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Escrito por M0cha el 15/06/15

Ser


Violeta

— ¿De verdad tengo que esperarte aquí?

— Sólo iré a tomar los boletos y no creo que quieras hacer fila conmigo, ¿o sí?

— Supongo que tienes razón…

— Ahora, sé buena niña y espérame aquí. Y por favor, bajo ninguna circunstancia no te vayas a mover.

Violeta no encontró la manera de forzar su ceño en desapruebo de la petición de su madre, ya que ésta tenía la razón. Fingió que estaba molesta y se sentó en uno de las decenas de lugares de plástico que había, cruzando los brazos y cerrando los ojos en señal de aparente desdén. La madre tan sólo suspiró alegremente, le palpó la cabeza a su hija ligeramente, y procedió a tomar un lugar en la fila.

Luego de un minuto Violeta abrió los ojos para ver la espalda de su madre bloqueada por otras cuatro que esperaban también. El aeropuerto no estaba tan concurrido como de costumbre pero aun así la pequeña sentía que todos los demás la asfixiaban. ‘Demasiados adultos’ pensó, y no estaba segura de si en algo cambiaría su queja si es que todos compartieran su edad.

En su aburrimiento (luego de tres minutos de espera), vio el equipaje que llevaban. Las etiquetas eran de lugares que ella no podía pronunciar, aunque quizás eso se debía a que todavía no sabía leer muy bien. Su madre era quien había estado en todas esas partes, y si ella quería representar el número de forma precisa debía contar cada etiqueta, luego tratar cada dedo como un número, y abrir y cerrar ambas manos tres veces para volver a empezar. Ya había hecho esto antes así que ahora se esforzó en pronunciar correctamente cada uno de los nombres. Su mamá ya le había dicho con extrema paciencia cada uno de ellos y le mocionaba a ella para que los dijera de igual manera, aunque eso resultaba con diferentes pronunciaciones. Por ejemplo, Nicaragua se volvía “Migagua”, Luxemburgo ahora era “Lucenbugo”, Kazajistán debía ser renombrado “Cazastán”, y un gran etcétera. Se enorgullecía de que ahora podía decir las erres, y podía diferenciarlas de las eles, claro, con un poco de dificultad. Mencionaba nombres torpemente pero no se rendía hasta decir uno y tratar de hacerlo concordar con el que su mamá alguna vez le mencionó.

Nadie osaría decirle que “Bírbinam” no existía. Al menos no ahora.

Mientras estaba asimilando que no existía manera en la que podría mencionar Liechtenstein, una enorme persona obstruyó su visión entre ella y la preciada maleta de su madre. Mientras los enormes ojos cafés de Violeta tardaban en parpadear, la persona ya había pedido perdón y tomó el asiento junto a ella. Cuando se sentó, la pequeña pudo jurar que todo el peso del lugar se estabilizó luego de una pequeña “estirada”.

En el momento del estirón, Violeta ladeó la cabeza y de inmediato cuando volvió a la posición inicial ella volteó para ver qué fue lo que sucedió. Allí se encontró con un hombre envuelto en un traje de buzo y que ocupaba los tres asientos adjuntos. Está de más decir que la pequeña perdió su interés en las calcomanías que trataba de pronunciar y ahora su atención estaba fijada en el peculiar personaje que estaba junto a ella. El farfullo de todas las personas en la terminal demostraba que ninguna de ellas percibió lo sucedido e ignoraban la presencia del gigante que jugueteaba con sus enormes dedos.

Violeta no se había dado cuenta de la perfecta o que su boca estaba formando ahora mismo, no tenía miedo sólo estaba sorprendida por la enormidad de una de las personas con quien compartía la fila de asiento. Pasaron un par de minutos entre incómodos movimientos de cabeza hasta que el buzo se dio cuenta de que la pequeña de cabellos rizados a su derecha tenía la vista fija en él. Sin saber cómo lidiar con la pequeña, decidió decir lo primero que le vino a la mente.

— Eh… erm… ¿esperas a alguien, pequeña?

— Sí, a mi mamá — ella respondió casi de inmediato, sus ojos aún tratando de explicarle a su mente que en verdad existía alguien más grande que su rechoncho abuelo.

— Qué bien… qué bien — pequeñas pláticas no eran su fuerte pero supuso que una niña no era tan atemorizante —. ¿Llevas mu-mucho esperándola?

— Muchísimo…

La voz parecía genuinamente triste, a pesar de que Violeta la estaba fingiendo, aunque lo hizo demasiado bien ya que el buzo estaba a punto de levantarse y llevarla con el guardia de la puerta, al menos hasta que una voz proveniente de la fila de antes les llamó la atención a ambos.

— ¡Violeta! — era un saludo, uno amigable. La madre conocía muy bien las costumbres de su hija como para recordarle dónde estaba ella.

— ¡Hola, mamá! — la pequeña respondió entusiasmada.

Fue un alivio para el buzo de dos maneras, una porque no debía preocuparse por el paradero de la madre y la otra porque ahora tenían de qué hablar.

— Así que te llamas Violeta, ¿eh?

— Sí — respondió ella con una gran sonrisa —. Y tú, ¿cómo te llamas?

— Mi nombre es Plongeur, gusto en conocerte.

El saludo de mano fue torpe, cuando mucho, ya que, ¿cuándo fue a última vez que una diminuta mano tuvo que pedirle ayuda a la otra para poder sacudir el dedo anular de alguien mayor para hacer una introducción de nombres exitosa?

— Dígame, Sr Plongeur, si no es molestia, ¿usted también espera a alguien?

— A decir verdad, sí, estoy esperando a que me recojan y me lleven a casa.

— ¿Llegó volando?

— Eh… no exactamente.

Decidiendo que era mejor una representación visual, Plongeur apuntó usando su gigantesca mano en dirección a una de las puertas que estaban cercanas a la fila de donde estaba la mamá de Violeta. Allí estaba la silueta de un submarino de color gris asomándose por una de las enormes ventanas. Estaba de más decir que esto tomó desprevenida a Violeta, pero de una buena manera. Inmediatamente ella comenzó a darse cuenta de que el amable buzo a su izquierda no era el único ser fantástico que hubiera en la terminal, al ponerse de pie en su asiento y darle vueltas al lugar pudo ver a un pulpo con falso bigote y ropas de persona abriéndose paso a la salida, un par de sirenas dependientes de la motoneta eléctrica que conducían para ir de un lugar a otro, un pez globo que de alguna manera nadaba en el aire encontrándose con su familia que sostenía un letrero para él. Sin decir más, Violeta estaba emocionada.

La risilla del Sr Plongeur al verla animada le hizo olvidar las incomodidades que se presentaron en su introducción. Quiso continuar charlando pero el sonido de una corneta de aire que retumbó en toda la terminal le hizo saber que tenía que irse.

— Bueno, ya llegó mi transporte — le explicó en un tono semi triste —. Es hora de despedirnos.

La alegría de Violeta se disipó tan pronto escuchó esto. No quería que su más reciente e interesante amigo partiera aún. Parecía que estaba a punto de llorar, incluso si entendía que él debía irse. El atento buzo se dio cuenta de ello y pensó por una manera de suavizar su adiós, no tardó mucho en recordar la bolsa que llevaba consigo siempre, la abrió y buscó entre las cosas que allí llevaba, no pasó mucho antes de que sacara de allí un pequeño submarino amarillo, el cual se lo entregó a la pequeña.

— Toma, un obsequio. Para que me recuerdes.

Violeta lo tomó cuidadosamente entre sus diminutas manos. Quizá para el buzo tenía el tamaño de un llavero pero para ella era del tamaño de un auto de control remoto.

— Gracias — le respondió alegremente la niña, esbozando una sonrisa que enseñaba que le faltaban ambos dientes frontales.

Temeroso de su propia fuerza, el Sr Plongeur no osó alborotarle aún más los cabellos y se tuvo que conformar con otro agradecimiento.

— Bueno, ya debo irme. Saluda a tu madre de mi parte.

El gigante en traje de buzo se levantó y se despidió una vez más, después se dirigió a la salida, en donde un ancla se había enterrado en el piso y tan pronto como él llegó a ella se “subió” en uno de los bordes y haló de la cadena que la sostenía, tan pronto lo hizo el ancla empezó a elevarlo a un majestuoso barco de madera que estaba esperándole.

Mientras Violeta estaba impresionada por el navío que se alejaba por encima del techo de cristal del lugar, su madre le llamó la atención.

— Violeta, querida, por favor no te subas al asiento.

Tan pronto como escuchó la voz de su madre, la pequeña obedeció y se sentó nuevamente.

— ¿Ves, mami? Te dije que no me movería de aquí — le señaló orgullosa.

— Qué bien, hija, te felicito, pero, ¿de dónde sacaste eso?

— Oh, te refieres al juguete que me dio el Sr Plongeur.

— ¿Sr Plonyur?

— No, mamá. Se pronuncia Plongeur.

Durante todo el vuelo, Violeta explicó lo que pasó en los breves minutos que su mamá la dejó a cargo del equipaje, le dijo sobre el buzo gigante, las especies que llegaron al lugar, y el barco que fue el último vestigio de que tal cosa hubiera sucedido. Finalmente, ella logró convencer a es madre de quedarse con el submarino de juguete. Su madre no le diría que todo este tiempo estuvo conversando con un anciano que tenía el pecho de su saco cubierto de medallas.


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Joaquín Albarado ©

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Escrito por Koni el 22/06/15

Pertenezco a una cadena tan antigua como el propio conocimiento


-Mi labor no es sencilla. Soy muchas cosas juntas y a su vez una sola. Soy licuador de sueños, tejedor de metáforas; soy dios y creyente; destructor, héroe y mártir. Estoy hecho del platino más codiciado, convertido en eslabón de una cadena cuyo comienzo se encuentra en la iluminación y perdurará hasta el ocaso absoluto del astro rey.

Escribí versos que continuaron su camino a través de los parajes de la imaginación, poniendo en marcha un mecanismo tan antiguo como el conocimiento del hombre; eones de sabiduría enrollándose en cuerpos receptivos y penetrando por los confines de la piel, envenenando con dulces trazos el lienzo blanco y en serie que son las mentes corrientes.

>>Me temen reyes y caudillos, todos los poderosos, estén en la luz o en las sombras, por poseer el don más hermoso y afilado, capaz de cortar grilletes de acero. Miles de veces han intentado derribar mis cimientos de arena vieja, pero cada grano de arena que se pierde en el océano de la derrota lo guardo en una telaraña de estrellas, acercándome un poco más a la eternidad.

>>Sólo yo puedo convertirme en mis pesadillas y jugar con ellas en un teatro grotesco, reírme de ellas y esconderlas en el fondo de un baúl. He trascendido el ser humano gracias a las mil vidas vividas a través de la cadena.

>>Los verbos son mi credo, el camino que guían el horror y la hermosura. Ladrón de paisajes y mundos en escuetos atributos. Soy el observador que graba en la piedra de la memoria los movimientos del alma.

>>Veo el miedo en tus ojos tiernos. Veo un campo que quiere convertirse en bosque iluminado por infinidad de estrellas. Veo el anhelo de pintar el mundo con palabras. Sé que deseas ser vida para engendrar y ser muerte para hacer punto y final.

>>Dime ¿quieres que tu cristal sea el origen de todo? ¿Quieres pertenecer a una cadena tan antigua como el conocimiento?

La niña miró los luminosos ojos del hombre, reluciente de saber temporal. Virulentos remolinos de inquietud se agolparon en su estómago, dificultando su innata acción de querer servirse del aire. Observó el aura salpicada de gotas luminosas a tamaños dispares, todas en tonalidades desconocidas para ella, titilando una vida fría y solitaria sobre la cabeza del orador. Volvió a fijarse en los irises del sabio.

- Mi tarea no es menos dificultosa. Soy malabarista de ideas y lanzadora de retórica. He sido, soy y seré malhechora y villana al mismo tiempo que salvadora. Soy la Creadora absoluta de mundos imposibles en los que han construidos monolitos y templos en mi nombre que sacudo y destruyo a mi antojo y placer sin perder un ápice de su devoción. >>Soy el Diablo. Aquella a la que todos temen y desean. Estoy hecha del más puro platino, rellena de nubes incandescentes que lloran y gimotean reclamando su puesto en el trono del tiempo.

>>Trazo versos bajo el agua de manantiales, disolviendo todo cuanto soy, todo lo que he realizado en las huellas del destino, y esparzo con terrorífica velocidad la corrupción de mi sangre hecha tinta, por entre mentes acomodadas.

>>Líderes me codician para sus fines de manipulación e intentan seducirme con áureos ajuares y lunares ornamentos; ser la espada que parte el desconocimiento cuyo filo anhelan quebrar con rocas ancianas me convierten en la peor de los enemigos.

Pinto paisajes en yermos parajes envidiado por musas y deleito la mirada de grandes dialécticos con agrios discursos. En mi mano está el desatar tormentas y en mis ojos despertar en amantes el rencor más oscuro.

>>Yo me he alzado contra mis miedos y los he subyugado en la cabeza de un alfiler, convertida en pista de baile para elefantes. He destilado sueños en dulces caramelos y con ellos perpetuo en los brotes incipientes mis egoístas intenciones.

>>La vida y la muerte llenan mis dedos al tejer el tapiz de la sabiduría fugaz que llena mi alma y decora las bibliotecas de civilizaciones existentes en un vaho.

>>El desdén y la envidia me han pulverizado en la arena hilada del futuro. Mi fuerza y tristeza y lágrimas forman parte de todo lo que ves, un caleidoscopio de contradicciones girando en mis manos. Pertenezco a una cadena tan antigua como el propio conocimiento. La misma cadena de platino en la que tú danzas.

>>El miedo nada en mis ojos. Sin el miedo no hay cadena. No hay lienzo. No hay inmortalidad en billones de estrellas colgadas por hilos de plata.

El viejo enmarcó los ojos en un remolino de satisfacción. Alzó los dedos de la diestra y una explosión de centelleantes cristales impregnó a ambos contertulios, reflejando hasta la última gota de su presencia, espesándose y diluyendo cualquier rastro físico que se condensó en dos puntos brillantes en el aura de la eternidad.


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Koni Tangara Traoré ©

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Escrito por Desstri el 30/06/15

Atravesando los siete mares III


Entrada de Charles Día 25 de Octubre de 1.662

No esperaba que las clases en la universidad me exigieran tanto tiempo, apenas he tenido ocasión de escribir en el diario, pero no puedo decir que no sea gratificante, en este mes he conocido un montón de gente de mi nivel social. Lord Jacques de Duboise, El hijo pequeño de los Bisset y la dulce Lady Catalina Riché son buenos ejemplos. Aunque compartimos aula con simples burgueses y baja nobleza, está bien, supongo que las clases estarían muy vacías de otro modo y los viejos profesores se aburrirían mucho si no gozaran de tanto público.

Pero bueno, ahora es época de fiestas universitarias y la mía fue la mejor, fue la primera prueba de fuego para Gabrielle, debía de conseguirme a la compañía de la mascara dorada, una picante cuadrilla de actores muy de moda. También al grupo de música de la última fiesta del conde de Praisse. Fueron excelentes.

Parece que cumplió al traerlos. Aunque me encontré con que no les había explicado la función que debían interpretar y tuve que encargarme yo mismo de hablar con los actores.

Después tuve que disimular como pude, -es decir, muy bien- el retraso sufrido, tal como si fuera algo deseado para dar impaciencia. Así pues el resultado fue satisfactorio.

Jacques me felicitó por el espectáculo y se quedó un rato a charlar conmigo, realmente el joven lord es un tipo interesante.

Entrada de Charles Día 2 de Marzo de 1.663

Jacques y yo nos estamos haciendo muy amigos. Anoche, otra vez nos fuimos juntos a un club y nos pasamos toda la noche jugando a las cartas y bebiendo champan. Él parece que le ha echado el ojo a Catalina, es una mujer bonita, con una presencia muy ardiente. Jacques me lee las cartas que le escribe y las respuestas de la dama. Hoy, le escribió para tener una cita a solas en las traseras de un jardín, a media noche. Como su mejor amigo recayó sobre mí el deber de escoltarle discretamente hasta el lugar por las peligrosas calles nocturnas de la bulliciosa Charouse. Aunque esta noche tocó pasar frío fuera sin ninguna recompensa, sé que él haría lo mismo por mí. De hecho, seguro que le tocara hacerlo pronto.

La noche fue muy tranquila, él y yo somos alumnos aventajados de la escuela de esgrima de Valroux y ningún vulgar matón nos podría hacer frente.

Fueron un par de horas de espera pasando frío, pero solo por compartir después los detalles de aquella noche como confidencia, valió la pena.

Entrada de Gabrielle: día 12 de Marzo de 1.663

Durante este otoño Lord Charles parece que estuvo obsesionado con lo que él llama “ponerme a prueba.” Por suerte, sus pruebas han ido disminuyendo y he podido entablar una rutina de servicio adecuada a la disciplina que requiere compaginar mi trabajo con la universidad. Últimamente ha decrecido el interés del señorito por ser el anfitrión de excéntricas fiestas, aunque ahora quizás debería preocuparme más, pues le da por salir hasta bien tarde casi todas las noches. Tengo que preguntar a otros criados cuando regresó si quiero tener noticia, pues regresa mucho después de que me haya ido a dormir. No me quitan el sueño sus escapadas, de hecho me da mucho más tiempo libre cuando no está en casa y cuando descansa por la mañana y el medio día. Ahora puedo combinar fácilmente mis estudios, ocuparme de las finanzas y rentas del barón, e incluso puedo asistir a las tutorias de mis profesores para solventar dudas, ganándome su estima.

La madre de Lord Charles, me ha empezado a escribir últimamente, me pide que le eche un ojo a su hijo y que le mantenga al tanto de lo que hace. Lord Charles me vio justo cuando estaba leyendo y con descaro me quitó la carta de las manos al ver en ella la letra de su madre. Tras saber lo que ella pide, me ha dado nuevas instrucciones, ahora tengo que mentir por escrito, cual bellaca, decirle que todo va como a ella le gustaría y hacerlo de forma que resulte totalmente creíble.

Con este fin, Lord Charles repasa las cartas antes de permitirme enviarlas.

Es muy puntilloso, me las hace repetir si no le convence cualquier detalle, por suerte no tengo que dar parte con frecuencia.

Lo que me preocupa a mí es el despilfarro del señor, apenas me da margen para hacer alguna inversión con la que pueda mejorar las finanzas, por suerte aun no llegamos al punto de pedir prestado, solo espero que no se encapriche por importar alguna espada de Castilla, me preocupa especialmente porque si nos vemos obligados a pedir mayor asignación a sus padres dejaría al descubierto los engaños que me hizo plasmar en las cartas. El señorito o su madre son dos personas con las que no puedo.


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Eduardo Tapia Quesada ©

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