se había evaporado hacía tiempo. Un poco insensato, quizá por los licores que probé, los labios de una damisela nublaron mi alma y envenenaron de lujuria mi corazón.

Yo solo sentía unas ganas primitivas de saciarme, yo solo era un insensato en las garras del desastre.

La llevé a mi casa. Y de apaciguar la lascivia de la noche, allí tendido en la cama, vi a la desconocida que se había colado en mi deseo, en mi habitación, y en el lado de la cama reservado a la propietaria de mi corazón. Me sentí arrepentido, destrozado. Pues no pudo ser más cruel el castigo del destino, que en la noche, comencé escuchando alaridos y llantos de tristeza por las escaleras del edificio. Fue en esos momentos en los que caminaba arrepentido, soportando mi acción errónea de calmar esa dura lujuria con una desconocida, cuando vi que quien se lamentaba era mi amada, que entró por la puerta, llorando, herida de sangre y rabia, a contarme cual brutal fue la casualidad.

En la noche, alguien de rostro tapado, se había colado en la casa de su familiar, con arma blanca en mano, arrebatando el dinero que poseía su hogar. Miserables son los caminos del ladrón, más los del asesino. Había matado a puñaladas a su familiar, dejando un cadáver abierto en mitad, y se había adentrado entre los muslos de mi amor, corrompiendo y prefiriéndolo una puñalada en su brazo y su temor. Luego salió corriendo como si el diablo se tratara, como si no le importara el mal cometido a aquella dama que era mi amada.

Y volvió en coche ensangrentada en la oscuridad y la lluvia. Aterrada por lo sucedido y llena de dolor por el familiar que ya no estaba.

Llorando se expresaba, llorando contaba lo sucedido, dolor y rabia, lágrimas y llantos desesperados salían de sus palabras.

Le dolía más la herida de su interior que todo lo demás ocurrido en la trágica noche vivida. Al entrar en la habitación me vio a mí, y a esa asesina de relaciones, entrometida fría en la felicidad de dos espíritus enamorados. Vi su cara de dolor, físico, sentimental. Vi su disgusto y su mirada suplicante que deseaba acabar con tan triste desdicha. La vi llena de sangre por el brazo y las vestiduras rotas, la vi dolida y llena de ira.

Intercambiamos gritos y arrogancia, súplicas de perdón y rechazos. La entrometida en nuestro amor quería salir de allí, más no pudo. Fue cuando quiso escapar cuando mi amada la golpeó la cabeza, cayó al suelo, y lloró con sangre en su dulce y hermoso rostro.

Me juró mi amada que me arrepentiría de mi error. Y cuando cogió un vaso perdido de la fiesta y lo rompió contra el suelo, le pregunte que hacía, pero llorando se rajó el brazo y emergió su sangre roja y pura. Allí ella calló al suelo, anhelando el final de sus días que estaba llegando.

Yo me lancé a recogerla, agonizando y desangrándose, me dijo invadida por la cólera, que me odiaba, que la había traicionado, y que lo iba a pagar con su ausencia. Mis llantos ocupaban el espacio a pleno pulmón, cuando su vida se apagó y noté su ausencia y mi dolor.

Entonces yo, cegado por la ira que me carcomía, agarre a la damisela entrometida, la dije que fue culpa suya, que si ella no hubiera aparecido, nada de eso habría sucedido. La culpé, quizá por la cobardía de asumir mi responsabilidad ante lo acontecido. Ella aterrada me gritó que no había hecho nada, a empujones se explicaba y uno de ellos me izó tropezar, mala suerte fue, que caí y el pico de una mesa dio mi cabeza, y brotó sangre, sangre en la noche inyectada de tristeza.

Yo no aguante el pensamiento de vivir sin ella, no aguantaba la culpa y el remordimiento que me atacaba y torturaba, así que me levante ensangrentado. Aturdido, abrí la ventana y dije con el más puro odio y rabia “Adiós le digo a la vida que me dio mi castigo”.

Caí hacia el suelo de la calle mojada, reventando mi cuerpo con en el asfalto.

Cuentan que Dios castigo a los dos amados, cuentan que las desgracias vividas en aquella noche, fueron el castigo que vivieron por no saber amar de verdad, por amar y no amar, por saber de su cariño y acabar perdidos en el engaño.

Cuentan que nunca podrán rectificar su error, que vagarán por los desiertos de la melancolía, que después de muertos, sus almas serán errantes arrepentidas de los errores del pasado. Serán castigadas hasta el fin de los tiempos, hasta que el mundo deje de ser mundo, hasta que la vida deje de ser vida.

Dicen que las estrellas del firmamento lloraban aquella noche, las nubes y el viento eterno lamentaban aquellos sucesos, y que los sufrimientos de la leyenda de los dos trágicos enamorados, servirán de ejemplo para los jóvenes insensatos, para que no caigan en su mismo error.

Desde ese día, la gente comenzó a hablar de dos almas atormentadas, una pareja de enamorados que vaga por el edificio en el que ocurrió la desgracia. Van de la mano, caminando, sin envejecer un solo día. Dicen que se suele ver, en las noches de lluvia y tormenta, como un hombre y una mujer ensangrentados recorren los alrededores, para luego desaparecer lo que un día fue su hogar.

Dicen que sus almas no descansarán jamás, que no podrán avanzar hacia el más allá, y que su castigo por no saber amar es el exilio de su amor, y la tortura de la lejanía de poseer un cuerpo, con el que poder tener una segunda oportunidad.

Manchada de sangre es esta historia, pero así es como sucedió, y así es como te la he relatado. Los errores de nuestro pasado, el mal que hacemos en vida, siempre vuelve a nosotros. El amor y el desamor, no son más que sentimientos puros, pero está en nuestro poder saber aprovechar lo que nuestro destino nos ofrece.

Ahora tú. ¿Sabrás saber amar?

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Escrito por Desstri el 14/03/16

Atravesando los siete mares X


Entrada de Gabrielle: día 23 de Octubre de 1.665

Dios mio, si es que a veces me dan ganas de matarlo, ayer me interrumpió en plena clase y me hizo salir, como si fuera el fin del mundo y tuviéramos que preparar nuestra defensa en el juicio final. Pero todo lo que quería era preparar los detalles de una fiesta fuera de la ciudad, en Sices nada menos. Apenas fui capaz de disimular lo enfadada que estaba, aun así me lo tuve que tragar, mi enfado no era algo productivo, después de todo es su familia la que paga mis estudios y da trabajo a buena parte de la mía.

Fue agotador, pero tras que todo saliera como él quería parece que se interesó de sobremanera por una muchacha, Alnertine du Sices, espero que no se repita lo de Elise, de momento no se está proligando tanto en regalos con ella.

Entrada de Gabrielle: día 11 de Noviembre de 1.665

Es curioso como puede ser, ya no estoy tan enfadada por lo del otro día, lord Charles, extrañamente inseguro sobre su cita, me propuso que hicieramos un ensayo de su cena. Pensaba que iba a ser un tedio, pero conforme llegaba la tarde, me trajeron un vestido delicioso, joyas y perfumes magníficos, mejores que cualquier cosa que haya tenido nunca. Las otras doncellas se fascinaron también, emocionadas, me dijeron que debía estar completamente esplendida, compartimos risitas y comentarios cómplices ante la generosidad de nuestro señor para el ensayo, me ayudaron a maquillarme y peinaron mi cabello, con tanto mimo como si fuera para ellas mismas. Cuando terminaron, al mirarme al espejo pensé que podría hacer sombra a la más noble dama.

De noche, hubo velas, música y no escatimó en descorchar un vino reserva especial de los que usa para impresionar a las visitas. No era frecuente que Lord Charles se parase a charlar conmigo sin que fuera para trazar alguno de sus disparatados planes, pero hoy así lo hizo. Es curiosa su capacidad de volver interesantes hasta los temas más pequeños o como me miraba con esa sonrisilla, que no lograba resolver si era por estar encantado o si le hacía gracia verme así vestida. Aún noto un cosquilleo en el estómago cuando recuerdo su mirada, y su sonrisa.

Pensaba que, con lo libertino que es, sin duda intentaría ir a más, la idea me puso nerviosa por ser quien era, pero se me antojó placentero imaginarme rechazándolo cuando lo intentase, mi honestidad es más valiosa que ningún trabajo. Me imaginé por un instante ser más poderosa que mi lord al decir no.

Me llevó a la puerta de mis estancias, me besó la mano y me dijo que no se me ocurriera desprenderme del vestido y las joyas, pues me quedaban demasiado bien. Me lo dijo con la misma sonrisilla, que me hacía dudar de todo. No me dió tiempo a articular una respuesta, se retiró a sus estancias, cerré la puerta al entrar en mi cuarto y me apoyé en ella, aliviada y a la par decepcionada de terminar.

Ahora, leyéndome, recordándolo, me pregunto si de verdad no hubiera sucumbido a una proposición de amor.

Entrada de Charles Día 3 de Enero de 1.666

Tras tres largos meses mi trabajo ha dado sus frutos: seducir a Alnertine, lograr que me lleve a escondidas a su casa, a su cama. Aprovechar para espiar las actividades de sus padres, en sus despachos, sus cartas, así hasta dar con algo comprometedor y voila, me hice con un libro, un libro extraño, parece tener una especie de código o quizás estar escrito en una lengua extraña.

Le pedí ayuda a mi tío, el experto en lingüistica, confiando en su discreción y habilidad en la materia.

No me equivoqué, tardó unas semanas en descifrarlo, pero al parecer era un diario que después pasó a ser usado como un registro. Habían encontrado un lugar extraño, unas ruinas de los Syrneth la cual en secreto explotaron y encontraron un artefacto poderoso. Desde entonces, el padre de Alnertine ha reunido un grupo secreto, una especie de secta que quiere ganar poder utilizando el macabro artefacto para desestabilizar el gobierno.

Pero c'est fini, tras informar a mi Lord Gerald él montó una redada y han apresado a casi todo el grupo, acusados de traición.

Confío en que esto también manchará la reputación de Guilles, al fin un primer golpe a ese bastardo, no lo bastante fuerte para mi gusto, pero hay que empezar por algo.

Me da un poco de pena por la chica, no tenía nada que ver, pero se ha quedado sin hacienda ni prestigio debido a los actos de su padre, creo que la han acogido familiares lejanos, pero ya no podrá ni salir de casa por el bochorno y la vergüenza. Por suerte no sabe de mi participación en todo esto, así que aún podría volver a acostarme con ella.

Gabrielle ha hecho un buen papel en todo esto. La he tenido bajo mucha presión al principio, pero creo que mi obsequio de cenar con ella, con la excusa de ensayar otra cena le ha sentado bien. Incluso descubrí que ya le habían salido curvas en estos últimos años y era capaz de llenar bien el escote de un vestido, algo difícil de descubrir con tanto casto uniforme como suele usar.


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Eduardo Tapia Quesada ©

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