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Será mostrado si existe



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Escrito por Carmen el 08/07/15

Ahí estaba el mar


Ante su mirada se levantaba una gran masa de agua salada. Un mar en calma.

Se acercó despacio, sin dejar de mirarlo, no podía dejar de reírse mientras las lágrimas resbalaban por su rostro de niño, lágrimas saladas, agua de mar.

Era eso, eso que todas las noches, al calor de una fogata, le contaba su padre entre vinos, risas y añoranzas. Muchas noches de lágrimas.

Leo se sentó en la arena, se quitó las Adidas gastadas por el largo camino y con los pies descalzos, se adentró en el mar. Las tenues olas cosquilleaban las plantas de sus pies y Leo reía, reía, reía y exhausto se zambullía en las nítidas aguas.

Agotado, se dejó caer sobre la arena, sus manos acaparaban esos minúsculos granos que se le escapaban entre los dedos.

- Como el tiempo. Pensó Leo.

Era la primera vez que veía el mar.

Hasta este momento solo había sido un sueño mezclado con la realidad de su padre, de su memoria.

Todas las noches sentados alrededor del fuego, Leo le pedía a su padre que le hablase del mar y éste no podía esconder su sonrisa al recordarlo, mientras una ráfaga de tristeza se balanceaba en su mirada.

- Hijo mío, el mar es libertad, plenitud de vida. Hay días en los que reina la calma y es hermoso. Otros en los que embravecido ruge contra las rocas, y es hermoso. A veces lo inundan rayos y truenos y sigue siendo hermoso. Sí, también hay naufragios, hay huracanes, tornados que se llevan todo lo que encuentran a su paso… incluso así es hermoso.

Debes resistir las tempestades del mar, después vendrá la calma y las olas devolverán a la orilla lo que al mar no le sirve. Son ciclos de la vida.

- Yo quiero ir al mar, papá.

- En ti radica la fuerza, hijo mío, tú tienes la voluntad de convertir tus sueños en realidades. Lucha, lucha, lucha hijo mío.

Tumbado en la arena, Leo, somnoliento y con los ojos cegados por el sol, recordaba a su padre, era su héroe.

- Papá, lo he conseguido. He llegado al mar.

Atrás quedaron los miedos de quedarse solo y perdido en el mundo, tras la muerte de su padre. Atrás quedo también el dejarse llevar, atrás los ruídos, atrás las miradas miopes, atrás los llantos compungidos, atrás los mea culpa seguidos de victimismos, atrás la ausencia de ganas…

Allá, a lo lejos, se perdía el horizonte en el infinito, uniéndose con el cielo.

Una gaviota volaba alto, sobrevolándose a sí misma.

Leo se levantó feliz, se puso sus deportivas Adidas y empezó a andar erguido, sin titubeos, enfrentándose a sus miedos.

Sobre la arena quedó el verso escrito de un hombre de medio siglo de edad:

CERCA TROVA


Libro de Visitas

Carmen Pérez ©

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Escrito por M0cha el 12/07/15

Pudimos ser Héroes


En el año 2028 se descubrió por primera vez el así nombrado ‘Gen S’, se trata de un cromosoma extra en nuestra estructura, nadie sabía para qué servía o si tenía utilidad alguna pero la incertidumbre tan sólo duró un par de años, ya que el primer infante que se identificó con él destruyó con tan sólo un eructo una de las paredes de la estancia infantil en donde se encontraba. Si la falta de un cromosoma te dificultaba un poco la vida diaria el tener uno de más tenía un resultado más inestable. Cuando los científicos no pudieron concebir una manera de explicarle al público lo que sucedía la prensa tomó la batuta sin preguntarles siquiera, y así la época de los superhéroes comenzó.

Aunque uno de los sueños más infantiles se había cumplido lo cierto es que no todos tendrían la misma oportunidad, ya que el gen sólo aparece en una de cada mil personas y aunque ese número dé alguna especie de esperanza para quienes siempre quisieron usar mayas ajustadas y pelear contra el mal, la variabilidad entraba y aplastaba dicho sueño. Disminuyendo todavía más los números, digamos que una persona con el gen S entra en una habitación con otras cuarenta y nueve más con quienes lo comparten. Sólo que dos de ellas pueden controlar el fuego y el metal, respectivamente, mientras que otra puede desprender su cabeza sin morir y volvérsela a poner, una segunda puede adivinar qué comieron todos en el desayuno; y nada más, la tercera puede crear dos litros de espuma jabonosa literalmente de la nada pero debe esperar otras veinticuatro horas para volver a hacerlo… Bueno, podría continuar con los otros cuarenta y cinco pero creo que el mensaje está claro. El tener súper habilidades no necesariamente las hacía útiles en ámbitos más, llamémosles, generales.

Yo soy parte de la segunda generación luego del descubrimiento del gen, cada vez más se disminuían las posibilidades de nacer con él pero este “acto de dios” pareció bendecirme con una habilidad un poco fuera de lo común — una descripción que ya no es válida en estas circunstancias. Era capaz de utilizar una especie de aura que proyectaba a objetos a cierta distancia, permitiéndome controlarlos a mi antojo. Mis padres no podían creer cuando una noche mi dinosaurio de felpa “voló” hasta mi cuna sin una razón aparente. Tan pronto como el pediatra me diagnóstico, el gobierno metió su mano, y fueron muy insistentes. Al terminar con la escuela primaria iría a una instalación especial donde me enseñarían a cómo utilizar mis dones para el bien. La moralidad variaba pero el objetivo era ése.

Fue un día de campo cuando los teóricos desprestigiados y las más locas personas fueron notariadas con la tarea de aplicar sus “conocimientos” en nosotros. Ya saben, la clase de personas que suelen defenderse con un: “¡Y decían que yo estaba loco!” (Es sorprendente cuántas veces puedes escuchar eso en el transcurso de un lustro.) Además, ¿dónde podrías encontrar a alguien que le explicara a un lector de mentes cómo hacerlo sin causarle una embolia a su blanco?

Un gurú, un físico, y una jubilada que hacía costosos experimentos con luz sólida me taladraron en la mente que la energía que emanaba era controlada por mí, y nadie más, y que cualquier peso u obstáculo no podrían ponerse en mi camino. Pero la lección más importante vino de Evan, mi único amigo en el liceo. Él podía moverse a una alta velocidad; 302 m/s es la marca más alta que logró en los escáneres de la escuela, y me mostró que la creatividad era una parte vital del proceso y que estos genios olvidaron decírnoslo a todos. Personalmente, no puedo creer que Pathik no me inculcara ese detalle — y si pensaste que hablaba del gurú cuando en realidad me refiero al físico, entonces eres un racista.

— Estos genios, políticos, ¡todos pensando que pueden manipular lo que desconocen!

Culpé a mi incapacidad de ver la pista a la onceaba cerveza que él tomó y el habernos subido a la torre más alta del lugar, pero en aquel entonces sólo pude pensar en cómo estaba tres cervezas atrás y que tenía que compensar eso.

Con su ayuda pude ser capaz de crear una “armadura” a mi alrededor y de mantenerla durante un tiempo considerable, él se volvió capaz de atravesar objetos vibrando a altas velocidades. Las bromas al respecto no se hicieron esperar. Esto se logró justo a tiempo para nuestras primeras asignaciones, las cuales eran lidiar junto con otros situaciones que súper humanos ajenos “al bien” ocasionaron. Situaciones de rehenes, robos a larga escala, negociaciones desiguales, todo ello se trató de lograr con la menor discreción — las noticias de cómo estalló la Torre Eiffel nos estresaron por un tiempo considerable. No siempre salía todo de acuerdo al plan pero generalmente se cumplía el trabajo, al menos hasta que supimos que no habría reloj de oro luego de jubilarnos. Y que jubilación significaba otra cosa.

Éramos fantasmas, si bien había un número de gente con habilidades incomparables el relacionarlas con el gobierno no estaba bien visto por el público. Sigo diciendo que eso último es una completa estupidez, pero, ¡hey, contribuyentes! Así que al saber más de nosotros que nosotros mismos fue relativamente sencillo para ellos tratar de deshacerse del equipo. Todo terminó en un edificio derribado, tres amigos muertos, la pierna izquierda de Evan siendo cercenada, y un incómodo viaje a un país cuyo nombre sigo sin poder pronunciar.

Parecía ser el final de nuestras aventuras pero una mañana al ver cómo el gobierno declaraba que “decidió finalmente formar un equipo de élite con superhéroes como miembros.” Pude sentir cómo una fuerte ráfaga de viento atravesó la sala de nuestra casa, luego vi la marca de un solo pie y no supe si reírme o preocuparme.

Por cierto, hice ambas. Sé que él hubiera hecho lo mismo.

Aprendí con el tiempo a rastrear la energía cinética de una sola persona pero tardaría horas antes de llegar a la clínica de bio-partes (costosas) con una puerta deslizante que ya no funcionaba. Les dije era un oficial del gobierno (no estaba mintiendo) y que buscaba a un sospechoso que trataba de reemplazar su pierna, ellos me dijeron que robaron su modelo más resistente y que cuando se negaron la primera vez a ponérselo mató a la cajera.

La búsqueda me obligó a robarme un bote y perseguirlo hasta nuestra ciudad de origen. Allí, en su hogar vacío, lo encontré ponderando sobre una fotografía. El “estás bien” fue recibido con poca animosidad.

— ¿Sabías que cuando descubrí lo que podía hacer… maté por error a mi perro? — comenzó a explicarme desde el sillón y mientras no se separaba de la foto (y no, no sabía cómo descubrieron sus poderes) —. Estábamos corriendo en la sala y él se puso enfrente mío. Mis padres me dijeron que en un segundo había chocado con el sofá y estaba cubierto de sangre cuando eso pasó. No les importó en absoluto lo que había hecho, sólo estaba en sus mentes que ahora era “especial.”

— Mataste a alguien por esa pierna — no había por qué suavizarlo, sólo lidiaba con él de esa manera —. ¿Eso te importó a ti?

— Matamos a muchos. ¿Nos importó alguna vez?

— Siendo justos, ellos también trataron de matarnos.

— Siendo así… sí, es diferente. Supongo que sí me importó un poco más a cuando matamos para el gobierno.

— No lo digas así. ¿Qué dirían tus padres?

— No lo sé. Supongo que deberíamos preguntarles, aunque dos tumbas no pueden hablar mucho.

— Vamos, no puedes decirlo en serio.

— Esta es la foto de alguien más. Mi apellido ya no se encuentra en el directorio de esta ciudad.

— ¿Eso no significaría que están en otro esta-

La conversación no llegaría a nada, y así me fue demostrado cuando me embistió a toda velocidad, enviándome a través de la cocina y afuera sobre el frío pavimento. Sobreviví gracias a mi armadura, la cual de alguna manera hacía que mi viscoso y suave interior permaneciera intacto a pesar de esta clase de impactos. La razón no se sabía y yo honestamente jamás pregunté. Cuando me incorporé, después de unos muy justificados gruñidos, él ya se había ido.

Luego del incidente lo busqué incesantemente pero su habilidad hacía muy difícil para mí la tarea de localizarle, por ello tardé semanas en volver a saber de él. Al parecer había dificultades en un lugar muy familiar y un borrón era el responsable. El qué sucedería me lo dio uno de sus viejos maestros; él único que sobrevivió a los ataques relacionados a los empleados de la escuela que trabajaron con nosotros. Para no aburrir sólo diré que fue un terrible, terrible error enseñarnos bases de física nuclear.

El dispositivo, por mera justicia poética, estaba ubicado en la instalación en la que pasamos nuestra adolescencia. Habría de suponerse que no existiría manera alguna de que el lugar donde los héroes se fabricaban fuera a ser tomado tan fácilmente por sólo una persona. El problema con esa lógica era que esta persona estaba increíblemente molesta y era más veloz de lo normal. Rumores merodearon en el tiempo en el que tardé en llegar sobre cómo un villano por sí solo continuaba matando a los héroes en formación y a quienes eran ya unos veteranos. Cuando llegué y atravesé el cerco policiaco, pude verificar que era verdad. Había marcas de batalla, explosiones, hielo derritiéndose, cortes masivos por todo el lugar, y cuerpos por todas partes pero no había señales de Evan en ninguna lado o al menos fue así hasta que encontré el enorme “HUEVO DE LA MUERTE” con un temporizador que contaba de cinco minutos para atrás y que estaba encima de la fuente de agua del lugar.

— ¿Te gusta el nombre? — demonios, hasta su introducción parecía villanezca —. Recuerdo que así le dijiste a la bomba del Dr. Megalodón en Costa de Marfil.

— No es justo, así planeaba llamarle a mi banda. Tú habrías sido el bajo.

— Yo toco batería, ni idea de cómo tocar un bajo.

— Ya habíamos dicho que le dejaríamos el lugar a Alejandra.

— Pero ella ya no puede tocar, ¿o sí?

— Ella grabó sus pistas. Aún las tengo en mi iPod.

— No, no es lo mismo…

Imaginaba el cliché de pelear con tu mejor amigo con una introducción un poco más épica, pero eso tuvo que bastar ya que él no tardó un segundo más en atacarme. La armadura bastó para que no me matara de inmediato, como a los demás, pero no significaba que él no podía continuar intentándolo. Las murallas de energía que colocaba en su camino eran evadidas con relativa sencillez y los objetos que le lanzaba no parecían detenerlo, así que tuve que ingeniármelas para deshabilitar la pierna artificial pero eso era más fácil de imaginar que hacer.

Usando los restos de alguien que tenía la piel como de roca pude moverlos en el punto exacto y a la velocidad exacta para finalmente destrozarle el miembro artificial y hacer que cayera estrepitosamente enfrente de la fuente. Quedaba un solo minuto en el marcador y no tenía un momento más que perder, debía descubrir cómo desactivar el dispositivo y salvar el día.

Mi error fue confiar en que el golpe que recibió bastaría para noquearlo el tiempo que yo necesitara. Estando a un paso del tablero de control escuché al viento silbar y al mismo tiempo sentí una pequeña brisa soplando mi cabello, luego vi a mi querido amigo Evan frente a mí, sangrando por todas partes, pero me di cuenta de que sólo una parte de esa sangre le pertenecía a él. Su brazo atravesó mi pecho. No sentí nada, ni siquiera los movimientos que él hacía mientras me mantenía en el sitio. De alguna forma logré reunir las fuerzas suficientes para levantar mis brazos, canalizar mi energía en él, para ultimadamente, y con un solo movimiento, romperle el cuello.

Él cayó nuevamente, retirando el brazo de mi persona, pero esta vez para bien. Me puse de rodillas y escupí sangre mientras asimilaba que moriría gracias al enorme hoyo en mi esternón. El que estuviera consciente de los últimos segundos del reloj sólo agregaba insulta a la herida. Volteé a ver el lánguido cuerpo de mi amigo una última vez. Y quisiera decir que se veía tranquilo, pero no era así, el bastardo tenía una sonrisa socarrona plasmada en su cara. Sólo reí mientras me dejaba caer a su lado.

Ahora quisiera ver al gobierno ocultando lo ocurrido. Bueno, si es que la onda explosiva no llegaba hasta donde estuvieran escondidos.

Maldición, Evan, ¿no pensaste en eso…?


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Joaquín Albarado ©

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Escrito por M0cha el 16/07/15

Teoría sin Análisis


El gen S, el fenómeno, el milagro, la oportunidad de todos y a la vez de sólo unos cuantos. Es difícil catalogarlo como todo lo anterior mencionado, ya que la palabra que más escuché de labios de la mayoría siempre se traducía como: injusto. Era injusto que los súper poderes “útiles” fueran escasos mientras que más de dos docenas dentro del promedio se quedaban con las “sobras.” En verdad esperaba estar entre la categoría ganadora, buscaba volar, lanzar fuego por los ojos, crecer diez veces mi tamaño, ¡o las tres cosas a la vez! Mi habilidad fue analizada con detenimiento pues no sabían en qué lado colocarme. Parecía obvio en retrospectiva pero eso sólo era debido a que veían mi talento desde un punto de vista socialmente interesante y no como uno práctico.

Puedo ser capaz de tomar cualquier código y cualquier señal electrónica y simplificarlos de una manera que sea entendible.

Es decir, si el enemigo (no importa el lado) tratase de enviar un mensaje codificado a uno de sus aliados, con tan sólo escuchar los cortes de la señal eléctrica o de observar las aparentemente incoherentes palabras en orden aleatorio puedo traducir todo ello a una frase u oración. Inmediatamente me volví un instrumento de suma importancia para el gobierno pues mi margen de error es de cero. Sí, soy incapaz de cometer un error cuando se trata de mi habilidad. No necesité entrenamiento alguno ni asesoría de ninguna clase, sólo me dieron un gafete, un número de cuenta, me asignaron a un equipo, y nos pusieron en marcha.

Es bastante curioso cómo a pesar de tener completo control sobre las comunicaciones y la inteligencia aún eres relativamente inútil cuando se trata de lidiar con supervillanos. Generalmente interceptaban los mensajes, las llamadas, los correos de quienes nos enfrentábamos, les decía lo que significaban en verdad — lo cual no era mucho —, y los demás iban a aprehenderlos. Evan, Héctor, Alejandra, Aurel, y Sunan hacían una redada en el edificio mientras yo me quedaba con el resto de los humanos en un lugar cercano pero seguro. Sólo tenía un arma de fuego en caso de que las cosas se pusieran feas, practicaba con ella constantemente en el campo de tiro pero únicamente llegué a utilizarla en una ocasión; cuando en plena fuga uno de los supervillanos se estrelló por accidente en la casa abandonada donde colocamos el equipo de vigilancia. Había escombros por todas partes, el generador estaba dañado, y sólo veía a través de los parpadeos que hacía un cable de electricidad que nosotros habíamos traído. Apuntaba a la oscuridad mientras gritaba las voces de los demás.

— A-A-A… Ayu-Ayuda…

El gemido provenía de debajo de restos muy grandes de ladrillos, era el técnico principal, la persona que más agradaba de los tres que nos quedamos en la casa. Traté como nunca de quitarle cada ladrillo que lo aprisionaba, pero sólo pude ir tan rápido y su voz se desvanecía cada vez más. Le dije que él estaría bien.

— De-De-Descuida… Haces, haces lo-lo-lo-lo mejor que-e puedes— respondió.

Traduje inconscientemente sus palabras de estímulo en: “¡Sácame de aquí! ¡No quiero morir!” Jamás les dije que también podía descifrar el lenguaje corporal y hablado. Sabía cuándo alguien era descortés o abiertamente insultante, hiriente o simplemente mentiroso. Omití eso de mi currículo como un seguro; ¿quién no quisiera saber cuándo el gobierno le está mintiendo entre dientes? Mi entrenamiento no cubría la rapidez necesaria para quitar una montaña de ladrillos de encima de una persona, así que no tardé mucho en desesperarme cuando veía que Michael dejaba de moverse. Su último “Uff…” se puede traducir de una forma rudimentaria a un doloroso “Inútil.” Continué por otros minutos hasta que dejé que la ira y el llanto me detuvieron, parecía que esta combinación, además de aderezar al peor día de mi carrera, atrajo la atención de la persona que ocasionó la caída: Albert Polanski, “Fireball.” Le disparé cuatro veces tan pronto entró en mi línea de visión, aunque dos de esos tiros le dieron estos no surtieron efecto. No era muy inteligente usar el plomo con alguien que lo derretía con tan sólo tocarlo. Vacié mi cargador en él, pero seguía moviéndose en mi dirección, murmurando:

— Dime… — parecía estar lastimado —. Tú… ¿Tú estás con esos zopencos?

No le contesté, ni siquiera para decirle que se alejara. No por un acto de valentía, estaba aterrada de decirle algo así que dejé que mi arma continuara hablando en mi lugar. Albert siguió ignorando los disparos, incluso si uno de ellos había chocado con su frente, y yo retrocedí esperando que no hubiera una pared detrás de mí, por suerte había un agujero que daba a la calle, lo suficientemente grande como para correr. Al dejar el edificio evité que una explosión me envolviera, grité los nombres de los demás con la esperanza de que Albert escapase por una razón más que válida.

Por un momento pensé que en verdad era la última que quedó, al menos hasta que el viento silbó cerca de mi cabello y supe que todo estaría bien. Al voltear vi cómo Evan corrió hasta donde estaba él, sostenía un bastón hecho de hielo (cortesía de Héctor) y con él rebanó el brazo con el que Albert había estado apuntando en mi dirección, y mientras éste estaba gritando de dolor una de las paredes del edificio le cayó incidentalmente encima, sofocando la llama que solía ser él. Por supuesto, Aurel tenía que rematar con alguna línea oportuna:

— Espero que no te haya molestado un poco de calentamiento mientras llegábamos.

Bufé humorosamente, recuperaba el aliento y me limpiaba el sudor frío mientras a la vez confirmé el “¿estás bien?” que trató de decirme. Adorable imbécil arrogante. ¿Esa es una buena descripción? No soy tan impertinente como él, yo aún disfrutaba lo que hacíamos, cada día era una aventura y cada día aprendía algo nuevo. Aunque eso último no siempre fue algo necesariamente bueno. Veíamos lados oscuros de la política y la sociedad, cada discurso de ayuda a los necesitados se volvía en una campaña de reelección, el ‘estaré en el trabajo’ se tornaba en “iré con mi otra esposa” — y por supuesto que tengo ejemplos más escabrosos pero no me siento cómoda diciéndolos.

La última vez que pude ver a todos fue luego de una misión particularmente peligrosa, debíamos detener [extraoficialmente] en un país extranjero una red de crimen organizado, y cuando nos dicen detener significa destrozar. No, ese no era mi habilidad traduciéndolo, eran palabras tácitas y directas… dichas con indirectas.

Los miembros de dicha organización estaban conformados por más súper humanos que humanos corrientes así que era evidente que esta misión no sería una sencilla. Pasamos dos días en los que ideamos un plan que aparentemente nos daría una ventaja que acabaría con todo en unos cuantos minutos, pero ya todos sabemos lo que pasa cuando planeas algo con detalle: algo saldrá mal. Un percance con una botella rota puso en riesgo la operación, Evan se vio obligado a eliminar con rapidez a todos los blancos que pudo en el exterior pero olvidó uno en la azotea; el que puso a todos adentro en alerta.

Tardamos una hora más de lo esperado, una hora en la que Evan recibió una gravísima herida en una de sus piernas, una hora en la que Sunan estalló en llamas para acabar con el jefe del lugar, una hora en la que las autoridades locales lograron colocarle una bala en el corazón a Héctor, y una hora en la que a duras penas logramos llegar a la casa de seguridad.

— ¿Cómo está? — pregunté a un exasperado Aurel que sostenía en el aire a Evan, con las pocas energías que tenía, tratando de no moverlo más de la cuenta.

— Estará bien — dijo mientras lo ponía en la mesa —, si puede gimotear así supongo que estará bien.

Él estaba preocupado.

Alejandra entró después, tenía un desgarre en el hombro y no paraba de sangrar por él. Su factor regenerativo parecía dificultarle las heridas que involucraban ácido.

— Descuida, no es nada — me dijo. El “ya no importará en unos minutos” me hizo suponer que sanar le tomaría más tiempo del habitual.

Llamé por radio sobre lo ocurrido y nuestra situación — ya que yo era lo más cercano que había a un apoyo —, ellos me dijeron que llegarían en un par de minutos, y así fue. Un pequeño equipo de siete personas llegó en poco tiempo, el paramédico revisó a Evan y a Camila en busca de cualquier herida, aunque el chequeo de ella sólo era por rutina quien en verdad necesitaba ser intervenido era quien estaba en la mesa desangrándose lentamente. Le dio un anticoagulante a Evan y una chupeta, pero Aurel fue quien se quedó con esa.

— Descuiden, estarán bien — mencionó el paramédico —. Pronto estarán a sal-

Quien interrumpió esta vez fui yo. Le disparé al médico en la cara ante mis amigos, que claramente estaban sorprendidos, y ante un grupo de personas, que no tardaron en apuntar sus armas a todos nosotros.

— ¡CÚBRANSE! — exclamé mientras sacaba provecho de mis prácticas de tiro. No era la mejor, pero pude posicionar dos balas más en el cuerpo de otro de estos pseudosoldados y continuar con esa racha, todo mientras Aurel colocaba un muro entre ambos grupos.

Mis balas salían pero las de ellos no. Caían de uno por uno, pero la euforia del momento no se comparaba con las ganas de salir de allí con vida, un sentimiento que me hicieron olvidar de un detalle importante: sólo había dos personas de fiar de este lado. Tan pronto como iba a tratar de corregir eso me encontré con el frío y redondo acero de un sai que atravesó mi estómago. El dolor fue indescriptible, la sangre no tardó en hacerse presente mientras trataba de moverme. Ni siquiera pude sostener mi arma por más tiempo.

— Te dije que no importaría más — Alejandra me murmuró. Yo sólo me limité a escupir más sangre y a ver por el rabillo del ojo cómo una nube de color naranja envolvía su cuello para después escuchar un ruidoso crack.

En el suelo, aún con el arma ninja en mi estómago, intenté decirle a ambos que huyeran de allí pero Evan apareció frente a mí y trató de detener la sangre. Escuché gritos hechos por voces que no reconocía y entre ellos pude distinguir la palabra ‘bomba,’ Aurel pareció notarlo también y por ello intentó apresurar a su estúpido novio para que abandonaran el lugar. Por supuesto que el velocista no quiso hacerlo hasta que el otro lo noqueó de un golpe.

— Lo lamento mucho — fue lo último que escuché antes de ver a la pared acercándose hacia donde estaba. Al menos espero que la otra vida sea más complicada de descifrar.


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